El naufragio y la muerte de 366 inmigrantes ilegales que viajaban hacia Lampedusa desnudó la problemática. Los africanos no sólo tienen que atravesar el mar, también parte del desierto, y muchos mueren en el camino, engañados por traficantes.

 

 

 

Costantino Baratta, 56 años, fue elegido “hombre del año” por la revista italiana L’Espresso. Pero Baratta no es un personaje famoso, no es un científico, no descubrió la cura de una enfermedad, no inventó nada. Es simplemente un albañil de Lampedusa que el 3 de octubre pasado, cuando varias decenas de inmigrantes clandestinos se estaban ahogando en el Mar Mediterráneo, tomó su barquita de pescar y se lanzó a rescatar a algunos de ellos. Baratta logró salvar 12 de origen eritreo, y por eso la revista lo consagró hombre del año. Y a través de él, simbólicamente, quiso consagrar también a todos los que ayudaron y ayudan a los inmigrantes, a esos desesperados que, sin saber los riesgos que corren, aceptan las reglas de los traficantes de seres humanos. Porque lo importante para ellos es llegar a Europa, donde crecen el pan y la paz.

2013 ha sido uno año terrible para los inmigrantes ilegales venidos de Africa y Medio Oriente. Aunque todavía no hay cifras oficiales –que por lo demás son muy difíciles de elaborar porque muchos directamente desaparecen en el mar y sus cuerpos nunca son recuperados–, algunos hablan de 1500 muertos. Entre 1998 y 2011, según el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados, las víctimas en el mar fueron 13.500. Otras cifras de Fortress Europe, un observatorio sobre las víctimas de la inmigración, habla de 20 mil muertos en el Mediterráneo en los últimos 20 años. Uno de los peores años fue 2011, cuando comenzó la llamada “Primavera árabe” en varios países del norte de Africa. Murieron ahogadas 2350 personas. Niños, adultos, mujeres embarazadas corrieron la misma suerte.

Eritrea, Somalia, Mali, Nigeria, Sudán pueden ser algunos de sus lugares de origen. Pero ahora, desde el comienzo de la guerra civil, también Siria. Los sirios escapan del terror de la guerra, los africanos de los conflictos y de la miseria. Los africanos provienen en su mayoría del corazón del continente. Y para llegar a Europa no tienen sólo que atravesar el Mediterráneo, sino parte del desierto del Sahara. Los traficantes –a menudo libios o tunecinos– los acarrean en viejos camiones, y si algo pasa no tienen ningún problema en abandonarlos en el medio del desierto, como contó y demostró un sobreviviente. Algunos casos que aparecieron en televisión mostraron cuerpos de niños y de adultos tirados entre las dunas del desierto, muertos de sed y de sol. Los que logran atravesar el desierto llegan sobre todo a Libia, que se ha transformado en uno de los principales puertos de traficantes. Deben pagar varios miles de euros para poder ser transportados. En realidad, según contó la canciller italiana Emma Bonino a la prensa, los cargan en barcos más o menos grandes y, cuando llegan a las aguas internacionales, los abandonan a su suerte en barcazas más chicas que intentan llegar a Sicilia, el sur continental de Italia, a Malta y, principalmente, a la isla de italiana de Lampedusa, casi más cerca de Libia que de Sicilia. Los Centros de Recepción, como se llaman los lugares donde se alojan cuando llegan, son una verdadera vergüenza. Sucios en todo sentido, todos amontonados, sin servicios médicos, con poca comida o mala. Luego de que uno de los clandestinos hiciera llegar una filmación hecha con un teléfono a una televisión italiana donde mostraba cómo los trataban, haciéndolos desnudar y tirándoles –en pleno invierno– chorros de agua fría para limpiarlos de sarna, las manifestaciones y protestas se desataron en todos los numerosos centros de recepción repartidos por el país. Algunos hicieron huelga de hambre, otros se cosieron los labios con aguja e hijo, y gente común manifestó en las calles de las principales ciudades contra la violencia en los centros de recepción. En conclusión, varios de esos centros han sido cerrados, la gente trasladada a otros lugares mejores; los que administraban esos centros, despedidos. Pero los inmigrantes tienen que seguir esperando que su caso sea analizado por la Justicia para ver si se les concede un salvoconducto europeo o el asilo político, o simplemente si serán expulsados.

Después de la muerte de 366 clandestinos en las aguas del Mediterráneo el 3 de octubre de 2013, Europa comenzó a preocuparse un poco más seriamente. Autoridades de la Unión Europea visitaron la isla de Lampedusa, lugar al que el papa Francisco había querido hacer su primer viaje fuera de Roma algunos meses antes, para tirar una corona de flores en el mar-tumba y encontrarse con algunos de los clandestinos. Francisco calificó como una “vergüenza” lo sucedido el 3 de octubre, y eso caló fuerte entre las autoridades europeas, que hasta ese momento habían dejado a Italia un poco a su suerte en este tema que, por lo demás, no es para nada un asunto sólo italiano. Porque en realidad la mayoría de los inmigrantes quiere irse a otros países de Europa, Alemania, Francia, Gran Bretaña principalmente. Italia es sólo la puerta de más fácil acceso.

Tres temas se activaron vivamente en Italia luego de todas estas tragedias. Primero que nada la necesidad de eliminar una ley de inmigración (ley Bossi-Fini) aprobada durante un gobierno de Silvio Berlusconi, que endureció la posición de Italia frente a los clandestinos y que, entre otras cosas, impone sanciones y condenas a quienes los ayudan (por ejemplo salvándolos en el mar). Pero hasta ahora nada se ha logrado. En segundo lugar, la necesidad de abrir una seria discusión parlamentaria para conceder a los hijos de inmigrantes nacidos en Italia el ius soli, es decir, el derecho de ciudadanía por el hecho de haber nacido en territorio italiano, como un modo de facilitar la integración de los inmigrantes. Sobre estos dos puntos nada se ha logrado hasta ahora. En tercer lugar, que la Unión Europea tome decisiones serias y revea su posición frente a la inmigración. Pero, como trascendió ya en el vértice europeo de noviembre en Bruselas, algunos partidos políticos europeos consideran a los inmigrantes un tema demasiado escabroso que podría hacerles perder votos. Por lo cual nada se hará hasta las elecciones europeas de mayo. La presidencia de la UE a cargo de Italia, en el segundo semestre del 2014, podría ser un factor importante en los pasos que de la UE dé en este sentido.

 

 

 

Fuente: Página/12