Es el jueves 25 de julio. La mañana está nublada y desapacible. Hace frío y por momentos llueve. Es el día D para los peregrinos argentinos que han venido hasta Río de Janeiro para participar de la Jornada Mundial de la Juventud, el primer viaje a América del papa Francisco que ya ha conmovido a todo el Brasil. El encuentro se realiza en la Catedral de San Sebastián. Son las 9 de la mañana y los periodistas argentinos estamos ya a las puertas del templo.

 

La catedral es un moderno edificio de forma circular cónica, de cien metros de diámetro y 75 de alto. La desorganización es grande. Las disputas entre la Policía del Estado de Río y la Policía Federal no han cesado desde el increíble atascamiento que ocurrió a la llegada del Santo Padre durante el trayecto desde el aeropuerto hasta el centro de la ciudad. Los voluntarios argentinos tratan de mediar con las autoridades para hacer posible nuestro ingreso que se demora. A las diez, la situación se transforma en francamente riesgosa. Estamos todos apretados tras una valla que se abre a cuentagotas y que aumenta nuestra incertidumbre y la riesgosa incomodidad en la que nos hallamos. “¡No empujen!”, “¡nos están lastimando!”, gritan dos colegas que están contra las vallas que siguen sin abrirse. A las diez y media llegan un funcionario de la Embajada de la Argentina en Brasil y una joven de la comitiva papal. El nerviosismo es creciente. Arrecian los reclamos de todos nosotros. A los 15 minutos, finalmente, la valla se abre y se nos autoriza a entrar. Guiados por los jóvenes voluntarios argentinos caminamos, junto a Guido Baistrocchi y Daniel López que me acompañan en la cobertura para radio Continental, caminamos rápidamente por la explanada que rodea la catedral. Ingresamos en ella. Por dentro, el edificio es tan imponente como por afuera. El altar está en el centro y los bancos están dispuestos en forma circular. Hay lugar para 20 mil personas pero, por razones de seguridad, sólo se ha permitido el ingreso de 5 mil.

 

Ya dentro del templo, me dirijo rápidamente a la primera fila. Ocupado en determinar cuál podría ser la mejor ubicación que me asegurara la mayor cercanía posible al Papa, me encuentro con Matías y su acompañante, Roberto. Matías es un chico que, a causa de su afección, está en silla de ruedas. Roberto se emociona y Matías me sonríe. El es uno de los enfermos elegidos para ser saludado por el Santo Pedro. Preso aún de la emoción, Roberto me dice: “Nelson, esto me parece increíble. Podrá creerme o no pero, sabiendo que usted estaba cubriendo la Jornada Mundial de la Juventud, ayer por la noche le recé a Santa Teresa para encontrarlo. Tengo que hacerle un pedido: usted tiene que transmitir el momento en el que el Papa salude a Matías y hable con él. Queremos que en la Argentina se conozca la historia de este chico cuya fe es admirable. Su familia no tiene recursos y necesita mucha ayuda. Para nosotros, hace 15 días este viaje era impensable y de repente, fruto del esfuerzo y la solidaridad de muchos, se hizo realidad. Y es así como estamos aquí, a minutos de encontrarnos con Su Santidad. Por favor, acompáñenos”.

 

La valla que nos separa del altar se abre y junto a Matías y Roberto quedo en primerísima fila del lado de la entrada por la que ingresará Francisco. El tiempo de espera –será largo– comienza a pasar lentamente. Se hace interminable. El personal de seguridad aumenta minuto a minuto. Se los ve nerviosos. Cada vez que se acerca alguno de ellos es para agregar una nueva incomodidad a nuestra espera. Será difícil tener una oportunidad similar durante lo que queda de su viaje. Se acerca el obispo de Gualeguaychú, monseñor Jorge Lozano. “¡Qué suerte verlo en este lugar! Aquí va a poder hablar mano a mano con Francisco y transmitirlo por radio.

 

Qué bueno que lo pueda hacer porque así los oyentes van a palpar la simplicidad y la llaneza de trato que él tiene. Le aseguro que ese testimonio los va a conmover a todos”, me dice el obispo que conoce muy bien al Pontífice de quien, cuando era el cardenal Jorge Mario Bergoglio arzobispo de Buenos Aires, fue uno de sus obispos auxiliares. Monseñor Santiago Olivera, obispo de Cruz del Eje, también se acerca a saludar. “En sus conceptos es él mismo, pero en su aspecto es otro. La Iglesia clamaba a gritos por un Papa como Francisco”, me dice con un gesto de inocultable alegría. Ahora es monseñor Vicente Bokalic, uno de los obispos auxiliares de Buenos Aires y responsable de la Pastoral de la Juventud, quien viene al encuentro de Matías. Le da un abrazo. “Vas a ser el primero a quien el Papa salude”, le dice. “Ese será su momento para poder hablar con el Papa. Le deseo suerte”, me dice. Hablo, mientras tanto, con los otros chicos que están en la fila. Todos comparten la misma emoción. No pueden creer lo que están viviendo. El ámbito sonoro de la catedral está inundado por un cántico incesante y atronador: “¡Es-ta-es-la juventud del Papa!” “¡Es-ta-es- la juventud del Papa!”. La escena se completa con una profusión innumerable de banderines y camisetas con los colores azul y blanco. Todo aquí es argentino.

 

“El Papa ya llegó. Me voy a la puerta a recibirlo”, me dice a las apuradas monseñor José María Arancedo, presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, que me da la mano y se dirige a la entrada de la catedral. Los cánticos se renuevan. Afuera, más de 30 mil compatriotas explotan en aplausos y vivas a Francisco. El papamóvil avanza lentamente.

