Los libros recientemente editados Sarmiento periodista, de Diego Valenzuela y Mercedes Sanguinetti, y Aquel periodismo, de Daniel Muchnik, nos amplían la perspectiva desde la cual analizamos la relación del periodismo con el poder político en la Argentina. El primero recorre la lucha política de Sarmiento que en la escritura periodística tuvo su principal canal de expresión. El periodismo del siglo XIX era necesariamente militante. Nada tiene que ver con la militancia de la que se habla hoy. El nuestro era un país de analfabetos. Las cifras que dan los autores son impresionantes. De acuerdo al censo de 1869 el 78% de los mayores de seis años no sabía leer ni escribir. Trasladar aquella sociedad a la nuestra o sobreimprimir la actual sobre aquélla, de acuerdo al juego revisionista que satisface a los ideólogos del poder, es una impostura. No sólo porque en los tiempos de Sarmiento no existía el llamado periodismo profesional o independiente forjado con el auge de las clases medias y de la educación universal de decenios más tarde, o de la “educación popular” como la llamaba Sarmiento, sino porque el país que se estaba construyendo no era éste que hoy habitamos tras un lento y persistente proceso de demolición, para parafrasear a Scott Fitzgerald en su Crack Up.

 

El libro retrata las luchas de lo que se denominaba facciones políticas que tenían en Rosas, Urquiza, Mitre y Sarmiento sus nombres relevantes hasta la llegada de Roca, que le dio al país los límites territoriales y la estructura definitiva como nación. Para quien es un aficionado a la historia argentina y no un erudito ni un buscador de justificaciones para posturas fanatizadas, y quien no considera que la historia es un sucedáneo de la religión ni en términos de verdad ni en los de redención, lo que más llama la atención es un personaje que tiene escasa prensa en nuestra historiografía si la comparamos con la de los otros jefes políticos de la época, me refiero a J.J. Urquiza. Porque si se trata de la lucha entre el centralismo porteño y las provincias confederadas –para dejar de lado la ambigüedad de la dupla “unitarios-federales”–, es posible que el enfrentamiento entre Mitre y Urquiza haya sido más decisivo en lo que respecta a la geopolítica nacional, que la sobreinterpretada división entre sarmientistas y rosistas. Es decir la batalla de Pavón y la renuncia de Urquiza a apropiarse del poder de la república para instalarlo en las orillas de los ríos litorales e inclinar la balanza del desarrollo económico hacia la región oriental y de allí al centro del país vía Córdoba.

 

La lucha de los caudillos contra el poder central, ya fuere el administrado por Rosas o por el mismo Sarmiento, a pesar de los intentos de éste último por llevar a cabo una reforma agraria y debilitar a la clase terrateniente, no se entiende si se parte de una estrategia nacional autónoma que difícilmente pudiera plasmarse en un programa desde el NOA –con Quiroga o Peñaloza–, fruto de la elaboración de estancieros de una zona que quedó huérfana de posibilidades de despegue económico luego de que el Alto Perú y las minas dejaran de ser las fuentes de riqueza de la región. Pero el litoral bien podía constituirse en un motor si no dominante al menos complementario del Buenos Aires portuario y repartirse las zonas de influencia de una república más equilibrada en términos federales.

 

País soñado, país perdido, de todos modos los historiadores del siglo XIX – que son los que más abundan en un país que se disputa calles, trenes y plazas en una indecidida e inconclusa guerra de nombres – podrán confirmar y desmentir estos dichos y tantos otros por decir sobre las gestas de hace siglo y medio.   

 

Valenzuela y Sanguinetti señalan con insistencia las rabietas de Sarmiento frente al maltrato de la prensa durante su gobierno, y destacan que a pesar de la escasez de lectores la multiplicación de periódicos por habitante era una de las más altas del mundo, entre las se contaban no sólo las críticas a su gestión, sino las caricaturas, la difamación y la sorna hacia el gran sanjuanino convertido por la sátira en un personaje megalómano y pintoresco.

