Muchos debieron ser reingresados por dolores cervicales y pérdida de memoria.

 

 

 

El mayor de los desafíos es poder seguir adelante después de la tragedia. Eso queda en claro cuando se recorre la zona en donde ocurrió la catástrofe el miércoles último.

 

Ayer, en San Luis, en el Club Atlético Lafinur, el desfile de familiares y amigos de Agustín Irustia fue incesante. No existían palabras de consuelo que pudieran hacer menguar el dolor de la familia. En tanto, los padres de Prisila Ochoa, de 16 años, permanecían en Mar del Plata, donde siguen la evolución de Salma, su hija menor, de 11 años. Y en Henderson y en 9 de Julio, ambas en la provincia de Buenos Aires, la tristeza sumió a las localidades al despedir a Gabriel Rodríguez , de 20 años, y a Nicolás Ellena, de 19.

 

En el Hospital Municipal Arturo Illia, de Villa Gesell, varios de los pacientes que permanecían internados fueron dados de alta. Sin embargo, varios de los heridos que habían regresado a sus casas en las últimas horas, tuvieron que ser reinternados con diversos cuadros: contracturas, fuertes dolores cervicales y cefaleas. También varios de ellos evidenciaron una amnesia temporal de la secuencia del impacto del rayo. Es el caso de Hernán Vila, un joven que estaba de vacaciones con su novia en Villa Gesell y que se encontraba en el balneario Áfrika en el momento de la tragedia. Ayer, un día después de ser dado de alta, tuvo que volver a ser hospitalizado por un fuerte dolor cervical y con los músculos nuevamente agarrotados. Y hay un denominador común en muchos de los heridos: no pueden recordar los segundos en los que cayó el rayo, a pesar de no haber perdido la conciencia.

 

Lo mismo le ocurre a Federico Campi, guardavidas del balneario, quien pese a haber sido uno de los que colaboraron en el rescate y el traslado de las víctimas, no puede recordar nada de lo que ocurrió esa tarde, ni siquiera que él estuvo allí. “Esto tiene un componente psicológico por el trauma vivido, pero también hay algo físico”, explica la doctora Vivian Calviño, emergentóloga del hospital Durand, que asistió tras la explosión de la AMIA y que el miércoles último se encontraba en el balneario cuando cayó el rato. Calviño colaboró en la playa en el traslado de los heridos y luego trabajó en el hospital Illia con los internados. “La mayoría de los heridos no puede recordar qué ocurrió en esos segundos. En algunos casos, la amnesia de la secuencia es de media hora o más”, dice.

 

Ayer era difícil volver a la rutina de playa en el balneario. Algunas de las familias que alquilaban las carpas del sector en el que cayó el rayo pidieron mudarse a otra punta y otras, directamente, le anunciaron a la dueña, Emilse Gioia, que la impresión sufrida era muy fuerte y habían decidido hacer las valijas y volverse a casa.

 

“Yo estaba acá en la cocina cuando ocurrió -relata Gioia, aún conmocionada-. Íbamos a dar la clase de ritmos latinos y empezó a llover. Retiramos los parlantes y cancelamos la clase. No pasaron ni diez minutos desde que cayeran las primeras gotas, cuando, de repente, sin que hubiera habido advertencia en el cielo, vi caer como una bola de fuego sobre las carpas que miran al mar. No vi un rayo, vi una explosión redonda. Creí que había sido una bomba. Todos se quedaron paralizados y unos segundos después, uno a uno, comenzaron a caer al piso completamente rígidos. Creí que estaban todos muertos”.

 

 

Fuente: La Nación