Le hubiese resultado mucho más sencillo decir “arréglense ustedes, yo me voy al Senado nacional”, que es lo que en general hace la mayoría de los dirigentes políticos argentinos: ubicarse en un lugar donde no se corran riesgos, ni se responda por el otro. Por Coni CherepLa decisión de Antonio Bonfatti de encabezar la lista de diputados provinciales parece no encajar en el esquema de la política actual. Desde la reacción absorta de Mario Barletta reclamándole que no haga eso porque “quien fue Papa no vuelve a ser curita”, hasta la mirada silenciosa de la oposición que trata de encontrar argumentos para darle pelea, todos quedaron shockeados.
Es que Bonfatti hizo o hará algo poco común: ponerle el cuerpo a una decisión colectiva que no nació de su propia iniciativa, pero que es la consecuencia de haber valorado el contexto, de haber escuchado a sus hombres de mayor confianza y, sobre todo, de leer que así como él fue la consecuencia, el emergente de una necesidad de grupo, las chances de Miguel Lifschitz de acceder a la gobernación dependen en un alto porcentaje de su compromiso.
Y no alcanzaban los spots bendiciendo a un rosarino aún desconocido, ni las gigantografías en las calles con ambos en la foto. No. El Socialismo sabe que corre serio peligro de perder el Gobierno en junio de 2015, en manos de Torres del Sel y su asesor estrella, Juan Carlos Mercier. Y para evitarlo debe contar con el compromiso de sus militantes. Y Bonfatti se calzó el traje de militante y no dudó en aceptar que debía cumplir una función central en esa tarea.
Lo venía anticipando. Venía advirtiéndoles a sus adversarios internos que si la situación se complicaba iba a jugar en el puesto que le pidieran. Y lo hará. Cabe preguntarse cuántos en su misma situación están dispuestos a asumir ese riesgo. A correrse de los laureles obtenidos e insistir desde lugares menos cómodos con la construcción colectiva por encima de los intereses personales.
En una dirigencia plagada de egos. En un estado de cosas donde sobran frases tales como “yo me quiero medir, quiero saber cuántos votos tengo”, o “yo no voy a ser segundo de nadie”, o “espérenme hasta el 30 que quiero medirme mejor”, o “ yo no sé si me conviene jugar ahí”, o -la más patética de todas- “quiero ser Diputado y no candidato a Vicegobernador para asegurarme algo”, la decisión de Bonfatti resulta claramente extraña, incomprensible y ajena a esa marejada de individualismos extremos.
Barletta salió tempranamente a acusar a la determinación de “candidatura testimonial”. Bonfatti sabe claramente que no será así. Será Diputado y, casi con seguridad si los números de las encuestas lo ratifican, será el Presidente de la Cámara de Diputados. De una mayoría que hoy el Frente no tiene y que Lifschitz necesitará para mejorar las condiciones de gobernabilidad.
Bonfatti les había advertido a todos y, cuando los demás seguían jugando al Anton Pirulero, planificando sus sueños de consagración personal, proyectando candidaturas para el 2019 o viendo de qué manera se podían colar en puestos que aseguren salida laboral después del 10 de diciembre, él cumplió con la palabra.