I – Leemos en el periódico que se ha incrementado el consumo de drogas (1) entre los alumnos del colegio secundario. En algunas provincias más, en otras, menos, pero esto es un detalle que no tiene importancia para la hora. En la televisión vemos las secuencias de la muerte de un muchacho a manos de otros dos congéneres enfrascados en una disputa fútil. Como sea, ¡qué dolor para familiares y amigos!, ¡qué angustia para la sociedad toda que observa la senda que está tomando -ya definitivamente- la juventud! En la misma cotidianeidad, nos enteramos de robos, golpes tipo comando o acciones osadas de arrebato mandando saludos a la cámara de seguridad. Imposible es tener una referencia cierta, por si alguien quisiera hacer un estudio, ya que la famosa cifra negra -casos no denunciados- se enseñorea. A esto hay que agregar el tratamiento que un buen vecino, recientemente vejado en uno de sus derechos, obtiene de algún funcionario policial cuando se presenta a exponer su vivencia ante la comisaría más próxima. Luego vienen los trámites en la instancia judicial, nada sencillos. Por los medios vemos, como la otra cara de la moneda, que ingresan más hombres a la fuerza, que se incrementan las partidas para la compra de vehículos, que las fuerzas nacionales desplegarán sus hombres para la custodia de las carreteras. Medidas todas para garantizar la seguridad y tranquilidad de los ciudadanos. La pregunta que se impone es: ¿son esas las medidas necesarias para solucionar el tan atribulado problema? II – Modestamente creo que la solución no está en la mayor cantidad de hombres que ingresan a las fuerzas, o en el incremento de las cifras de personas que son detenidos, o la extensión de la prórroga del período de encierro, o la trena por un par de días para que luego salga y vuelva a desplegar toda su potencialidad en lo mismo. Pero a esta altura amerita otra pregunta, ¿quién es el culpable? ¿Son los jóvenes? ¿Son los más pobres? ¿Son los más vulnerables? La respuesta es compleja; pero en una primer mirada podemos decir que existe responsabilidad de parte de los gobernantes por la falta de políticas públicas, confusiones y desaguisados, pero también es responsable la sociedad civil en su conjunto ya que sino asume ser parte de la solución será imposible encontrar respuestas certeras a los diversos conflictos. Las ayudas oficiales son buenas y necesarias en la medida que no disipen el deseo de superación que muchas veces es motivado en la necesidad, que ejerce de acicate para el cambio y el progreso. Es necesario concienciar a los hombres y mujeres, incentivar el interés por el trabajo como medio de generar los recursos para obtener los bienes y como espacio de sociabilización. Desde la niñez se debe suscitar el entorno del trabajo como algo esencial para la ciudadanía y como medio para fomentar el amor a la vida y al prójimo. Se pueden ensayar varias medidas que representan dispar efectividad, pero creo que uno de esos espacios primarios es la familia, a la cual se la debe apoyar para reencausar estilos de conducirse a cada uno de sus integrantes en el rol que les cabe, sea como padres, como hijos, con la mirada puesta en lograr un ciudadano responsable del que exhale afecto y respeto por sus semejantes y sentimiento por su patria a la que siempre y con los pequeños gestos cotidianos, se está dispuesto a poner el hombro para hacerla más grande y solidaria. Como núcleo básico de la sociedad, se podría pensar en grupos de apoyo integrados por orientadores familiares, psicólogos, terapeutas y hasta economistas que trabajen en este sentido. Es imperioso bregar en proyectos serios en este sentido, que efectivamente busquen cambiar desde la base misma los problemas de la sociedad. III – Se podrá criticar que no todo está en la familia. Es así, creo que la escuela es otro de los ámbitos para llevar adelante políticas de integración en donde se co-construya un acuerdo de convivencia acorde a los principios constitucionales, como modelo de empoderamiento ciudadano y por medio de la negociación cooperativa con todos los actores. En el mismo sentido del vituperio, se podrá afirmar que la familia ya no ocupa el centro de la escena, que el modelo que conocimos en nuestra juventud está en decadencia o ha cambiado. También puede ser cierto. IV – Entiendo que hay que hacer un aporte en momentos de crispación para bajar el tono a los discursos cerrados que tributan a la disociación. Con sus razones, desde uno y otro lado, el mensaje parece poner blanco sobre negro pero la construcción se hace con aportaciones que sumen, no que excluya.