Crecer a golpes es el título de un libro reciente que Penguin publicó, en castellano, en Estados Unidos, y se distribuyó en varios países del continente. Se subtitula “Crónicas y ensayos de América Latina a cuarenta años de Allende y Pinochet”, lo editó Diego Fonseca e incluye 14 textos de gente como Jon Lee Anderson, Álvaro Enrigue, Patricio Fernández, Enric González, Boris Muñoz, Leonardo Padura, Sergio Ramírez, yo mismo y varios más –cada uno sobre su país.


La semana pasada, algunos de nosotros estuvimos presentándolo –debates, discusiones– en Harvard y Brown y el Instituto Cervantes de Nueva York. Allí entendimos, entre otras cosas, que no sabemos muy bien de qué hablamos cuando hablamos de América Latina –pero que queremos seguir hablando de ella.
Mi texto habla sobre el peso de la muerte en la historia y la política patrias. Me pareció que era un tema siempre vivo. Se llama O Juremos – Sobre patrias y muertes argentinas y ésta es su última parte:

Todos se mueren. Los argentinos no somos la excepción a esa regla: todos nos morimos. Lo raro es lo que hacemos con los cuerpos.
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Entre 1976 y 1980 los militares argentinos –con el apoyo de buena parte de la sociedad argentina– se dedicaron a matar militantes de izquierda y esconderlos. Fue lo que el teniente general Videla llamó, con prosa envidiable, “los desaparecidos”. La palabra prendió, fue retomada en muchas lenguas. Jorge Luis Borges confesó muchas veces que su mayor ambición era dejar un giro, una palabra nueva en el idioma; el que lo consiguió fue el más bruto de sus comensales.
Desaparecer los cuerpos era fiarlos a un futuro negado. Generales punks creían en el aquí y ahora –en el allí y entonces–, que es como decir que creían en un presente permanente, un tiempo siempre igual a sí mismo donde nadie estaría en condiciones de pedirles las cuentas. Creían que si en aquel momento preciso no se hacían cargo, nunca deberían. Y eligieron no hacerlo y esconderlos: apostar al presente interminable.
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Foucault lo decía bastante claro: el poder muestra su poder sobre el cuerpo del delito –cuerpo del delincuente– para educar sobre la ley. Castiga, mata en público para imponer sus leyes. Aunque a veces esos muertos pueden volvérsele en contra: pueden volverse banderas –o vergüenzas.
Aquellos poderosos argentinos, siempre mediocres, siempre a media asta, prefirieron no enfrentar sus actos: no educar por medio de esos muertos, sólo deshacerse de unos miles que los molestaban. Aquellos militares renunciaron al boato de la muerte y se hundieron en la modestia del hurto, del birlibirloque.
Cuando un cadáver enemigo se esconde en lugar de ser exhibido como insignia de la propia potencia es que el temor a su uso sacrificial o relicario prima. Si la exhibición supone una presunta debilidad que quiere legitimar su fuerza, el ocultamiento muestra una fuerza supuesta que no acepta su debilidad.
La desaparición es la muerte que no se hace cargo de su potencia educativa, legalizadora. La desaparición intenta una suerte de puesta entre paréntesis, ilusoria por aquello de que todo muerto debe tener su lugar y su función, y de muertos errantes se han poblado siempre las pesadillas, los horrores.
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Y nunca fueron los muertos los que enterraron a sus muertos.
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La desaparición creó, también, otros equívocos: en esos días los deudos –las deudas, esas madres– de los muertos no lloraban muertos; pedían por vivos raros, por “desaparecidos”. Para pedir por ellos –para pedir a los verdugos que buscaran a sus víctimas– debían cambiarles la identidad, la historia. No podían decir venimos a pedir por nuestros hijos guerrilleros; tenían que decir venimos a pedir por unos muchachos buenos tan tranquilos mire vea. Así se fue escribiendo una mirada de la historia: gracias a la existencia de desaparecidos –gracias a la inexistencia de esos muertos–, los militantes asesinados no fueron, durante mucho tiempo, lo que sí habían sido: muchachos y muchachas que habían elegido un camino en la vida. La historia no los registró por lo que hicieron sino por lo que les hicieron: secuestrados asesinados escamoteados, desaparecidos. No, fueron, para la historia, los sujetos de sus propias decisiones, sino objetos de las decisiones –violentas, criminales– de otros: sus verdugos. Aquellos muchachos y muchachas perdieron, con sus vidas, sus historias. Sus madres, los buenos, los que los querían, volvieron, con su relato, a desaparecer a los desaparecidos.
(Y también, de algún modo, demonizaron y despolitizaron a los militares: como verdugos de muchachos buenos inocentes ya no eran soldados con el fin político de matar a sus opositores sino locos sedientos asesinos –perturbados. Así, las razones verdaderas de sus actos quedaron, durante muchos años, en las sombras.)
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Durante décadas, la mayoría de los argentinos aceptó –de algún modo aceptó– la decisión de aquellos militares: prefirió no saber bien qué había pasado. Por eso, todavía, todos esos muchachos y muchachas –sus historias, sus vidas– siguieron ocultados bajo el nombre común de desaparecidos.
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Era uno de los gritos más ambiguos de la historia política argentina, un reclamo imposible: “Los desaparecidos/ que digan dónde están”.
