La Argentina suele complacerse en el derroche. De ahí venimos: gauchos que mataban una vaca para comerse la lengua o el matambre y tiraban el resto a los caranchos. Hacia allá vamos: despilfarrando una oportunidad tras otra de hacer un país más justo, más igual –hasta que ya no quede nada por tirar.

 


Y, mientras tanto, en el camino, derrochamos acontecimientos. Nada más fácil que ser periodista en la Argentina. Difícil es en Suiza, en Canadá; aquí, la máquina de producir noticias no se detiene nunca. La Argentina se ha convertido en un país en cuerpo 72: lo que los viejos periodistas llamaban cuerpo catástrofe, el tipo de letra que solo se usaba de tanto en tanto, cuando pasaba algo muy particular. Nosotros, en cambio, últimamente, vivimos en ese cuerpo gordo, exagerado. A veces me pregunto si será porque gritamos mucho lo que nos pasa o porque nos pasan cosas que piden mucho grito –y sospecho que las dos opciones están tan ligadas que no se puede decidir. Otras veces busco bajo esos títulos un texto acorde –y no suelo encontrarlo.


 

Todo esto para decir que tampoco el tradicional balance de fin de año es breve y simple en la Argentina actual. Los fines sirven para ejercer –etílica, borrosa– cierta memoria: yo quise recordar éste eligiendo un hecho –o dos– por mes. Es casi una injusticia: tantas cosas quedan afuera. Pero voy a intentarlo.

 


El 2011 había terminado con la promulgación de la famosa ley Antiterrorista, donde el gobierno DDHumanista olvidaba la mayor parte de sus versos y proclamaba que juzgaría "las intenciones de aterrorizar a la población u obligar a las autoridades". Fue uno de los mayores sapos, uno que sus lenguaraces progres nunca encontraron la forma de justificar. Y empezamos Enero con dos hechos extremos: la esposa celosa de un gobernador volándole los sesos en la madrugada y en su cama, la presidenta de la Nación que mantenía al país en vilo al operarse de un cáncer que no tenía. Parecía difícil de empardar.

 


Pero Febrero contraatacó con todo. En los primeros días estalló el escándalo Boudou-Ciccone que, a mediano plazo, dejaría al kirchnerismo sin delfín: el invento de la rerreelección es, en última instancia, un efecto de la caída del señor Boudou. Pero el 22 la peor masacre ferroviaria de los últimos años cambió el humor social: 51 muertos, 700 heridos y el responsable oficial diciendo oficialmente que era culpa de las víctimas por viajar tan apurados, tan amontonados. El mes tremendo culminó el 27 cuando Cristina Fernández, tras varios días de silencio ante la tragedia, reapareció en Rosario. Allí dijo, de costado, lo que terminaría por ser su síntesis: “Vamos por todo”. Es curioso: la frase presidencial más repetida es una que, en principio, no quiso decir –o por lo menos no para el público. Toda una metáfora sobre su control, su forma de gobernar, la Argentina, el mundo, la galaxia.
 

 

Marzo en cambio desaceleró: solo hubo un inicio de clases sin clases, como de costumbre, en las escuelas públicas cada vez más clasistas, más refugio de pobres y desdén de los que pueden pagar para no ir. Y un clima general de malvinización y banderitas tipo Radio10: parecía que la Argentina no podía seguir ni un día más sin sus islas –aunque entregara la cordillera a la Barrick y amigos. Siguió, siguió –y la Patria se usó para otras cosas.
 

 

En Abril la noticia excluyente fue que, tras haber participado de su venta veinte años antes, Cristina Fernández decidió recuperar para el Estado el control de YPF. Aclaró, entonces, que ése no era “un modelo de estatización; es un modelo de recuperación de la soberanía y el control”, pero que “seguimos conservando el modo de sociedad anónima y de empresa privada”. No necesitaba decirlo. Ocho meses después –ahora– varios de los yacimientos más importantes de la empresa fueron entregados a la Chevron, la antigua Standard Oil de los señores Rockefeller.
 

 

En Mayo la presidenta fue a Angola a visitar a un dictador corrupto y le llevó una vaca que después no estaba y contó chistes y explicó que la Argentina había abolido la esclavitud en 1813 –cuando en realidad fue en 1853. Atención: es probable que nos pasemos el 2013 festejando por error esa abolición que no sucedió entonces. Pero el escándalo del mes llegó cuando presentó sus papeles al Senado el señor Daniel Reposo, el candidato oficial para reemplazar al Procurador General Esteban Righi, echado porque quería procesar más o menos em serio al señor Boudou. El señor Reposo se inventó un curriculum y, confiado en la potencia del relato, lo presentó como si nada. Lo descubrieron, quedó feo, tuvo que renunciar sin haber asumido.

 


Junio fue el momento en que terminó de verse que el gobierno y su principal aliado, el jefe sindical Hugo Moyano, habían roto. Fue raro: como suele pasar con las peleas kirchneristas, sus causas nunca quedaron claras, pero sus consecuencias sí: le complicó al grupo gobernante el control de la calle, le quitó la legitimidad de poder decir que representaba a la mayoría de los trabajadores, lo obligó a buscar alianzas con sindicalistas tan dudosos que el primero de sus elegidos resultó un buchón de la dictadura militar –y debieron dejarlo de lado. Parecía otro error, pura pérdida. Después se sabría que lo era.
 

