En estos días tuve oportunidad de leer la primera (y reciente) versión castellana que conozco del extraño The Little White Bird (1902), el primer relato en el que James Matthew Barrie menciona y desarrolla el personaje de Peter Pan, uno de los mitos más hermosos y perturbadores de la literatura contemporánea. En medio de la trama se inserta el origen y destino del personaje, un audaz niñito que al intuir lo que se espera de él en el futuro decide huir –cuando tiene sólo días y aún no se ha olvidado de volar (los niños son pájaros antes de estar dentro de la mamá)– a los jardines de Kensington y quedarse a vivir para siempre con los pájaros y las hadas, con quienes comparte ese mundo mágico y secreto que se abre cuando las puertas se cierran, cada día al atardecer. Claro que Peter alguna vez querrá volver junto a su madre y será tarde: hay rejas también en ese balcón.

No me gustó la traducción (hay incluso increíble un “andó” por “anduvo” en la página 100, comienzos del capítulo 12), que no hace –además– justicia a la ironía, al estilo complejo, lleno de sombrías sutilezas y observaciones finísimas del notable escritor escocés que inventó –entre otras cosas– al chico que, mitad pájaro y mitad humano, contra todos los mandatos del buen sentido y la supuesta saludable maduración, decidió no crecer. Pero me gustó y sobrecogió el libro como tal, un relato desarticulado y a veces laberíntico, sostenido por un transparente narrador que apenas encubre, en el veterano y entrañable soldado solterón (¡a los 42 años!), al mismísimo Barrie dispuesto a desnudar, entre ironías y equívocos, un desolado corazón de adulto que sabe que lo suyo nunca podrá ser. Y que sólo vivirá para contarlo una y otra vez: ésta, la de El pajarito blanco, es sólo la primera aproximación al tema.

Recuerdo que hace unos años, investigadores de la Universidad de Exeter hallaron, entre los papeles de Daphne du Maurier –la autora de Rebecca, de Los pájaros, favorita de Hitchcock–, una rara foto de principios del siglo pasado en que aparecía Barrie disfrazado de Captain Hook (nuestro conocido Capitán Garfio). Por entonces –son los años que evocamos– tenía más de cuarenta años y no es casual que se disfrazara de uno de sus mejores personajes, ni que la foto apareciera en ese lugar. La Du Maurier era sobrina de Sylvia Llewelyn Davies, madre del puñado de niños para quienes, mientras paseaban por Kensington Gardens, el ya entonces famoso escritor y autor teatral inventó la historia del medio chico vestido con traje de hojas.

El hallazgo de la foto, además, reavivó el interés por la historia de la estrecha y finalmente trágica relación que mantuviera el escritor con los chicos y su familia, un vínculo tan particular como habitualmente mal comprendido. La película de Foster, Finding Neverland, con Johnny Depp en el papel de Barrie, o Jardines de Kensington, la novela de nuestro Rodrigo Fresán –más colateralmente–, trataron el tema sin ambages ni esquematismo en los últimos años. En general, el algo forzado paralelo con Lewis Carroll, con quien Barrie tiene no sólo el talento y la opción por los menores en común, resulta inevitable. Una vez más, el hombre convertido en personaje ha sido motivo de análisis y atención. En cambio, su obra maestra, leída y catalogada como un esquemático elogio de la inmadurez y la irresponsabilidad, no siempre lo es como se merece.

Las dos primeras historias originales del maravilloso J.M. Barrie que disfruté –tenía doce o trece años– no supe que eran suyas y fue en el cine. Dos películas inolvidables: el consabido Peter Pan de 1953, en dibujos animados, y El mayordomo y la dama, una comedia sentimental en colores en la que trabajaba Kenneth Moore, un rubio de mofletes y ojitos chicos con pelo enrulado. Del Peter Pan –lo más hermoso que me pasó en muchos años sentado en una butaca– nada puedo decir que no se sepa: de las adaptaciones Disney de clásicos literariamente ricos y complejos es la mejor –muy superior a Pinocho, para no hablar de Alicia–, y nadie me quitará la emoción de haber salido volando por la ventana detrás del pibe de orejas puntiagudas, gambeteando en fila las chimeneas de Londres. También había una isla maravillosa en El mayordomo y la dama, de 1957. La historia contaba cómo una aristocrática familia británica naufraga con servidumbre y todo, y cómo en ese nuevo contexto robinsoniano los roles sociales se resignifican. Así, mientras los amos resultan ser unos inútiles, el hasta entonces opaco mayordomo se revela como el más apto, se convierte en líder natural y conductor del grupo, termina deslumbrando a la Lady que nunca lo había registrado como hombre… Una maravilla.