 

Monseñor Santiago Olivera, obispo de Añatuya, vuelve desde la entrada y me advierte que todavía hay que tener un poco de paciencia porque el Papa desea recorrer la explanada de la catedral y saludar a todos los que han venido a verlo. Matías sonríe. La emoción aumenta.

 

Finalmente, Francisco hace su entrada a la Catedral de San Sebastián. Es el delirio. El Santo Padre se para en la puerta y se saluda afectuosamente con monseñor Arancedo.

 


Comienza entonces su ingreso. Se lo ve sonriente. Avanza con paso seguro, yendo de un lado al otro del corredor central de San Esteban. Todos lo quieren tocar y él no se niega. El Papa también quiere tener ese contacto táctil con la gente. La adrenalina aumenta. Está a cinco metros de mi posición; a cuatro; a tres; a uno. Ahora lo tengo frente de mí. Se produce, entonces, el hecho tan ansiado. Francisco lo saluda a Matías. Le pregunta su nombre; lo abraza; lo besa; lo conforta. El micrófono de radio Continental toma con todo el detalle ese instante mágico. En ese momento alza la vista y me ve. Se sorprende. Me estrecha la mano. Y ahí comenzamos a dialogar. Es un diálogo breve y cordial. Me hallo frente a un Jorge Mario Bergoglio a quien nunca vi así. Su rostro transmite felicidad, energía y paz. Su piel luce fresca, su mirada es vivaz y no asoma en ella el mínimo atisbo de cansancio. Sigue su camino para saludar a los otros enfermos. Cuando termina y se encamina hacia el altar, se acerca nuevamente a mí. Conversamos otra vez. Envía su mensaje para todos los argentinos. El Santo Padre vuelve a saludar a Matías quien, al igual que los otros chicos, está conmovido. Roberto, su acompañante, le entrega un sobre.

 

Algunos no paran de llorar. “¡Es-ta-es la juventud del Papa!” “¡Es-ta- es la juventud del Papa!”, es la consigna que atruena en cada rincón de la catedral de Río. El silencio llega después de unos cuantos minutos. El Papa ya está en el altar. Lo acompañan, entre otros, el arzobispo de la ciudad, Dom Orami Tempesta, el arzobispo de Buenos Aires, monseñor Mario Poli y monseñor Arancedo quien toma la palabra y le da la bienvenida a este encuentro con nosotros, los argentinos. Su discurso es breve. Sus palabras son de agradecimiento. “Si los discursos del Papa son cortos, uno no puede hacerlos largos”, me diría minutos después de la finalización de la ceremonia.

 

Llega, entonces, el momento esperado por la multitud. Habla el Papa. Su lenguaje es llano y embargado por un sentimiento de gratitud. “Quiero lío en las diócesis; quiero que se salga afuera, quiero que la Iglesia salga a la calle” dice en su convocante mensaje lleno de esperanza. Es una manera de decirles que sin involucrarse en la vida de la Iglesia, no habrá en ella futuro. Es también una forma de señalarles que si la juventud no trabaja para generar cambios en el presente será imposible forjar el futuro mejor que la humanidad anhela y necesita.

 

Habla también de la ancianidad. Esta es otra de las prioridades del Papa. “No se cuida a los ancianos (…) una eutanasia cultural. No se los deja hablar, no se los deja actuar (…) Los jóvenes tienen que salir, tienen que hacerse valer, tienen que salir a luchar por los valores; y los viejos abran la boca; los ancianos abran la boca y enséñennos; transmítannos la sabiduría de los pueblos (…) Yo se los pido de corazón a los ancianos. No claudiquen de ser la reserva cultural de nuestro pueblo que transmite la justicia, que transmite la historia, que transmite los valores, que transmite la memoria del pueblo. (…) La cruz sigue siendo escándalo pero es el único camino seguro, el de la cruz, el de Jesús, la encarnación de Jesús.”

 

El Papa concluye. Los aplausos y los estribillos atruenan otra vez el ámbito de la catedral carioca. Francisco se confunde en un abrazo con cada uno de los obispos que lo acompañan en el altar. En todos hay sonrisas. Levanta sus brazos para saludar otra vez a la multitud que delira. Comienza a retirarse. Desciende del altar y enfila hacia la salida. Sigo transmitiendo. Un custodio se distrae y se retrasa. Se abre, pues, un claro. Francisco me ve y detiene su marcha. Se acerca. “Hola Nelson, gracias por estar acá” me dice. Volvemos a dialogar. Le digo del impacto que para todos produce su humildad y su cercanía con los pobres. “Es la Iglesia”, me dice. Se acerca aún más y me estrecha la mano. Lo hace con firmeza y repitiendo la palabra gracias. El instante me parece infinito. El custodio se desespera. Es inútil. Francisco continúa hablando conmigo y contesta todavía una pregunta más. Nos despedimos. Ahora el Papa sigue su camino a paso firme y con la misma sonrisa con la que entró. Estamos todos absolutamente conmovidos.

 

Se abren ahora las vallas dentro del templo. Los colegas se abalanzan sobre Matías y el resto de los chicos a los que el Papa saludó. Los micrófonos y las cámaras no dan abasto para registrar sus testimonios y sus emociones.

 

Así fue como el Papa pasó por la Catedral de San Sebastián. Los más de 40 mil peregrinos argentinos que tuvieron la fortuna de estar en esta convulsionada ciudad de Río de Janeiro, en donde la belleza de sus paisajes y la miseria se dan la mano a cada paso, aquí no lo olvidarán jamás. Yo tampoco.