El periodismo oficial y los voceros culturales del gobierno se hacen una fiesta con el reingreso de Felipe Solá a las huestes kirchneristas. Lo quieren ver arrastrando el hocico y genuflexo. Ya estamos acostumbrados a los que con gran esfuerzo intelectual ofrecen lo que aún llaman pensamiento político nacional. Esta entelequia patriotera divide el universo entre chupamedias y enemigos. Para un chupamedias no hay nada mejor que otro chupamedias, ya lo dijo el General y lo repiten sus servidores. Y Felipe Solá no lo es. Se animó a separarse del momento más alienado de Néstor Kirchner, cuyo brote advino en el año 2008. Así nació la fobia del ex presidente al campo antes de que sus herederos políticos nos presenten hoy un recuperado amor por lo verde en porotos y divisas que se distribuyen con algarabía y mutua satisfacción.

Pero lo que hace Felipe lo hacen todos acá cerca y hace tiempo. Es el resultado del fin de los grandes relatos nacionales y la formación de frentes contranatura con éxitos desparejos. Aquel que colecciona especies puras en la política, mejor que se dedique a otra cosa porque este es el país de los monstruos.

Se puede viajar por la historia argentina y detenernos en cualquiera de sus puertos. En cada uno de ellos vemos que se derrumbaron los grandes relatos políticos uno a uno en los últimos cien años con sus respectivas alianzas surreales. Hay tradiciones europeas que guiaron el ideario de nuestras instituciones. La caudillista, que es consecuencia de una mentalidad colonial con base rural que domina el país desde los fines de la guerra por la independencia hasta la Constitución del 53, prolongada luego con los cacicazgos conservadores en una larga marcha hasta los actuales. La francesa, que junto a la religión cívica krausista inspira a la corriente radical-socialista desde inicios del siglo XX. La alemana, que se hizo fuerte en el aparato militar en especial luego de 1930. La inglesa, por medio del laborismo o el socialismo, que apañó la visión económica y la conducción sindical de varias corrientes gremiales.

El radical-socialismo se desgastó durante la década infame. De él ya no quedó nada en los años cuarenta. Pedir la reapertura del Congreso y colaborar con el fraude patriótico los dejó exangües. La Unión Democrática del 46 no logró hacer olvidar que la democracia aliada que defendían contra el fascismo era una máscara detrás de la cual promovieron y acompañaron a gobiernos dictatoriales, en nombre de una libertad cuyo rostro estaba totalmente desfigurado.

Pudo resurgir luego de la caída de Juan D. Perón por el sólo hecho de que las mayorías estaban proscriptas del acto eleccionario. Desde Frondizi a Illia, tanto radicales como socialistas, protagonistas de la escena política gracias al fraude, continuaron con su ya débil presencia por la persecución política de las mayorías populares.

Vuelve el republicanismo radical-socialista con el alfonsinismo luego de los fracasos de la experiencia peronista de los setenta y la de los militares en los ochenta. El descontrol de la situación política, la falta de gobernabilidad y la impotencia ante la adversidad dieron por tierra con las ilusiones del nuevo intento de esta corriente política.

Finalmente, retorna con la Alianza por el ahogo financiero y la parálisis industrial con su correspondiente desocupación en la última etapa del menemismo, para terminar con el corralito. Fueron la inspiración del eslogan “que se vayan todos”.

Por otra parte, el peronismo en su primer período vive con entusiasmo la posibilidad de tener recursos propios generados por la Segunda Guerra Mundial, que se le acaban rápido. A pesar del auge del consumo y de la instalación de una gigantesca burocracia partidaria en la gestión del Estado, no faltaron conflictos al interior mismo de su movimiento en la medida que la situación económica empeoraba y los reclamos se multiplicaban.

Luego del golpe de Estado del ’55, se inició la llamada resistencia dividida en bandos que llevó el conflicto interno a grados de extrema violencia. Siempre al acecho pero sin posibilidades de acceder al poder, la oportunidad le llega en los años setenta con el retorno de su General.

Los sucesos del setenta hasta el nuevo golpe militar fueron la consecuencia del intento de hacer reflotar ilusiones y realidades de veinte años atrás sin los recursos de aquella época. La inflación cero de Gelbard terminó en una hiperinflación, y la paz social ofrecida por Perón en el abrazo con Balbín, en una caza de brujas alternada que dio inicio a un baño de sangre inédito en el país.

Quince años después, el menemismo rescata del dolor y del olvido las viejas consignas y los símbolos del movimiento, mediante la invocación del nacionalismo caudillista y una vez en el poder, toma un rumbo inesperado.

La invitación a compartir el poder a enemigos declarados del movimiento, una política económica conocida por “neoliberal” hacen de este nuevo intento una metamorfosis que convierte a la historia del peronismo en un “mamarracho”, según el dicho del historiador Halperín Donghi. Se suma así, para usar la misma expresión, al mamarracho radical.

Eduardo Duhalde, luego del golpe de Estado popular de 2001, impedido de continuar con su tentativa de instalarse en el poder, le permitió al peronismo, en su nueva identidad kirchnerista, gozar de recursos aun más cuantiosos que los heredados hace sesenta años.

Respecto de la tradición germana vigente en la entreguerra europea hasta la derrota del Eje, se convierte a la hegemonía del día, nostalgias británicas y venturas del Pentágono mediante, pero no logra resolver durante décadas sus conflictos entre sectores liberales y otros nacionalistas, entre azules y colorados, entre videlistas y masseristas. Con Onganía y su revolución argentina, terminó el primer ensayo de fundar una nueva civilización argentina. Con el fin de Videla, culmina la segunda tentativa de la cruz junto a la espada. Con Galtieri, el último emblema patriótico. Y con el encarcelamiento de Seineldín, el fin sin extremaunción de la agonía del partido militar.

El kirchnerismo, frente a esta tierra arrasada poblada de cadáveres políticos, pretende sembrar con este nuevo festival de la plata dulce y del oro verde, un relato épico con mártires y héroes. El radicalismo está en plena descomposición, aún con presencias territoriales pero sin futuro nacional. El socialismo en un proceso de transformación de políticas municipales exitosas a un pensamiento político nacional, proceso de conversión incipiente e indecidido.

Sin embargo, faltan nuevos relatos en la Argentina. Más auténticos además. Todo es vintage y outlet. La palabra ideología, que persiste en boca de aparatos de poder, encubre anacronismo y, fundamentalmente, realidades.

No es de extrañar que el discurso político se haya vaciado, sólo vive de revanchismos y lugares comunes. Macri y Scioli hablan el mismo idioma: el del marketing evangelista. El progresismo no ha superado su etapa alfonsinista. El socialismo aún no ha elaborado el discurso de
su propia práctica.

Vale la pregunta de si los relatos son necesarios. Quizás no lo sean. Se pudo vivir sin Dios, se debería poder vivir sin sus voceros y con la sola fuerza de las cosas; es decir, del dinero y las armas. Pero los niños para dormir con placidez necesitan que les cuenten un cuento. Y los hombres que no sueñan se vuelven locos. Como Felipe.