Las dos películas –cada una a su manera– me resultaron inolvidables. Mucho pero mucho después supe que eran versiones de dos piezas teatrales escritas a principios de siglo (Peter Pan es de 1904 y The Admirable Crichton, dos años anterior) por un escocés de un metro y medio de altura, pero talento sin techo: un señor de vida rara y extraño destino literario al que recién entonces me dispuse a leer. Era hora.

“Todos los niños del mundo, menos uno, crecen”, arranca, inolvidable, Peter Pan and Wendy, la novela de 1911 que da la versión última y más acabada del mito. Es que tras la primera aproximación al tema del chico que eligió no crecer, en The Little White Bird, fue la obra teatral Peter Pan –ya con Wendy y sus hermanitos voladores y el viaje al País de Nunca Jamás–, estrenada el 27 de diciembre de 1904, lo que generó el fenómeno de popularidad que rápidamente cruzó el Atlántico e incentivó las continuaciones. Así, primero en 1906, un editor sagaz independizó seis capítulos –los que van del 13 al 18, sobre un total de 26– de The Little White Bird con el título de Peter Pan in the Kensington Gardens y después, en 1911, definitivamente, apareció Peter and Wendy, versión novelada de la pieza en la que Barrie introdujo a un oblicuo y activo narrador y un capítulo final –“Y Wendy creció”– de bellísima y atroz melancolía. Esa es precisamente la redonda historia que cumple cien años y celebramos.

No es mucho lo que se puede leer de Barrie en castellano, más allá de las distintas versiones de los libros del obstinado niño volador. De su notable producción teatral, sólo Sudamericana publicó, a fines de los ’40, El admirable Crichton y Dear Brutus –con el título de El bosque encantado– en un solo volumen. Como a Somerset Maugham, también a Barrie el talento accesible y la módica facilidad de su estilo le han jugado en contra a la hora del reconocimiento crítico de la posteridad. Pero siempre estará Peter Pan para defenderlo.

Es un lugar común de comentaristas bienintencionados, psicólogos planchadores de oficio y feministas con banderas de género pegarle a Peter Pan y a su consecuente inventor. Ellos s
e lo pierden. Sólo cabe decirles que no han entendido nada. Un hombre sensible e inteligente como Barrie nunca dejó de datar, explicar y dejar alevosas huellas de las fuentes de su inspiración: las experiencias de su madre, y él mismo, claro.

Esa Margaret Ogilvy, huérfana a los ocho años y que debió encargarse de sus hermanitos y desdoblarse en los dos roles, perdería ya de grande, a su vez, al brillante David –hermano mayor de James– a los 14 años, y nunca podría recuperarse de eso. Así, James, el hijo postergado por un hermano muerto inmortal –congelado en esa esplendorosa adolescencia– intentó ocupar ante su madre el lugar del niño perdido. Nunca pudo. No fue brillante sino opaco; no fue atlético sino debilucho, no terminó de crecer, de desarrollarse en términos físico-afectivos, prácticamente nunca, más allá de una boda que previsiblemente fracasó.

No creció, se negó a crecer; ésa fue en el fondo su dolorosa coartada. Ante la imposibilidad de madurar, Barrie propuso el elogio y la defensa ideológica de la congelada inmadurez mientras, sin dejar de sonreír, dejaba constancia de la estupidez y el sinsentido que lo rodeaban: “Nada interesante pasa después de los doce años”, dijo sin que le temblara la mano. Y hay que creerle.