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sábado 31 de julio de 2021

Julio Chávez, loco por los astros

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Amante de la astrología, en “Signos” (unitario que irá por El Trece) compondrá a un asesino que mata según el zodíaco. Una charla imperdible en la que habla de sus miedos, su oficio, de San Lorenzo… y de la técnica del botón.

 

Los premios no están a la vista. No se imponen los cuadros que pinta. Ni las fotos de sus trabajos, ni asoma la típica galería de retratos que suelen exponer los actores en mesitas que sólo sostienen el ego. Lo primero que uno ve cuando entra a la casa de Julio Chávez es un banderín de San Lorenzo. Es lo primero que uno ve ahora, porque los colores del Ciclón colorean su casa, y su vida, desde hace poco. “Un amigo me regaló eso y una camiseta del club y me dijo ‘Sos de San Lorenzo’. Y me hice fan de grande”, suelta con gracia. Ante la cara de sorpresa ajena, agrega: “Es más, cada tanto pregunto ‘Che, ¿cómo vamos?’. Y parece que vamos muy bien”.

 

¿Sabés cómo forma?

¿En fila?

 

Diálogo desopilante, mientras prepara un café en la cocina, a metros de la Plaza Serrano, en una de las pocas tardes libres que le dejó la grabación de Signos. “Estoy ansioso”, define de cara al estreno del unitario producido por Pol-ka y Turner -empezará el 2 de septiembre, a las 23, por El Trece- que marcará su vuelta a la televisión después de Farsantes.

 

Casa amplia, desarrollada en un primer piso, luminosa, elegante, despojada de excesos, que refleja la teoría del gran arquitecto Le Corbusier acerca de que ‘Las viviendas hablan de quiénes las habitan’: en un rincón, bibliotecas pobladas de películas, ordenadas por director (en un estante se lee “Chabrol”, en otro “Godard”, en otro “Pasolini”, “Visconti”, “De Sica”, “Buñuel”, “Alex de la Iglesia”. A un costado del living, su escritorio, con los libros de Signos marcados con resaltador. Detrás de una suerte de repisa, sus premios, que marcan la diferencia entre mostrarse y dejarse ver. Hay un Oso del Festival de Berlín, una Estrella de mar, un Konex, un Martín Fierro, hay muchos.

 

Más allá de un aire y luz, se pispea su atelier, donde despliega su pasión por la pintura. Hay cuadros suyos en la casa, pero no en primer plano, ni siquiera están firmados en el frente. Sólo sus iniciales atrás.

 

Sirve el café, ofrece el mullido sillón y él se acomoda en una silla diminuta. Relajado, sin relojes a la vista, durante más de una hora se entrega a una charla en la que sus metáforas, ya un sello de autor, le ayudan a graficar sus ideas.

 

“A veces la formación es como un dinero que ponés a plazo fijo: no lo podés sacar cuando querés. Tenés que esperar. Y de golpe un día te dicen ‘Se ha liberado’. Y abrís la billetera y de pronto aparece una plata que antes no estaba. O al menos no estaba disponible. Hoy, por ejemplo, mientras grababa una escena difícil, advertí que algo en mí había cambiado. Antes, el susto ocupaba un lugar muy importante en mi barco, a tal punto que era como el pasajero principal. Y cuando se hacía notar no daba lugar a nada. Hoy tal vez sentí ese mismo miedo, pero en el momento de ‘cámara acción’ acudieron inmediatamente muchos soldados que antes no estaban fortalecidos y que ahora son capaces de ganar la batalla. Estoy en un hermoso momento del oficio”, califica, a 40 años de su debut.

 

Después de haber realizado 46 capítulos de Tratame bien, 49 de El puntero y 152 de Farsantes, siente que “Signos tiene todas las ventajas del tiempo, porque son 16 capítulos, y así y todo resulta ser un proyecto muy difícil, apasionadamente difícil, de mucha demanda. Hay que estar muy concentrado, muy atento. Es un policial con toques de suspenso, con la particularidad de la astrología como marco. Y, te decía, estoy en un momento muy plácido de atravesar. Con los años, el oficio te va dando algo y uno se va serenando. Está la misma ansia de elección, el mismo deseo, la misma ambición, pero con mayor calma en la ejecución de todo eso. El tema no es menos ambicioso, el tema es más serenamente ambicioso. Lo que antes te costaba tres nudos, ahora lo podés resolver con uno… Una sensación atractiva”.

