EL vicepresidente Amado Boudou fue velado varias veces. Pero aún sigue en pie, como los tenebrosos zombies del recordado film El regreso de los muertos vivos, que mueren y reviven una y otra vez. Hasta se dio el lujo de presidir la sesión del Senado que ayer trató la expropiación de la empresa calcográfica que motivó el escándalo político en el cual quedó involucrado.

 

Muchos compararon la expropiación de la Compañía Sudamericana de Valores (ex Ciccone Calcográfica) con la voladura de la fábrica militar de Río Tercero de 1995, que habría borrado pruebas de la venta ilegal de armas a Ecuador y Croacia durante la presidencia menemista.

 

La media sanción que el Senado le dio a la expropiación de la imprenta y su absorción por la Casa de la Moneda fue justificada por hombres del oficialismo por la necesidad de "recuperar la soberanía monetaria". Un argumento curioso si se tiene en cuenta que fue el propio gobierno de Cristina Kirchner el que este año convalidó la contratación de la ex Ciccone para la impresión de billetes. Es decir que, según el oficialismo, se estaría tratando de recuperar una potestad que el mismo oficialismo cedió a una empresa cuyos verdaderos dueños siguen siendo un misterio.

 

El presidente del bloque kirchnerista, Miguel Pichetto, sorprendió al final de su alegato al reconocer el "temple" de Boudou, "por estar poniendo todo el día la cara", blanco de los cachetazos de los senadores de la oposición.

 

En la Argentina, la experiencia indica que un gobierno puede soportar una escalada de denuncias de corrupción cuando la economía del país avanza con viento en popa. Pero difícilmente pueda sobrellevarla en épocas de vacas flacas. Aunque todavía la recesión no se ha instalado con fuerza, de la mano del escándalo que golpea a Boudou , la imagen de Cristina Kirchner viene cayendo desde principios de año.

 

La jefa del Estado pudo optar por sacrificar al vicepresidente, utilizándolo como chivo expiatorio que cargue con todas las culpas y la libere de ellas. Pero no lo hizo. En cambio, ordenó cerrar filas en defensa de su devaluado compañero de fórmula.

 

¿Cuáles fueron las razones? Primero, que para la Presidenta, una salida de Boudou era una señal de debilidad. "Vinieron por Boudou y mañana vendrán por mí", fue su mensaje. Echar al vicepresidente -a diferencia de lo que puede pensar y hacer Dilma Rousseff, capaz de despedir a 12 ministros por sospechas de actos ilícitos- implicaba a juicio de Cristina Kirchner una concesión al supuesto "establishment destituyente", en el que incluye a la prensa que destapó el "Boudougate".

 

En segundo lugar, la ráfaga del escándalo no hubiese terminado en Boudou, ya que éste puso bajo un manto de sospechas a todo el Gobierno, cuando dio a entender que la idea de salvar a la ex Ciccone y de preservarla del grupo Boldt era una política oficial antes que una iniciativa personal. La protección de Boudou obedece, por último, a una convicción de la Presidenta: no hay riesgo de que la oposición salga hoy de su letargo y capitalice el escándalo.

 

Por todo eso, Boudou, que volvió por primera vez de la muerte tras el apartamiento del juez Daniel Rafecas y el fiscal Carlos Rívolo, asistió ayer a su segunda resurrección..