El País Calesita no se rinde. Ya estamos de vuelta en el lugar de siempre: preparando un gobierno peronista. Éste gobierno peronista se hunde, sus ratas empiezan a abandonar el barco –y los analistas de los grandes diarios lo llaman “el fino olfato de los peronistas para detectar hacia dónde se desplaza el poder”. Otro gobierno peronista se prepara –y las ratas van en fila india a probar con sus lengüitas su sabor. Manotean la sortija.

 


Sabemos: el kirchnerismo auténtico ataca de nuevo. El lugarteniente de su peor derrota antes de ésta –las legislativas de 2009– reivindica los laureles y dice que con él y los suyos todo va a ser igual pero distinto o, mejor dicho, distinto pero igual. Y parte grande del país los viva o los vota o los boba.

 


Sabemos también que ahora toca peronismo antiépico. Los peronismos pueden tornarse cualquier cosa –lo han sido, a lo largo de las últimas décadas– pero suelen mantener un movimiento pendular de épico a antiépico: fue épico en tiempos de la Resistencia e intentaron hacerlo antiépico Vandor y sus muchachos; fue épico con el camporismo y lo hizo antiépico Perón con López Rega; le dio una épica menor la Renovación y la contrarrestó con creces Menem. Lo cual dio lugar a la sobreactuadísima seudoépica K, que ahora tantos argentinos confunden con una política de ¿izquierda? y los lleva, por lo tanto, a esperar la antiépica de derecha tranquila que sólo el peronismo es capaz de ofrecerles –grosso modo.

 


Y, mientras, los famosos analistas te dicen que los otros partidos no querrían el gobierno porque prefieren que el peronismo se haga cargo de pagar los costos de su fiesta de subsidios y combustibles importados. Se hacen los boludos o hacen, como diría mi abuelo Antonio Manuel Bernardo, “de necesidad virtud”: como están convencidos de que no pueden gobernar, dicen que prefieren no hacerlo.

 


Son presa de los mitos.

 


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Somos, sobre todo, productores de mitos. O, mejor: los mitos son lo único que nos sale bien. Un país que se creía destinado a grandes cosas sólo consiguió producir grandes imágenes, caritas para la camiseta universal: Eva Duarte, Ernesto Guevara, Diego Maradona. Pero también producimos –a lo bobo– mitos para el consumo interno. Y, con una ingenuidad digna de mejor nombre, nos los creemos: somos el fiambrero que acaba cada tarde su mejor mortadela.

 


Uno de esos mitos es la base de la política argentina actual –el desastre argentino actual–: la convicción de que sólo puede gobernarla un peronismo. Lo dicen todos, se repite, y es un clásico caso de profecía autocumplida: si hay suficientes personas que la creen, harán lo necesario –votar, por ejemplo– para que se cumpla. O sea: creerla es realizarla.

 


Y te dicen que es así, que mires, que los dos únicos gobiernos no tan peronistas ni siquiera terminaron sus mandatos. Ése es el argumento decisivo: que los no-peronistas no consiguen cumplir con sus mandatos.
 

 

Con ese argumento se arma el unicanto. Y es un argumento que podría estallarles en la cara.

 


Vienen tiempos confusos. Un gobierno que ya no tiene el favor y se niega a registrarlo: un ciego que se cree tuerto y, por lo tanto, rey –o reina. Si este gobierno pierde en octubre estilo de la Rúa 2001 y se sigue haciendo el opa; si sigue acumulando error tras error, necedad tras necedad, inepsia tras inepsia; pero, sobre todo: si realmente tiene vocación de servicio, si quiere hacer un sacrificio que la Patria sabrá reconocerle, tendría que irse antes de terminar.


 

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Algunos te miran mal por decir estas cosas: queda feo. Te tiran con los cantos seguros, los insultitos consagrados en la Constitución: golpista, antidemocrático. Usan categorías que ya no son: la categoría golpe correspondió a un período en que los ricos argentinos necesitaban que su ejército los defendiera contra ciertas asechanzas. Ahora no necesitan –mantienen sus gobiernos– y por eso lo convirtieron –Alá es grande– en un club de barrio.

 


No hablamos de golpe. Lo que pasó, un suponer, el 20 de diciembre de 2001 no fue un golpe sino algo parecido a una pueblada, una paisada. Y la democracia debería ser eso: la posibilidad de expresarse más allá de los límites que le ponen los que aprovechan esos límites para hacer lo que se les canta. Pero aún si fuera –es, por desgracia, más probable– una maquinación de sus compañeros que quieren sacársela de encima mientras –crean que– todavía pueden salvar algo del naufragio, que se vashan sirve para la razón principal: deshacer el mito siniestro.

 


Si este gobierno no terminara su mandato le haría su mejor servicio a la posibilidad de una democracia verdadera en la Argentina. Si no lo terminara no solo mostraría la falsedad del mito del poder peronista; también, más acá, en el terreno de las ideas y los proyectos, mostraría que lo que no funciona no es tal o cual partido sino el sistema de delegación por el cual los ciudadanos no tenemos forma de discutir actos de gobierno, de intervenir cuando un gobierno está haciendo cosas muy distintas de las que llevaron a elegirlo, cuando la está pifiando fiero, cuando ya no tiene apoyo, cuando no sirve por falta de consenso. Mostraría que estos períodos de reinado medio eterno son lo contrario de la participación, Mostraría que si queremos que haya democracia deberíamos pensar las formas de que haya democracia. Y que la democracia tiene que incluir los medios para que las mayorías intervengan cuando todavía no es demasiado tarde –y sean escuchadas.

 


Van treinta años en que los problemas de los gobiernos se repiten: no hacen lo que dicen, intentan de quedarse para siempre, no tienen control. Y seguimos creyendo que se van a solucionar poniendo a uno bueno –como la Alianza de de la Rúa y Chacho Álvarez. ¿Vamos a tardar mucho más en suponer que lo que no funciona es el mecanismo?