“Háblame de los desertores que se te han fugado”. “¿Por qué no puedo pensar como lo haces tú?”. “Dime de lo que quieren los chinos en su contrato y dime por qué quiero romper el televisor”. “Habla de revolución sin prostitución”… Por Coni Cherep

Lo que antecede es una letra de “El libre”, un rapero cubano- no hace falta decir que opositor- Y que no es otro que el hijo de Silvio Rodríguez.

Cuba fue una utopía. Todos los que crecimos con posterioridad a la Revolución Cubana , y perseguimos un ideario “progresista”, nos ilusionamos con ella. La alimentamos desde la solidaridad verbal. La leímos, nos emocionamos con sus canciones, y la pusimos de ejemplo de cómo se podía vivir mejor cuando las cosas estaban exclusivamente en manos del estado. Creimos que era posible “La Patria Socialista”

Claro. Todo esto hasta que se cayó el Muro. Desde entonces y hasta ahora, lo único que vimos- estoy hablando de la friolera de 25 años- fue la decadencia sin piso de un sistema que carente de subsidio internacional, se convirtió en una prisión donde sólo sobreviven los discursos.

Fue ahí donde efectivamente empezó a sentirse el efecto del bloqueo norteamericano, y aquella utopía se echó al monte, como decía Serrat.

El hijo de Rodríguez, estamos hablando de un chico que disfrutó de los mejores manjares de la isla, es la expresión de una generación que creció sólo con los rastros propagandístico del régimen.

Supo que en su país hubo salud de calidad para todos, pero les tocó vivir el derrumbe edilicio y la decadencia de sus profesionales, la fuga de los médicos. Sabe que en su país todos acceden a la educación, si, pero ningún sistema educativo forma hombres libres, si sus programas y docentes sólo lo hacen bajo el control ideológico estricto del régimen, y con formaciones antiguas, contra reloj.

Supo que en Cuba todos comían, pero les tocó vivir exclusivamente la era de las raciones y los límites.

Conoció la explosión del turismo de “occidente” que les trajo el dólar y la desesperación por el consumo. Les trajo la profundización del aislamiento en la era de la internet. Les trajo las diferencias que la revolución no pudo ocultar.

Cuba es una dictadura. Ya nadie discute eso. Incluso los defensores de Cuba aceptan al régimen como autoritario y lo defienden a costa de comparaciones. “Ellos son pobres, pero nadie se muere de hambre como en el resto de Centroamérica”, dicen. Y no dejan de tener razón. A Cuba sólo cabe compararla con Nicaragua, con República Dominicana o con El Salvador. Cualquier otro cotejo es injusto y descontextualizado.

Pero no resuelven el tema de la libertad.

Si los cubanos eligieran libremente a sus gobernantes, el régimen caería, aunque mal no fuera por curiosidad.

Ningún gobierno se sostiene durante más de medio siglo sino a base de represión. Y ningún gobierno que no haya podido resolver las cuestiones básicas de su población en ese tiempo, tiene crédito para convencer a nadie de que podrá hacerlo.

Cuba es un régimen agotado. Una triste caricatura de la ilusión que sostuvimos en la adolescencia. Un “Modelo” basado en la liturgia de un líder que nadie sabe si vive aún. A quien con el tiempo conocimos, además de jefe de la revolución, socio del narcotráfico colombiano, y también, sospechado de haber entregado al propio “Che” y a Camilo Cienfuegos.

Un país corroído por la pobreza, por la angustia y por la corrupción de su clase dirigente, que todos apodamos con algo de piedad como “burocracia”.

Y en la Cuba socialista ha crecido una “Burguesia” llamada “dirigencia”, que vive,  que sigue viviendo en la fiesta de la revolución mientras la inmensa mayoría de los habitantes miran a Miami esperando una remesa de sus familiares que sobrevivieron a las balsas.

La decisión del gobierno cubano de acercar posiciones con los Estados Unidos probablemente signifique el comienzo de la rendición. Aunque se prefiera leer de manera absolutamente opuesta.

Cuando se levante el bloqueo, cuando liberen el correo, cuando ofrezcan libertad de navegación en internet, cuando empiecen a sentir que las bocanadas capitalistas empiezan a dignificar al individuo, es probable que esas generaciones que no conocieron otra cosa que la decadencia, empiecen a forzar el final.

No habrá balas, ni afiches del Che, ni misterios castristas que puedan evitarlo.

Más temprano que tarde, los cubanos elegirán su propio destino. Y contra eso, no habrá nada, que pueda evitarlo.

¿Es la libertad un valor menor que la dignidad? No puedo responderlo. A lo demás, lo responde la propia historia.