“Fue de lo más sencillo. En la máquina donde se hacían los lomitos se me ocurrió poner pan, manteca, jamón cocido, queso y ketchup”. Quien habla ante La Capital es Rubén Ramírez, el creador del mítico saándwich: el Carlitos.

 

 

La minuta que es parte de la identidad rosarina y que se popularizó sobre la década del 50 en la tradicional chopería Cachito, de Maipú y Pellegrini, de la cual este hombre de 77 años fue el dueño hasta 1974. El emparedado, que es parte del ADN de la ciudad, tendrá su semana de festejos y mañana Ramírez recibirá una distinción en su homenaje.

El Carlitos nació al calor del auge de las choperías y restaurantes que fueron marca registrada de la ciudad. Esos que reunían a la familia entera, en donde las mesas se ponían en la vereda y su menú era motivo de comentarios, tanto de rosarinos como de foráneos que llegaban recomendados a cada local.

Ramírez se crió en el bar Cachito, donde se vendían litros de cerveza y chopp. Desde los 5 años de edad hasta los 39 conoció cada rincón del boliche de su padre y un 16 de diciembre de 1974 lo entregó a otros dueños, ya incorporado a la gastronomía rosarina. Y vaya si quedó en los libros de historia por culpa de su “ocurrencia”, que mañana, a las 19, en Gran Chopp (Pellegrini y Presidente Roca), recibirá un reconocimiento.

Los organizadores lanzaron la Semana del Carlitos, que se extenderá desde ese día hasta el miércoles 4 de diciembre, inclusive. Es más: la intendenta Mónica Fein está invitada al lanzamiento.

Pero, ¿cuándo se gestó esa minuta? Fue en 1953, cuando tiró un pan en la “plin-beef” donde se hacía el lomito (el antepasado de la famosa Carlitera) le puso manteca, jamón cocido (“de calidad, no como ahora que usan paleta sanguchera”), una tajada de queso, ketchup (“un poco rebajado con agua porque era espeso”) y otra de queso. Y, en un minuto, se doraba al fuego.

Ramírez cursaba los últimos años de la secundaria, pero permanecía horas en el negocio de su padre. “Lo hice para mí, pero se lo di a probar a mis amigos y, enseguida, se popularizó. Era algo sencillo, pero hizo furor. Venían de los bailes en el club El Tala y lo pedían. Todos recordaban los Carlitos de Cachito”, apuntó el hombre. “¿Por qué el nombre? Así quería que se llamara mi hijo (y lo concretó). Eran 300 panes los sábados y otros tanto el domingo”, recordó.

En la época dorada de Cachito había 80 mesas en la calle y hasta los mozos cruzaban la calle para atender a los parroquianos. “La gente no veraneaba tanto. Venía un tipo los 15 días de vacaciones con la familia al negocio”, rememoró.

“¿Hace cuánto que no come un Carlitos?”, le preguntó este diario. “El último tenía pollo. Era como para recomendarles que no vendieran esa porquería”, respondió. “Otros son húmedos, les salen mal. Pero la receta es sencilla: manteca, queso, jamón cocido, ketchup, queso de nuevo y el pan con la manteca. Punto. Sale crocante”, concluyó.

 

 

Fuente: La Capital