Riquelme no es un enganche, es un distribuidor. Iniesta es un enganche. Pirlo es un distribuidor. Toda la discusión acerca de si hay que jugar con o sin enganche es absurda en el caso de Boca. Maxi Morales de Vélez era enganche, Xavi Hernández es un distribuidor. Pipi Romagnoli es enganche. La Araña Telch era distribuidor. Quienes distribuyen el juego lo hacen desde atrás de la mitad de la cancha. Reciben la pelota de los centrales y la juegan a los costados para volver a mostrarse cada vez que un compañero lo necesita. Son los referentes hasta tres cuartos de cancha, la brújula del equipo. Ruedas de auxilio. Están al servicio del conjunto. El enganche cambia el ritmo del juego, siempre se desmarca para recibir el balón y busca a los delanteros para hacer paredes o abrir el juego. Zidane era un enganche genial. No hay enganche sin aceleración. Verón pasó, con los años y por las lesiones, de enganche a distribuidor, pero a diferencia de Riquelme, se jugaba el físico con su esforzado ida y vuelta por el terreno de juego.

 

Riquelme hacía de distribuidor desde el costado izquierdo de la cancha. Jamás aceleraba. Tocaba hacia atrás o a los costados. Cada vez que recibía la pelota, el equipo se detenía. Jugaba de primera pero lejos del arco. Maradona dio en el clavo cuando le pidió públicamente que se adelantara varios metros porque desde la mitad de la cancha no le servía. Aunque sabía que le pedía un imposible. Desde hacía tiempo su lentitud física no le permitía un despliegue semejante.

 

Es un absurdo conceptual ser un distribuidor lateral. No se distribuye el juego desde un costado. A veces lo hacía Willington en Vélez, pero era un equipo limitado justamente por esa dependencia hacia un único jugador. Desde esa zona acotada se puede tener la función de ser un buen lanzador como lo era, por ejemplo, Gorosito, o el mismo Riquelme en el equipo de Bianchi, cuando cruzaba la pelota cuarenta metros a Barros Schelotto, que le tiraba el centro a Palermo. Pero nada tiene que ver con un enganche.

 

Hay jugadores talentosos y otros que parasitan su talento. La velocidad mental de Riquelme y su habilidad le permitían hacer alguna gran jugada, un gol de tiro libre, un pase en diagonal. Disimulaba así que descansaba sobre el recuerdo. La fortaleza física que logró con los años le permitió cubrir y esconder la pelota con la firmeza de su espalda resistiendo la presión de los marcadores.

 

El problema con un distribuidor de este tipo es que, por la falta de desplazamiento por distintas zonas del campo, en especial a lo ancho, puede facilitar que lo anulen con la marca y dejar a los otros diez sin referente, o, por azares de los partidos, cuando las cosas le salen mal, el equipo se derrumbe por estar mal estructurado. No tiene variantes.

 

Hay jugadores vampiros. Se chupan al resto. Exigen que se los nutra con sangre fresca. No dejan de destacarse cuando el equipo juega mal. Sólo ellos sobresalen. Son jefes. Dividen a la tropa. El vestuario es su reino. Buscan alianzas fuera del campo. Tienen su tribuna. Son inteligentes. Saben desenvolverse en el capitalismo salvaje del fútbol espectáculo. Son sobrevivientes en un mundo en el que pocos salen a flote. Saben cómo y dónde confabular. Es conmovedor ver al Riquelme adolescente debutar contra Unión de Santa Fe a los 18 años y hablarle de igual a igual al reportero.

 

Ninguna ingenuidad. Se lo veía venir de un mundo duro, desalmado, como el mismo ambiente futbolero. Se pasa de la gloria a la cloaca sin compasión. En entornos idólatras hay jugadores que asumen convertirse en tótems y diagraman su mundo cortesano. A veces no necesitan hacer un gran esfuerzo porque el espacio mediático necesita ídolos. Sin ellos se vacía de negocios. Recientemente se quiso embalsamar a Tevez ungiéndolo como jugador del pueblo, y no se lo pudo hacer con éxito porque con la Pulga no se puede. Con Maradona, ni hablar, casi lo matan por asfixia con todo el oro con que lo revestían, pero por la fortaleza física y mental de Diego no hubo un nuevo mártir en nuestra venerada necrología.

 

El Tótem tiene una función de ocultamiento. Crea el mito para que no se corra el telón multicolor y veamos el detrás de escena. Una vez corrido el cortinado somos espectadores de un fútbol argentino en el que se juega mal, muy mal. Los partidos son emocionantes porque la pelota va para cualquier lado. Arsenal, Tigre, All Boys son protagonistas. Independiente, Racing, San Lorenzo, River pueden descender. Se niveló para abajo, demasiado abajo. La emoción proviene por saber quién desciende, no por quién es el campeón.

 

Las decenas de programas deportivos de radio y televisión son farandulescos. Apenas se comentan los partidos. Chismes de vestuario, rumores de comisiones, dirigentes acusados, contubernios incesantes, operaciones clamor, el muerto de la semana convirtieron al fútbol en un circo bullicioso que atrapa a políticos, empresarios, botineras, y gente como yo, futboleros que respiran aires de infancia cada vez que se habla de fútbol.
 

Sin ese circo, más algún otro entretenimiento que aún queda, ShowMatch quizás, o la agitada agenda plena de la presencia de los personajes políticos y sus actos vivos ampliados por el periodismo que parece mentir equitativamente, sin esas distracciones que nos despabilan el tedio y el agobio de la rutina sólo nos quedaría el pan duro de cada jornada.

 

Juan Román Riquelme me hace pensar en Frank Sinatra. Son jefes de clanes. Ninguno subió al podio pidiendo permiso. Equipos de 11 en los dos casos, uno a la medianoche, el otro en turnos rotativos, uno más temprano, otro más tarde, uno en el casino, el otro en el vestuario, uno con Javier García, Clemente Rodríguez, Viatri, el Chelo Delgado, el otro con Dean Martin, Richard Conte, Sammy Davis Jr., Peter Lawford. Dos reyes.


Pero hasta los monarcas se despiden. El día en que Messi decida pinchar la pelota o llevársela a su casa, hasta Dios estará cesante, desganado, decidido a devolver su carnet de socio vitalicio. Por eso, si por mí fuera, mejor que siga el baile.