Tras su ruptura con el músico Santiago “Chano” Moreno Charpentier, se confiesa.

 

En una esquina de Recoleta, Celeste Cid (30) prende el primer cigarrillo del día y le hace frente al helado viento de la mañana. Apenas fuma dos pitadas y enseguida lo apaga. “Ya estoy lista”, dice con una sonrisa. Hace casi tres meses que se separó del líder de la banda Tan Biónica, Santiago “Chano” Moreno Charpentier (33), después de vivir un amor intenso que duró un año y medio. Tras la ruptura, Celeste dejó la casa que ambos compartían y se instaló en un departamento de Colegiales con su hijo André (9), fruto de su relación con Emmanuel Horvilleur (39). Alejada del músico, dedicó su tiempo a promocionar la película Aire libre –que protagonizó junto con Leonardo Sbaraglia– y a preparar su vuelta a la televisión con Viudas e hijos del rock & roll, la nueva comedia de Sebastián Ortega. Hoy, admite que tiene la energía puesta en su carrera y su vida familiar, y que su “pedacito de felicidad” está en las cosas de todos los días. “Quizá no esté enamorada de un hombre, pero sí siento ese amor hacia mi hijo, mi trabajo, mis amigos”, confiesa.

 

–Hace un año compartías con ¡Hola! tu sueño de casarte?

 

–[Risas]. Cómo cambian las cosas, ¿no? Hoy estoy en un momento de plenitud, trabajo en algo que me gusta mucho al tiempo que disfruto de esos instantes cotidianos de felicidad con mi hijo. Lo sigo llevando al colegio, lo invito al cine, trato de seguir conectada con mi presente.

 

–¿Cómo viviste esa etapa de reconstrucción después de separarte de “Chano”?

 

–En realidad, no sé si siento que me tuviera que “reconstruir”. La separación de “Chano” no me dejó golpeada: es una persona a la que quiero mucho, con la que hoy día sigo teniendo la mejor onda.

 

–¿La ruptura fue de mutuo acuerdo?

 

–Sí, los dos decidimos terminar la relación. Lo hablamos mucho…, había cosas que no iban más y decidimos no seguir más juntos. Y lo hicimos sanamente, que me parece que es lo mejor. En un primero momento, como en toda separación, fue difícil, pero después que pasó esa instancia, todo quedó bien entre nosotros. Al fin y al cabo somos dos personas que se quisieron mucho.

 

 

–¿Y no hay vuelta atrás?

 

–[Risas]. Eso prefiero no contestarlo.

 

–¿Estás sola?

 

–Sí, solísima. Uno no está todo el tiempo en pareja?, por lo menos yo, que tengo muy mala suerte con los hombres. [Risas].

 

–¿En qué te cambió esta última relación?

 

–[Lo piensa un rato]. Aprendí muchas cosas de mí misma estando con “Chano”. Creo que cuando armás una relación, el otro se convierte en un espejo donde también aprendés un poco más sobre quién sos vos. Como decía Octavio Paz, “todo es espejo en la vida”. Y es así, uno sin el otro, no tiene con quién ser.

 

–A pesar de la ruptura, ¿seguís creyendo en el amor con final feliz?

 

–Todavía pienso que se puede vivir con una persona y envejecer con ella hasta el final de tus días. Sé que se puede y quiero creer que yo puedo tener eso también. Esa es mi ilusión, seguir soñando que hay alguien para mí cada vez que veo una pareja que está unida desde hace cuarenta años. Seguro que no fueron todas rosas, pero en sus propias crisis me los imagino tomados de la mano. Y me gusta creer en esa idea del amor. Claramente eso no me ha pasado hasta el momento. Igual, me consuela saber que si bien mis relaciones se terminaron, también fueron felices.

 

–De todo se aprende.

 

–Absolutamente. A pesar de que me rompan el corazón o se quiebre esa ilusión, me sigo enamorando, porque lo que vivo estando enamorada, aunque sea por un ratito, me hace feliz, me hace sentir viva.

 

–Este año cumpliste 30. ¿Entraste en crisis?

 

–Me siento mucho más cómoda ahora que en mis veintipico. Estoy más tranquila y segura conmigo misma, ya sé las cosas que me divierten y las que no. Si me invitan a un lugar, inmediatamente identifico si es un buen plan para mí. Antes me hacía mucho mambo, estaba más regida por la mirada ajena. Creo que hoy estoy más despojada de ese tipo de presión, tengo menos mochilas y me siento feliz.

