Apostar en las elecciones que se vienen sucediendo parece ser sencillo: hay que marcar “local” y aprestarse a pasar por ventanilla. Claro que se cobrará poco, porque a esta altura los oficialismos son grandes favoritos. A nivel provincial, con la previsible goleada de ayer de José Alperovich en Tucumán, el score es 11 a 1. Muchas reelecciones, con cifras siderales.

Para no traicionar la regla, en la bella capital de Mendoza el intendente radical Víctor Fayad fue reelecto. En municipalidades el cuadro es más complejo que en gobernaciones. Pero en trazos gruesos puede decirse que la etapa iniciada en 2003 (acentuándose en 2007 y más en 2011) es muy propicia en las urnas para los que gobiernan.

Seguramente hay un abanico de razones, algunas ligadas a asimetrías de poder, pero suena claro que prima la conformidad social con lo que está pasando. Vaya a saberse qué ocurrirá en el futuro con “el modelo”, las predicciones son tan disímiles que hasta dificultan un debate serio. Con todo, hay algo observable: la conformidad, la satisfacción, el conformismo (mezcle a su gusto o tache lo que no corresponda) de los ciudadanos con “cómo andan las cosas”. La furia mediática habla de un país, el voto popular desgranado casi semana a semana, de otro.

También se corrobora que la ciudadanía no se expresa rutinariamente ni con papel carbónico: sus preferencias pueden variar, según el tipo de consulta. Santa Fe, Córdoba y la Ciudad Autónoma mostraron talantes distintos para elegir a sus mandatarios locales y para pronunciarse en las primarias presidenciales. Mendoza Capital colocó terceros a los radicales en esa compulsa hace apenas dos semanas, ayer plebiscitó al Viti Fayad.

En Tucumán los guarismos son similares, expresan dos legitimidades confluyentes, la de Alperovich y la de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner.

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Alperovich no es un peronista histórico, ni siquiera fue dirigente político toda su vida. Se dedicó más que rentablemente a la actividad privada, fue radical un buen trecho.

Es el tercer gobernador judío de la historia argentina, después del chubutense Néstor Perl y del porteño Jorge Telerman. A diferencia de ellos, revalidó su legitimidad, dos veces. La ampliación de las fronteras de la tolerancia en esta etapa democrática se expresa en la incorporación de dirigentes no católicos a las preferencias ciudadanas. Es todo un detalle que los tres hayan sido ungidos por el peronismo. En parte puede ser una cuestión estadística: han pasado muchos más gobernadores peronistas que de otras fuerzas. Pero también alude a la flexibilidad de las fronteras del justicialismo, a la hora de congregar cuadros… o de interpelar ciudadanos de muy variado pelaje.

Más allá de sus peculiaridades, llegado al PJ ya crecidito, Alperovich es un típico gobernador peronista. Conservadores populares por ideología y olfato, conocedores al dedillo de su territorio, muy idóneos para amurallar sus feudos. Es un aliado firme del kirchnerismo, como tantos: a condición de que no le pisen el poncho fronteras adentro. No es sencillo hacerlo, lo que se corrobora repasando el perfil de los “gobernas” K, en promedio no especialmente distinto al de peronistas “federales” o menos jugados con la Casa Rosada.

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No se mencionarán números de Tucumán porque al cierre de esta nota, cerca de la medianoche, se había escrutado poco más del 10 por ciento de las mesas. Todo adelantaba una arrasadora victoria del gobernador.

Tucumán es la provincia más grande del NOA, la sexta del país (3,55 por ciento del padrón nacional). Como todas las de su región, es muy fiel al peronismo, aunque atravesó el doloroso interregno del mandato de Antonio Domingo Bussi, represor y ex dictador electo en comicios libres. Ayer, en buena hora, la herencia de su capital político se redujo hasta la insignificancia.

Los guarismos que alcanza Alperovich, vigente y hegemónico desde 2003, hablan de una altísima representatividad tanto como de un erial opositor, que esta vez se intentó reparar con una coalición muy amplia, encabezada por el senador radical José Cano. Cuesta creer que un distrito donde coexisten una gran ciudad (San Miguel) con pequeñas localidades, actividades industriales con extractivas y una población numerosa esté cabalmente expresado en un sistema político tan descompensado. En tales casos, el sentido común dominante apostrofa contra los oficialismos que (cabe inferir) tendrían el deber de ganar por menos, robustecer el potencial de sus rivales y aun dejarse batir de vez en cuando en aras de amparar la alternancia. El cronista no sabe si esos planteos derivan de pura necedad o de mala fe, aunque es proclive a las explicaciones que combinan factores. La responsabilidad por la falta de alternativas competitivas, en un sistema político con altos niveles de participación e implicación ciudadana, recae, claro está, sobre los opositores. Su incompetencia, su debilidad, su carencia de propuestas atractivas, o de liderazgos que convoquen, pesan en su mochila, no en la de los ganadores. En política, como en el fútbol, nadie reniega de ganar siempre. Lo que vale para el Barcelona (que no cede un torneíto al Zaragoza o al Lyon, para no quedarse con todo), para la Concertación Chilena (que se mantuvo durante más de 20 años consecutivos) o para Alperovich.

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Víctor Fayad llegó a la intendencia de Mendoza por primera vez cuando tenía 31 años; por aquel entonces ése era un record nacional. Volvió a gobernarla en 2007, ahora seguirá hasta 2015. La capital de la provincia es un bastión radical y Fayad su figura dominante.

El 14 de agosto, el radicalismo salió tercero en la provincia y en su capital. A nivel comunal, sus pobladores se pronunciaron de otro modo. Fayad prácticamente cuadruplicó los votos que obtuvo el diputado Ricardo Alfonsín (57 por ciento versus 14,4 por ciento). La elección separada, posiblemente, le facilitó la tarea y le ahorró un problema que escuece a su correligionario Roberto Iglesias (aspirante a la gobernación): el nocivo efecto arrastre de Alfonsín, que le “tira para abajo”. Mendoza tiene un historial bipartidista con gran paridad: cuatro gobiernos peronistas desde 1983, tres radicales. La ausencia de reelección inmediata del gobernador seguramente lubrica la tendencia.

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La seguidilla de elecciones se sesga hacia el local, también hacia el peronismo. De nuevo, se vio en las primarias tanto como en las provinciales. El radicalismo sigue siendo el segundo partido en gobernaciones e intendencias, pero cada vez a mayor distancia de los compañeros justicialistas. Los boinas blancas retroceden y se afincan en las intendencias, acaso la capital de Córdoba les dé una satisfacción mayor que otras ligas.

La participación honró la tendencia, fue muy elevada. Un síntoma saludable de un sistema político vivaz, signado por el sufragio universal y obligatorio, formidable legado de los partidos nacionales y populares.