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viernes 1 de julio de 2022

Gestos

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El encuentro concretado anoche en la Casa Rosada entre la presidenta Cristina Fernández y la nueva conducción del Episcopado encabezada por el arzobispo santafesino José María Arancedo se transforma en un hecho político de importancia más por la manera como se gestó que por la foto en sí, aunque ésta sea importante en sí misma. En realidad, el equipo ahora conducido por Arancedo actuó de manera similar a lo hecho por Bergoglio antes. Pero con una celeridad que también debe ser leída en términos políticos. El martes fue la elección y el miércoles, vía la Secretaría de Culto, los obispos elevaron el pedido de audiencia. La respuesta fue igualmente rápida y el encuentro inmediato, cuando ni siquiera finalizó la asamblea episcopal que consagró a Arancedo. Ambas partes quisieron enviar un mensaje recíproco, pero también a la sociedad: el diálogo entre el Gobierno y la jerarquía de la Iglesia Católica está abierto.

Si bien poco ha trascendido acerca de los términos del encuentro, todo indica que fue cordial y que hubo intercambio de felicitaciones y buenos deseos para la gestión. Para la Presidenta de parte de los obispos por la reciente reelección y para las nuevas autoridades de la Conferencia Episcopal de parte de Cristina Fernández por la tarea que les aguarda en los próximos tres años. El resto fue agenda abierta, aunque ningún tema se analizó en profundidad.

En línea con la tónica dialoguista que la Presidenta ha venido ejercitando antes y después de las elecciones, el encuentro con los obispos es una demostración más de la voluntad presidencial de trabajar políticamente en todos los frentes aun cuando puedan no ser enteramente favorables. Mucho más que las eventuales críticas de los obispos, al Gobierno le molesta –a Cristina también– que la jerarquía no le reconozca a la actual gestión los logros y los éxitos obtenidos. Más de una vez se ha subrayado la “falta de equilibrio” de determinados pronunciamientos episcopales.

La pregunta es si esa actitud episcopal se modificará con el nuevo escenario en la conducción eclesiástica. La respuesta es claramente no. Y el principal argumento en ese sentido reside en el hecho de que el arzobispo santafesino que hoy preside la Conferencia Episcopal ha estado en muchas ocasiones y durante el período de presidencia de Bergoglio entre los principales redactores de los documentos episcopales.

Dos elementos más habría que tener en cuenta para valorar el lenguaje de los gestos y, desde esta perspectiva, poder augurar una etapa en las relaciones que puede ser por lo menos más fluida, más directa. Cristina Fernández y José María Arancedo compartieron el viaje al Vaticano con ocasión de la celebración del treinta aniversario de la mediación papal por el Beagle. No se puede decir que entablaron una amistad, pero sí que se abrió entre ellos un canal de diálogo que ahora puede rendir frutos en lo institucional. Y allí aparece otro elemento en la consideración: en la escena ya no están ni Néstor Kirchner ni el propio Bergoglio. La difícil relación entre ambos llegó a convertirse en un obstáculo casi insalvable para el vínculo institucional. Entre Kirchner y Bergoglio hubo siempre una tensión que se apoyaba al mismo tiempo en el respeto por la inteligencia y la capacidad del oponente y el recelo por los movimientos y las actitudes que, casi siempre por sorpresa, pudieran provenir de la otra parte. Esta situación se convirtió por momentos en un obstáculo que terminó incidiendo en la relación institucional.

Con Cristina y Arancedo en el centro de la escena el panorama es distinto. Y por esta vía, sin que desaparezcan las diferencias, los gestos de acercamiento y las oportunidades de diálogo pueden multiplicarse. No sería extraño, por ejemplo, ver a la Presidenta próximamente en el templo santafesino que es sede episcopal de Arancedo, para participar allí de un tedéum de los que suelen oficiarse en las fiestas patrias. De hecho fueron Néstor y Cristina quienes inauguraron la modalidad de asistir a esos actos en distintas partes del país.

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