1. Cuando las iniciales vienen marchando. El día D fue el desembarco de Normandía. El 11S fueron derrumbadas las Torres Gemelas. El 13N recuerda, según algunos autores, la muerte de Alejandro Magno. El 22J fue el día de la Mano de Dios. Por lo general estas fechas que cambiaron la historia no se dan con frecuencia. Son excepcionales. De lo contrario, el mundo sería un cubilete con los dados en coma. Por eso, la seguidilla de eventos inicializados que marcan en la actualidad la política nacional sorprende e inquieta. El calendario ya no sólo debe incluir feriados cuya conmemoración pocos conocen y a casi nadie interesan salvo por la agradable noticia del fin de semana largo, sino también integrar la nueva nomenclatura que se amplía de modo llamativo.

 

Ahora hemos agregado el 15D, el día en que un vampiro de apellido Griesa exige en nombre de los buitres especulativos un depósito en dólares en un banco neoyorquino. Un escándalo que según los cronistas oficialistas, en caso de cumplirse, puede provocar el derrumbe del mundo financiero. Nuevamente la Argentina en el ojo de la tormenta. No podemos dejar de ser protagonistas de acontecimientos de alcance universal. Debe ser que nos envidian. Pocos crecen a tasas chinas, ganan elecciones con más de treinta puntos de diferencia y tienen a Messi. Un vampiro al frente de los buitres puede ser de temer. “Vení, vení… Principito…”, decíamos hace tres décadas; “vení, vení… juececito”, dijimos ahora, “andá a cobrarle a Gardel”… y el quía se enojó. Esta especie de Boris Karloff de los estrados judiciales del país del Norte lo tomó a mal porque no deja de ser  un ignorante que desconoce nuestra idiosincrasia, igual que el muchacho de la nobleza en el portaaviones inglés que tampoco entendió que el espamento no es dañino, y que nuestros gritos tienen raíz napolitana, más de opereta que de otra cosa.

 

No lo interpretó de ese modo, no estudió en la misma academia en la que se diplomó el juez de los anillos, se enojó. Por eso, como lógica consecuencia, los amigos del poder  recomiendan, aunque un poco tarde, hacer política, es decir, dejar de amenazar a señores de pocas pulgas, y esperar con algo más de paciencia que el funcionamiento del mundo financiero cambie sus reglas para neutralizar a los buitres, mandar al cajón a los vampiros, y compadecerse de inocentes deudores apoyados por el 93% de acreedores agradecidos por una quita del 75%. 

 

Es decir, piden un gesto imposible de realizar: bajar el tono. La Presidenta seguirá con su “a mí no me van a correr”. Para nosotros la adrenalina de las conferencias sin prensa con furia y rabieta son fundamentales. Cuestión de soberanía.

 

El 13S salieron a la calle todos los que no consiguieron pasajes para viajar a Miami. El 8N salieron otra vez acompañados por más rubios y algún castaño. El 20N se enojaron los morochos. Se viene el 7D, el desguace patriótico de la corpo. El 15D (o el 27F) le mostramos la cruz de plata al espantado vampiro.

 

Repasemos, saquemos una hoja: Malvinas, Repsol, Clarín, Moyano, Scioli, Lanata, los narcosocialistas, Griesa…  ¿Y Macri?…

 

2. La nueva CGT. Vivimos tiempos de tormentas. No es fácil gobernar en un mundo globalizado, más aún cuando se es primera figura. Más allá de los sucesos mundiales de menor jerarquía que inquietan en demasía a la prensa hegemónica con las noticias de lo que se vive en la Franja de Gaza, en Siria, o la crisis del capitalismo, en nuestro país debemos lidiar con un fenómeno nuevo y perturbador.