 

¿Cuándo empezó el cambio?

Te diría que es una zona de cambio. Es la edad, el oficio, el lugar donde podés desarrollar lo tuyo. Y siento que hay trabajo, pero también hay una cuota de azar.

 

¿El azar tiene lugar en la actuación?

Sí, claro. A la gente que entreno muchas veces le digo: ‘No se quejen de que no hay trabajo, prepárense para que, cuando el destino les toque la puerta para trabajar, puedan hacerlo bien’. Porque nos quejamos tanto de que no hay trabajo, que hacemos de la queja del no trabajo un oficio, tanto o más importante que el oficio en sí mismo. Entonces cuando la oportunidad aparece, casi que no me acuerdo de cómo se hace.

 

Habla claro, Julio Chávez.

 

Maestro, director y actor, evoca su debut, con No toquen a la nena, en una Argentina difícil: “Recuerdo que el día que se estrenó, en julio del 76, estaba en el país el 10 por ciento del elenco… el resto había tenido que irse. No estaban ni Norma Aleandro, ni Lautaro Murúa, ni Luis Politti, ni Oscar Viale, casi nadie. La película se filmó en diciembre del ’75, plena catástrofe nacional, pre golpe.

 

Desde el comienzo hasta aquí, más allá de la serenidad que notás…

Sé por dónde venís. Hay algo que tiene que ver con uno, hay siempre una sensación de que algo se te va a poner como enemigo en el camino, pero no hablo de enemigos reales… Como el que vivió hambre: aunque tenga la heladera llena siempre tendrá la sensación de hambre. Bueno, en esos casos, habría que decirse “podrías un aflojar poquitito, ¿no?”.

 

¿Eso significa que enfrentaste obstáculos o enemistades?

Sí, lo que sucede es que para que la expresión de uno pueda ocupar un lugar, contra algo tenés que ir a veces. Tenés que imponer, discutir, o no caer bien, o alejarte, o encerrarte. No es tan fácil la democratización de las miradas. No haría de esto una ley. Pero hay seres que tienen una bonhomía en la expresión y una facilidad y una ternura que yo no tengo.

 

¿No?

En principio no he tenido eso. He tenido que pelear mucho conmigo para formarme.

 

¿Vos te sentís tan prestigioso como te ve la mayoría?

No. Yo recibo eso, sí, y lo recibo con pudor, agradecimiento, respeto. No me pongo cínico frente a ese reconocimiento. Pero quien ha leído Ricardo II, que es un hombre que ha tenido la corona y pierde la corona en la obra y reflexiona acerca de cuál es el verdadero valor de esa corona… Bueno, retomo, quien ha leído eso ya está un poco avivado y avisado. He visto cómo no paramos de hablar en las ceremonias mientras pasan caras que han muerto ese año y que han tenido un valor enorme. En mí mismo advierto que ni siquiera hago el silencio que debería hacer. Yo me cuido y siempre me recuerdo que esas cuestiones pasan: no trabajo para sostener el supuesto prestigio. Trabajo para ver si puedo mantener mi oficio, que es otra cosa.

 

¿La disciplina es la principal característica de tu estilo de trabajo?

Seguramente. Hay gente que me pregunta ‘¿Todos los días pasás la obra con un botón en la boca?’. Sí, antes de cada función.

 

¿Y para qué sirve?

Te obliga a articular y mover bien los labios. Entonces, la boca hizo un trabajo de elasticidad tan intenso durante dos horas, que al sacar el botón se siente liberada. Yo soy respetuoso de las leyes particulares que me impongo. Creo en la disciplina absolutamente. Con eso no se negocia. Eso está sin una arruga en mi alma. Creo en la autonomía, en la voluntad y en el trabajo.

 

¿Vos has fracasado?

Muchísimas veces. Y lo he entendido como forma de aprendizaje. Por ejemplo, cuando hice Madera de reyes, en el San Martín, dirigido por mi maestro, Augusto Fernandes, estaba mal, no estaba pudiendo resolver los problemas de esa obra. Me sobraba director. Y descubrí que a veces no se puede aprender y estar bien al mismo tiempo. El cuarto acto de La gaviota lo hacía como el culo, también. Yo comprendía lo que Fernandes hablaba, pero yo no estaba a la altura. Después vino una época en la que pude empezar a resolver.