 

Sarmiento murió leyendo y escribiendo con la tristeza de no ver convertido a su país en un bastión civilizatorio como el que había conocido en el EE.UU. de los pioneros del capitalismo que revolucionaría todo el siglo XX, hasta nueva fecha, la que desconocemos y sólo alcanzamos a vislumbrar cada vez que en el horizonte asiático despunta el sol naciente.

 

Otra voz. El libro de Muchnik nos toca más de cerca. El período del que nos habla es el de su misma vida periodística. Se inicia a mediados de los años sesenta hasta hoy. Casi medio siglo de actividad en los principales diarios y semanarios del país. Muchnik es un rara avis del periodismo nacional. Por un lado es un especialista de economía que defiende las posturas de la escuela de economía estructuralista, heterodoxa y antimonetarista que constituye la base del progresismo político argentino, desde la corriente nacional y popular, al radicalismo, el grupo Fénix y sectores del kirchnerismo. Su adhesión al desarrollismo también es clara si no la oscureciera que aquella vertiente de las políticas nacionales duró lo que duró el fugaz gobierno de Arturo Frondizi –1958/62– y que fue el último intento con alguna vía de realización de cambiar la matriz productiva del país.

 

Las críticas de Muchnik a la política económica actual convergen en su disconformidad por la superficialidad de una prédica de “crecimiento con inclusión” cuando la matriz agropecuaria y de poder concentrado en capitales multinacionales, ha quedado intacta. Por lo que, estimo, que el aporte de Muchnik al periodismo nacional no sobresale por sus contribuciones al periodismo económico – a pesar de que en tiempos de Martinez de Hoz y de Menem fue un solitario adelantado en cuanto crítico del modelo neoliberal cuando el silencio o la aprobación de las fuerzas vivas de la sociedad civil eran mayoritarios –sino en lo que considero sus valores humanistas y su aporte a nuestra cultura.

 

Muchnik es otra voz. Ve a nuestra historia reciente con otros ojos. No odia. No denuncia a diestra o siniestra. No fue parte de las divisiones que conmocionaron a nuestro país. No es peronista. No es antiperonista. Hasta el psicoanalismo imperante en sus años mozos lo aburría. No lo dice, pero sólo falta que le sea indiferente el futbol para ya no saber qué tema de conversación le era ameno.

 

No se plegó al entusiasmo revolucionario de los setenta y sobrevivió mal que bien a la dictadura del Proceso. Se autocensuró, como se autocensuraron todos aquellos que no se fueron del país o quienes se opusieron a la dictadura sin poder decirlo como querían hacerlo, mientras sabían de la desaparición y del asesinato de sus colegas.

 

Muchnik no ignoraba de qué se trataba aquello que acontecía a su alrededor y los riesgos que todos corrían.

 

Trabajó con Timerman, con Magnetto, tuvo de jefe a Morales Solá, y a pesar de críticas y distancias que establece, habla con respeto de cada uno de ellos. Manifiesta su admiración por muchos de sus compañeros de trabajo desde Heriberto Kahn a Hermenegildo Sábat. Los lectores que lo leímos en PERFIL hace cierto tiempo en un texto en el que describía su trabajo en el diario Convicción apadrinado y pagado por el almirante Massera, pudimos apreciar la altura moral de quien no le tiró huesos a los perros, pero que tenía la suficiente dignidad para no disfrazarse de héroe. El relato, reiterado en el libro con nuevas precisiones, de cómo se armaba aquella publicación, de quiénes eran sus compañeros, de qué tipo de mano de obra trabajaba en los talleres de impresión, permite para quien tenga el coraje de sacarse ciertas vendas de los ojos, tener una visión algo menos embaucadora del estado de la opinión pública en los años en que se mataba en las calles y en los centros de detención. 

 

El cocktail argentino que complace a la comunidad cultural consiste en dos medidas de pensamiento nacional, popular y antiliberal, y una medida de arte de vanguardia. El periódico del Almirante Cero, como lo llamó en su libro Claudio Iriarte, sabía qué y a quién convocaba cuando seducía con dar vía libre a la irreverencia por la pacatería videliana y la denuncia de los copetudos del neoliberalismo.