 

En Julio se cerró el cepo al dólar. Venía armándose desde octubre de 2011, pero terminó de conformarse  cuando el Banco Central publicó una comunicación –la 5318 A– para decir que quedaba “suspendida” la posibilidad de comprar dólares para ahorro personal. En un país tan desconfiado de su propia moneda, tan dolarizado como la Argentina, la vuelta de las operaciones en negro tendría un efecto pesado. Y, sobre todo, el efecto Calesita: la sensación de acercarse otra vez a pasados nefastos. Mientras, para completarlo, se filtraba a los medios un video muy brutal que mostraba cómo la policía de Salta torturaba detenidos. Era un episodio más de una lista que incluía pobres asesinados en manifestaciones en Formosa y Jujuy –y tampoco despertó reacciones en un gobierno nacional tan celoso de los derechos humanos. Cristina Fernández terminó ese mes en Nueva York declamando orgullosa su alianza con Monsanto, Walmart y la Barick Gold.
 

 

Agosto fue el mes de la Rerre. Varios de los líderes oficialistas empezaron a hablar de esa reforma constitucional que permitiría que Fernández, a falta de un heredero de su gusto, se sucediera sola. Nada podría haber sido peor para sus intereses. La amenaza de la rereeeleción hizo que sus aliados peronistas empezaran a preguntarse si nunca habría espacio para ellos, y que sus opositores encontraran la mejor de las razones para unirse en algún punto: fue, para el gobierno, un auténtico esputo ascensional, que terminaría de mostrar su eficacia unos días más tarde.
El 13 de Septiembre, cuando miles de personas salieron a la calle sin la menor convocatoria; seguramente no lo habrían hecho si los parloteos sobre la rereelección no hubieran terminado de irritarlos. Cinco días antes, Fernández había contribuido con un aliciente extra, cuando dijo otra de sus frases más famosas: “No hay que aterrorizarse, solamente hay que tenerle temor a Dios, y a mí en todo caso también un poquito”. Para que no quedaran dudas, terminó el mes en Harvard insistiendo en que no estaba en La Matanza.

 


Los primeros días de Octubre trajeron una escena que llevaba mucho tiempo sin verse en la Argentina: fuerzas armadas por el Estado negándose a cumplir con sus órdenes, insubordinándose; en este caso, porque unos funcionarios les habían liquidado mal sus sueldos, o porque otros funcionarios habían intentado soliviantarlos para minar la posición de algún otro, vaya a saber. Lo cierto es que gendarmes y prefectos se pasaron una semana sin hacerle caso a nadie y, mientras tanto, una potencia atlántica, Ghana, retenía la fragata de otra fuerza armada por otro error de algún otro funcionario. A esa altura, los errores –la famosa inepsia– ya eran política de Estado.
 

 

En Noviembre dos hechos sucesivos y complementarios coparon la parada: la gran marcha inorgánica del 8, que demostró al mismo tiempo la magnitud del repudio al partido de gobierno y la incapacidad de los partidos de oposición para conducirlo. Y, días más tarde, la huelga bastante general del 20, donde los sectores que el gobierno habría podido mantener bajo su ala le mostraron el costo de enfrentarlos y le pararon el país.

 


Diciembre, por fin, debía ser el gran momento del triunfo kirchnerista: el 7D llevaba meses de proclamas y bravatas, pero se disolvió en el aire como tantas otras palabras rimbombantes. La fecha más esperada de la Argentina 2012 pasó como si nunca hubiera sido. En cambio, inesperadamente, el juicio tucumano por Marita Verón fue realmente popular –y muy instrumental en la nueva estrategia del gobierno: tras haberse cargado, con toda justicia, la credibilidad de los medios, ahora intenta cargarse, con todos los medios, la credibilidad de la Justicia.
 

 

Y así vamos cerrando el año, con la condena a Felisa Miceli que inaugura algo que no está muy claro, y los saqueos que tampoco –aunque se los podría considerar como un primer sacudón de esos que viven presos de la caridad del Estado.

 


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Aunque lo que más pesa no pasó en un momento sino a lo largo de todos los días: la inflación no es un hecho, es un proceso, como lo son la pérdida de puestos de trabajo, el aumento de las desigualdades, la consolidación de este sistema de exclusión.

 


Se me dirá que centrar toda esta memoria –y desbalance– en el gobierno es relativamente injusto: es casi cierto. El gobierno de la C.A.B.A. no consiguió solucionar ninguno de los problemas urgentes que se le plantearon –basura, caos de tránsito, transportes, crisis de servicios–, la provincia de Buenos Aires bajo el Candidato Muñequín sigue siendo el mayor bolsón de pobreza del país, y en Rosario, tras tantos años de administración socialista, acaba de haber un número confuso de muertos pobres en saqueos más confusos todavía. Pero ninguno de ellos tiene el poder y la ambición del kirchnerismo, y su influencia sobre nuestras vidas. Por eso, la mayoría de los hechos más relevantes de este año le corresponden con todo derecho.

 


El año, en cualquier caso, se termina. Es una convención, pero una que funciona. Es probable que el próximo nos traiga por lo menos tantas cosas. Y de guinda elecciones. El partido gobernante –el grupo gobernante– se ha convertido en el más feroz defensor de la delegación: ellos, que se la pasan hablando de la vuelta de la política y la importancia de la militancia, niegan cualquier discurso ajeno con el argumento de que no los votó el 54% y que si quieren decir o negar o exigir algo se presenten a elecciones. Este año, la realidad les demostró que no espera los votos para ser profundamente política y cambiar las relaciones de fuerzas. Ya veremos qué dicen sobre el sistema electoral cuando hayan pasado los próximos comicios. Les tengo confianza: siempre fueron buenos para empezar a decir lo contrario de lo que solían.
 

 

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PD: y ya que estamos jugando a este juego, la pregunta: ¿cuál les parece el hecho más influyente de todos? Puede o no ser uno de los citados, por supuesto.