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Los tiempos del recuerdo son confusos: pasaron más de veinte años antes de que hubiera una masa crítica –más allá de los desconocidos de siempre– que intentara enterarse. Empezó a suceder a fines de los años noventa; al fin dijeron –otros lo dijeron: no habían sido víctimas pasivas sino militantes, gente que había decidido. Lo cual produjo discusiones, revisiones –incluso enfrentamientos. Y no los hizo menos víctimas, ni hizo inocentes a sus victimarios; les devolvió su historia. A partir de entonces el peso de esos muertos en la vida argentina creció de otra manera: para un sector bastante amplio se convirtieron en la fuente de toda verdad y legitimidad, pasaron de ser lo inconfesable a ser lo incontestable.
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–Sí, claro, es hijo de desaparecidos.
Su linaje se volvió la línea más perfecta, decisiva.
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Sólo faltaba que alguien tuviera la astucia suficiente como para beneficiarse de esa herencia –y fue un doctor Néstor Carlos Kirchner.
Que prometió dos cosas paralelas: que construiría “un país normal” y que reviviría “la Memoria”. Que usó esos cuerpos desaparecidos como nadie, como instrumento para zanjar cualquier debate, para desaparecer cualquier idea. La emoción del recuerdo se imponía –y tampoco importaba que ese recuerdo fuera un relato perfectamente adulterado.
El doctor Kirchner hablaba tanto de la muerte: basaba su mito de sí mismo en el recuerdo de esos muertos desaparecidos, pretendía que su gobierno era la concreción de aquellos ideales –aunque fuera, generalmente, lo contrario.
Pero después se le ocurrió morirse.
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Y otra vez otra muerte se hizo dueña. En la Argentina no hay político más poderoso que la muerte –y vuelve y vuelve y no nos suelta. Queda dicho: en la Argentina no hay movimiento que funcione sin el respaldo de sus muertos: el reclamo por las víctimas, el peso de los mártires es un sustrato ineludible.
En pocas horas ese hombre se había convertido en otro hombre. Un día era un político muy controvertido; al otro, un estadista. O más: un mártir que murió porque, enfermo, no quiso dejar de pelear por el bienestar de su país, un argentino excepcional, un gran patriota. La muerte, en nuestra cultura, suspende las críticas; así empezaba la construcción del héroe.
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Quisieron –¿supieron?– usar con esta muerte todas las enseñanzas sobre los argentinos y la muerte.
Fue el mayor esfuerzo publicitario que se haya visto en muchos años, dedicado a convertir al difunto de un infarto banal en un gran muerto patrio, de esos que sostienen políticas y se vuelven banderas y las fracciones se disputan. Dijeron que era “el desaparecido 30.001” –uniendo en una sola frase dos falacias. Cantaron –en todos los espacios publicitarios de la televisión cantaron– esas cosas: “¿Será verdad/ que te fuiste con la historia/ o será que aun no despertamos/ y que con una antorcha nueva/ en cada mano/ vas a volver/ cubriéndonos de gloria?”.
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El hombre que mejor usó a los muertos se volvió un muerto que su mujer usó mejor.
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Poco después de convertirse en muerto. en sus primeros meses como muerto, el doctor ya era hospitales, avenidas, plazas, comisarías, puentes, estaciones de tren, estaciones de micro, auditorios, rutas, aeropuertos, escuelas, campeonatos de fútbol, barrios, puentes.
Unos meses después de convertirse en muerto, el doctor ya era el caballo que llevó a su señora viuda a la victoria. (…) En octubre de 2011 la viuda que lo llamaba Él, que nunca dejaba de invocarlo, que ponía de su lado a todos los muertos y al más publicitado de los muertos, ganó las elecciones por escándalo. Dos años antes –todos vivos– las había perdido sin remedio.
Fue la última –las más reciente– intervención triunfante de la muerte en la política argentina. Pero tuvo un carácter distinto. Ahora el muerto era pura construcción de discurso, su heroicidad era pura construcción de discurso. Su cuerpo, en cambio, estaba ahí, donde viven los muertos: en un mauseoleo bien hortera –mármol, piedras, brishitos– en un pueblo del sur, aburrido del viento. Un cuerpo en su lugar, ninguna épica, ni un poco de misterio; relato que sustituye al drama verdadero.
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Una muerte casi normal en un país que no consigue serlo.
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(Y, como posdata, para acabar con ese cuento, el último de los desaparecidos, el final por ahora: el ex teniente general Jorge Rafael Videla se murió en su cama o su inodoro el 17 de mayo de 2013, lo autopsiaron bastante y, cuando quisieron enterrarlo, no pudieron: los vecinos de su pueblo natal –Mercedes, pampa rica cerca de Buenos Aires– le negaron la tierra que él negara a tantos. Días y días el cuerpo de Videla fue un cuerpo sin lugar, oculto, rechazado –la suerte de los desaparecidos–, hasta que al fin fue enterrado en otro sitio, casi en secreto, y acabó con un ciclo. Cuarenta años de historia, cinco siglos de historia. Quizás, ahora, empiece otra.
Es improbable.
La muerte no se rinde.)

 

 

Fuente: http://blogs.elpais.com/pamplinas