Twitter y Facebook se llenaron de autofotos de chicas que muestran su puente entre la cadera y la panza. La exhibición despierta el erotismo, pero advierten que puede potenciar trastornos alimentarios.

 

Cuando la cultura selfie comenzó a expandirse –esto de sacarse fotos a uno mismo con el celular y compartirlas en la Web–, la exhibición del cuerpo todavía era tímida: apenas unos pies con las uñas pintadas y un mar de fondo pasaron a ser la forma de decir que una estaba en la playa. Pero el bikini bridge –ese huequito que forma la bikini entre el hueso de la cadera y el vientre– llegó este verano para mostrar cómo aquellas inocentes autofotos se cargaron de erotismo. Para muchos, verlas es un deleite: la imagen que sugieren puede ser más excitante que la que muestran. Pero para otros, esta nueva moda puede instalar ideas peligrosas.

Hasta diciembre, la expresión bikini bridge sólo era conocida en los foros pro bulimia y pro anorexia. Pero los selfies, alentados por la posibilidad de dar rienda suelta a su vanidad, la sacaron de ese ambiente reducido. A eso se sumó un extraño experimento que comenzó a principios de enero, cuando en la comunidad virtual 4chan crearon la “Operación Bikini”: inventar que el bikini bridge se había puesto de moda, viralizarlo en las redes sociales y convertirlo en un fenómeno masivo. Y fue así que muchas mujeres subieron sus fotos y convirtieron el hashtag en tendencia mundial. Algunas son sumamente sensuales; otras, tan flacas que se les pueden contar, una por una, las costillas.

“Hasta ahora, parecía que las únicas partes eróticas del cuerpo femenino eran el busto y la cola. Esa es la mirada de un hombre, la tapa de revista. Sin embargo, estas fotos que las mujeres se sacan a sí mismas muestran el toque de la erótica femenina, con más insinuación que evidencia y proponiendo otras zonas del cuerpo como partes sensuales”, dice el sexólogo Patricio Gómez di Leva.

Así, muchas fotos de perfil dejaron de ser un ojo, un bebé o una foto carnet para mutar a una foto sensual en la que la bombacha proyecta una sombra suave sobre el pubis. Una foto que por pudor se saca en privado, pero que, paradójicamente, está pensada para ser compartida con el mundo.

Lucía tiene 20 años y luce su bikini bridge en la arena de Pinamar cuando toma sol boca arriba, como si supiera que tiene “eso” diferente. “No soy anoréxica, es una cuestión de forma de la cadera”, dice. Cerca, un grupo de chicos no le saca los ojos de encima mientras ella posa para Clarín. Y otro grupo, de más edad y panza prominente, bromea con el fotógrafo: “Sacame a mí que se me forma la pancita”. Risas de todos: bikini bridge o humor, dos juegos de seducción.

“Lo que se ve en la playa son chicas muy jóvenes rindiendo culto a su cuerpo. Por un lado está la histeria de siempre: compartir esas fotos les sirve para mostrarse sensuales y atractivas. Pero por otro lado aparece una forma de competitividad: la belleza es poder y muchas suben esas fotos sólo para generar la envidia de otras mujeres”, dice Marcelo Bregua, psicólogo y coordinador general de ALUBA (Asociación de Lucha contra la Bulimia y la Anorexia).

Y aquello que antes sólo se veía en las revistas (mujeres photoshopeadas ) tiene ya su correlato en las redes sociales: fotos ayudadas por la magia de un filtro que hacen creer que todos los cuerpos son bellos. “Eso puede generar, en personas con predisposición a obsesionarse con el cuerpo, efectos catastróficos al no poder lograr una meta imposible”, agrega Bregua. Olga Ricciardi, directora de CEDA, un centro especializado en desórdenes alimentarios, coincide: “Estas imágenes son un estímulo muy peligroso. Empiezan a ver que las mujeres flacas están en Twitter, en Facebook, que esos cuerpos están de moda, y así van formando su identidad. No dicen ‘hola, soy Laura’; dicen ‘hola, soy anoréxica’. Vivir sin comer genera una sensación de poder incalculable: si puedo hacer esto, puedo cualquier cosa”.

El culto al cuerpo tiene eso: es la llave para mostrarse deseable, poderosa. Y también tiene un charco cerca, justo donde Narciso terminó arrojándose al agua, enamorado de su propio reflejo.
Fuente: Clarín