–¿Y qué esperaban? ¿Que me callara la boca? Yo estaba ahí para contarlo… soy un escritor –se indignó Truman Capote frente a los cuestionamientos de la clase alta neoyorquina cuando se conocieron los primeros capítulos de Plegarias atendidas. Siempre supo que iba a escribirlo. Algo similar podría decir Miguel Bonasso, autor de la mejor novela argentina sobre la dictadura, publicada en 1984: Recuerdo de la muerte, una vertiginosa crónica sobre el horror propio y ajeno de la ESMA.

Bonasso fue protagonista y testigo de aquellos años, y de otros libros: El presidente que no fue, sobre Cámpora, Don Alfredo, sobre Yabrán. Tuvo luego sus períodos como legislador, y ahora ha vuelto el mejor Bonasso: el que relata como un testigo de cargo. Planeta acaba de publicar El mal. El modelo K y la Barrick Gold, Amos y Servidores en el saqueo de la Argentina, en el que Bonasso relata los años de doble discurso kirchnerista como pocos pueden hacerlo: habla el político que dialogaba con Kirchner como con un amigo, habla el escritor que estaba ahí para contar su desgarramiento posterior.

“Cuando algunos kirchneristas tardíos me exhortan a volver ‘para no hacerle el juego a la derecha’ –escribe Bonasso en El mal–, suelo responder con un apotegma invariable: ‘Afanar no es progresista’”. Sobre su propia frustración como diputado, dice: “Comprobé durante dos períodos que en el modelo K el parlamento era simplemente una escribanía de gobierno. Esa regla tuvo por suerte, en mi caso, dos grandes excepciones: la ley de bosques y la ley de glaciares”.

Bonasso no vacila en calificar a Verbitsky como “el Neustadt de Kirchner” ni en denunciar las presiones que sufrió su trabajo como columnista de Página/12 por parte del director Ernesto Tiffenberg. Los vínculos del matrimonio Kirchner con Peter Munk, la complicidad activa de los Gioja, el silencio cómplice del resto del gobierno, son analizados en detalle por Bonasso en esta especie de thriller político que es, a la vez, un lúcido testimonio de época.