 

Muchnik habla con aprecio de mucha gente, desde Jorge Altamira en quien reconoce a un avezado economista, de Herman Schiller y Magdalena Ruiz Guiñazú. Por supuesto que no olvida la muerte de J.L. Cabezas en los tiempos en los que Menem decía que nunca hubo mayor libertad de prensa en la Argentina, sino que recuerda –lo que se sabe menos– los ataques físicos a Marcelo Bonelli y Santo Biasatti, además de López Echagüe y otros más.

 

Nada gentil dice sobre la conducta del gobierno radical en tiempos de Alfonsín respecto del periodismo en el que –nada nuevo se inventa bajo el sol– escatimaba avisos oficiales en publicaciones críticas y denunciaba al periodismo que no le era fiel como enemigo de la democracia. Por lo visto los ocupantes del Poder Ejecutivo que se adueñan con estilo maniqueo de los valores –ya sea los de la libertad como los de la inclusión– son una tradición telúrica de nuestra educación democrática.

 

Que los dos periódicos críticos que se atrevieron a denunciar hechos aberrantes en nuestro país durante la dictadura del Proceso fueran, según lo señala, Nueva Presencia, de Herman Schiller, y el Buenos Aires Herald, de Robert Cox y James Neilson, debería sorprender a los adalides del nacionalismo argentino que declararon enemigos de la patria soberana a los británicos y a los judíos.

 

Agradece el préstamo que le otorgó su empleador Clarín a través de su gerente Magnetto –del que nos enteramos que fue secretario de Frondizi y protegido de Rogelio Frigerio– para que comprara un departamento para sus hijos una vez que murió su esposa en un accidente de aliscafo. Agradece a Morales Solá que haya protegido a sus periodistas en tiempos de persecución militar hasta al punto de haberle dado su nombre a uno de sus hijos. Considera que Jacobo Timerman podía haberle agradecido a su vez los pasos que dio junto a Mario Diament ante Martínez de Hoz para salvarle la vida. Recuerda el secuestro de Mario Mactas y rinde homenaje a sus compañeros desaparecidos de La Opinión, diario al que considera liminar en la historia del periodismo argentino.

 

Tiene la deferencia de nombrarme por única vez porque se me ocurrió resaltar la labor televisiva de Horacio Pagani. Le estoy agradecido por la mención que me obsequia, aunque estén lejos de agotar mis esfuerzos editoriales y, además, como dicen el gato y el zorro: qué le hace otra lancha al Tigre.

 

No está de acuerdo con que el diario Clarín haya silenciado el secuestro y la desaparición de personas durante la última dictadura y da ejemplos del hecho por lo publicado en el medio en tiempos en que las comisiones de derechos humanos llegaban al país o cuando reproducía denuncias del Herald, como también se opone a la versión oficial sobre el apremio a la familia de los Graiver-Papaleo para expropiar Papel Prensa y reconstruye la historia de las ofertas de venta meses antes de que se conociera el vínculo del banquero con las organizaciones guerrilleras.

 

No se ha dejado seducir por la picaresca de Asís en su Diario de la Argentina, libro que produjo desastres conyugales, levantamiento del secreto alcohólico de muchos periodistas y otras fallas que considera de lealtad y de falta de código al decir de los futbolistas.

 

Le da pena lo que hoy pasa con un periodismo que poco tiene que ver con el que conoció en los comienzos de su labor profesional. La libertad de prensa con intimidación no le despierta mayores simpatías. Cree que el poder concentrado es inevitable en un mercado que exige inversiones cuantiosas para que se produzca información actualizada en medios masivos de comunicación.

 

Debería haber pocas dudas acerca de que a los oligopolios se los combate con la ley de la competencia antitrust. No hay democracia sin competencia, ni democratización con tutela estatal y custodia vertical. Hay leyes algo manoseadas que pueden producir un país de adulones. Eso no lo dice Muchnik, eso lo digo yo, quizás con su acuerdo”.