 

–¿Qué cosas tenés pendientes?

 

–Muchas… Soy una persona bastante curiosa, por lo que las cosas que me gustan son las que me gustaron desde chica. En ese sentido, siempre supe cómo iba mi alma, aunque suene cursi decirlo. Y trato de ser fiel a lo que siento. Con mi mejor amiga, por ejemplo, tenemos ganas de armar algún día un lugar de comidas donde también se fusione la música y el arte. Me gusta mucho escribir, así que si me animo tal vez edite algo en poco tiempo.

 

–Después de la telenovela Sos mi hombre, volvés a la tele con Viudas e hijos del rock & roll. ¿Cómo es tu personaje?

 

–Se llama Vera, es rosarina, muy naif y ávida por descubrir la vida. Ella llega a Buenos Aires para reencontrarse con su medio hermana, Miranda (Paola Barrientos). Lo bueno es que por primera vez en mucho tiempo no tengo la carga del papel protagónico, puedo disfrutar del personaje y la historia desde otro lugar. Me divierte también porque es una comedia que quisiera que viera mi hijo.

 

–¿André nunca te vio trabajando en televisión?

 

–Sí, pero muy poco. Y cuando veía algún capítulo de Sos mi hombre, lo primero que hacía era preguntarme qué pasaba después con la historia. Se levantaba a la mañana y en vez de saludarme con un “hola”, me pedía que le contara cómo había terminado el capítulo. Ahora que está más grande quiero que vea esta historia…, incluso me imagino el ritual: viendo la tele mientras comemos juntos y después, lo mando a lavarse los dientes y a dormir.

 

–¿Cómo sobrelleva tu fama?

 

–André no se hace mucho problema con eso. Siempre fue bien firme con mi rol de madre en su vida. Mamá es la que está en casa, no la de la tele. En un punto, le importa un cuerno lo que hacemos su padre y yo. Para él siempre seremos su “vieja y su viejo”.

 

 

–¿Cómo es ser madre de un chico de casi 10 años?

 

–Uhhh. Muy bien, aunque ahora estamos en la etapa preadolescente. Así que hay días que se levanta con esa idea de “mamá es insoportable” y otros que tiene la mejor. Son sólo momentos, él es un chico muy dulce, cariñoso, bueno y se nota que todo el día me quiere cuidar.

 

–¿En qué te reconocés?

 

–Cuando lo veo reírse a carcajadas, me veo a mí de chica, con esa misma cara, riéndome mucho. André tiene esa risa a borbotones, igual que yo.

 

–¿Qué cosas comparten?

 

–El desayuno, después lo llevo al colegio y me voy a grabar. Los fines de semana le organizo algún pijama party con sus amigos, pintamos o nos vamos a ver una película. La verdad es que nos divertimos mucho juntos. La música la comparte cuando va a la casa de su papá, que tiene todos los instrumentos.

 

–La música siempre estuvo muy presente en tu vida también…?

 

–Sí, cada vez que me conecto desde ese lugar siento que me transporto a otro tiempo y espacio. En la casa de mi niñez, me acuerdo de que teníamos un órgano y, como no sabía tocar, le ponía colores a las notas que tenían una cierta armonía. Tocar para mí es maravilloso, no lo hago bien pero me genera mucho placer. Creo que la música es el lenguaje universal, fijate que la misma canción puede ser escuchada acá o en la China y generar lo mismo, quiebra las diferencias culturales.

 

–¿Cómo te llevás con el piano?

 

–Es una relación complicada. [Risas]. En un momento dejé porque me frustraba mucho no poder tocar bien lo que yo quería. Siempre lo quiero todo y, en ese plano, la música es casi inabarcable, es un mundo interminable.

 

–¿Qué te provoca la música?

 

–Para mí es como un contacto muy primario, ya desde que nacemos escuchamos música. En mi caso, todas las situaciones de mi vida están linkeadas con la música. Tengo muchos amigos músicos, de hecho creo que me siento más cercana a ese mundo que al mío. Hay algo del músico que siempre te dice “che, vamos a casa a tocar música”, una situación que no pasa con los actores. Nadie te dice “¿ensayamos la escena en tu casa?”.

 

–Bueno, tampoco es casual que tus grandes amores fueran músicos.

 

-[Risas]. Sí, pero ya no más. Aviso formalmente que no salgo más con músicos.

 

 

Fuente: Hola. La Nación