 

Hoy cualquier ocupante del poder nacional debe negociar con dos gremios determinantes en última instancia. Uno de ellos puede paralizar el país porque impide que los adultos se muevan; el otro porque impide que los menores se queden quietos. Camioneros y transportistas al hacer huelga detienen la actividad. Todos quedan confinados en sus domicilios. Inmovilizan. El gremio docente al hacer sus huelgas expulsa a niños y adolescentes de los colegios y los manda a merodear sin tutela y a las calles. A corretear por allí. Movilizan. Los que se deben mover y hacer mover, se quedan quietos. Quienes deben trabajar ante alumnos concentrados en el estudio, es decir, en una posición razonablemente fija, los hacen circular y los envían a la intemperie. Hugo Moyano, el señor Fernández de la UTA y el docente Hugo Yasky, deberían conformar la nueva dirección de la unificada CGT-CTA para coordinar su protesta. En sus manos no sólo está el coeficiente más eficaz de la regulación de los cuerpos en movimiento, sino también el reencuentro familiar. La solución está a la vista: que estos gremios hagan la huelga juntos, así padres e hijos, por una medida reivindicativa concertada, estarán todos reunidos en el hogar.

 

3. El peronismo cultural. El peronismo ya no se define por una política. Después de Menem el movimiento peronista es una rama política de la patafísica. El historiador Halperín Donghi afirmó que luego de los 90 el peronismo se convirtió en un mamarracho. Parece una consideración al menos exagerada. Mejor quedar bien y decir polifacético. Carlos Grosso dijo un día que el peronismo se había convertido en un carro al que se sube cualquiera. En realidad, para ser peronista nunca se necesitó tener un carnet de socio vitalicio. David Viñas afirmaba que el peronismo reflejaba el sentido común de los argentinos que de faltar recrearía la Torre de Babel y su confusión de lenguas. De ahí la famosa frase del General que decía: peronistas somos todos. Otros se satisfacen con decir que el peronismo es la ideología argentina del poder, una respuesta que sólo satisface al ya satisfecho.

 

El tedioso recuento de logotipos que lo caracterizaron dificulta sin duda el señalamiento de su identidad: camporismo, menemismo, isabelismo, kirchnerismo, cristinismo, vandorismo, montonerismo, duhaldismo, y si Julio Bárbaro consiguiera un Martín Fierro por su pertinaz presencia televisiva, su apellido al fin consagrado nos daría una nueva sigla sorprendente.

 

Pero hoy se vislumbra mayor claridad. El peronismo se ha convertido por la gracia de una elite en una cultura, y quienes pertenecen a la misma se denominan “peronistas culturales”.

 

Ahora bien, ¿qué significa ser un peronista cultural o practicar el peronismo cultural?

 

Para ser un peronista cultural hay que haber viajado por el mundo y tener alguna rareza como la de practicar meditación trascendental, coleccionar gemas o corbatas y ser un invitado frecuente de Hora clave.

 

Si se ha sido embajador, mejor. Un peronista cultural no es liberal, pero tampoco populista. En realidad, es moderado, lo que quiere decir que si algo le molesta es el excesivo espíritu militante. No descree del revisionismo histórico, pero lo asimila sin exageración. Está bien que Facundo, el Chacho y Rosas recuperen el lugar que jamás deberían haber perdido, pero no por eso hay que hacer desaparecer de todas las plazas y de cada vagón del ferrocarril las palabras Roca y Sarmiento.

 

Por supuesto que disfruta del tango y del vino, como del asado de camaradería, pero no desestima el mojito, los camarones y el flamenco con ritmo de salsa. De la pizza con champagne ya habló una colega.

 

El otro yo del peronista cultural es el kirchnerista cultural. Este último aporta un bagaje muy rico cuyo contenido es variado. Cada vez que un doctorcito K ya sea en el canal Encuentro, en la TV Pública, en Página/12, o en la Biblioteca Nacional, dice –para exhibir sus dotes de pensador– que el proceso político es “complejo”, y luego se las arregla con un léxico en el que hay entre otras palabras como “a verrr… a verrr”, “paradigma”, “relato”, “modelo”, “concentrado”, “urbano”, “multiplicidad”, “capitana”, “discursivo”, “rizoma”, “igualitario”, “hegemónico”, “acontecimiento”, “inclusivo”, al peronista cultural se le revuelven las tripas. 

 


Para él, esa gente, de buenos muchachos, no tienen nada, como diría Scorsese.