 

¿Temés que se repita lo que pasó en “Farsantes” (Facundo Arana se quejó de la convivencia actoral)?

Eso quedó atrás, en el lugar en el que estuvo siempre para mí. Nunca permití que se pusiera delante del trabajo. No tengo miedo de que eso vuelva a suceder. Por lo que estoy viendo, son muy atractivas las peleas mediáticas. Y, por otra parte, ¿quién soy yo para no recibir un gargajo? ¿Qué soy, el príncipe de Gales? Me tiran uno, me limpio y sigo. Y, llegado el caso, también tengo mi saliva. Pero prefiero poner la energía en generar ficción, no peleas.

 

Teniendo en cuenta que es el disparador de la historia, ¿se puede apelar a la astrología para que le vaya bien?

No, no creo en eso. Lo que a mí me apasiona de la astrología es justamente que no se aviene a ser atrapada de esa manera. Yo la estudié cuatro años, pero no me interesó trabajar con consultas y cartas natales. Yo veo, en mi mapa, cómo están yendo los planetas, que están tocando… No para que me determinen lo que va a pasar, sino para comprender lo que está pasando.

 

¿Sos de los que van a los cumpleaños y preguntan ‘de qué signo sos’?

Me gusta jugar a eso porque de golpe presiento cosas por un texto que alguien tira y digo ‘éste es capricorniano’ y le pregunto para sacarme la duda.

 

¿Y vos de qué signo sos?

Soy canceriano.

 

¿Eso es bueno?

Eso es espantosamente bueno.

 

La relación con su coach: “Quiero que me apiole de mis vicios en el oficio”

 

Hace 20 años que Julio Chávez trabaja junto a su coach, la actriz Lili Popovich (la esposa del personaje de Guillermo Francella en El clan). Y uno le cuenta que, cuando el mes pasado Clarín publicó que él tenía una entrenadora actoral, varios lectores se habían sorprendido.

 

“Mirá, yo tenía 30 y pico de años, me llamaron de Canal 9 y pensé: ‘Necesito preparar a alguien para que, desde afuera, me recuerde aquellas cosas de las que yo me tengo que acordar en la mitad de la grabación’. Me sentía solo e inseguro. Quería a alguien a quien poder decirle ‘Tengo este problema y este problema como actor, este objetivo y este otro. Acompañame a grabar y fijate’. Mi mensaje era muy concreto: ‘Si ves que estoy tenso, levantá un dedo. Si ves que estoy relajado, pero mal ocupado, levantá dos dedos, y si ves que voy bien mostrame los tres dedos’. Simple”.

 

¿Esto es literal?

Absolutamente. Lili comprendió a la perfección. Nunca se ha metido en lo que es la mirada de una escena, siempre se ocupó del funcionamiento. Lo que construí, y que hoy ya es una catedral, es un aliado: quiero que me apiole de mis vicios en el oficio.

 

A 20 años de aquello, ¿seguís necesitando un coach?

No importa si lo necesito o no. Pero hay que serle fiel a aquella gente que a uno lo ha sostenido. Es como el “por favor” en un vínculo: si lo sacás, el vínculo va a seguir, pero el afecto se construyó también con esa frase respetuosa. Entonces, ¿por qué sacarla?

 

Su personaje: Antonio Cruz, 56 años

 

De entrada, de él se sabrá que es el médico más querido y respetado de San Martín de los Penitentes, un pueblo tranquilo en el que vive con su hermana, Laura (Claudia Fontán), y sus sobrinos. Es culto, sereno, callado. Tiene una profunda fe religiosa. Nadie -excepto el espectador- sospechará de él cuando el pueblo se agite ante la presencia de un asesino serial que ejecuta en función de los signos del zodíaco. Antonio siente que le sobran los motivos. Y mata sin piedad.

 

Vuelve con uno de sus clásicos

 

A nueve años de su debut en el Multiteatro, Yo soy mi propia mujer irá por una nueva temporada, esta vez en La Plaza. El unipersonal de Julio Chávez -su mejor trabajo actoral-, dirigido por Agustín Alezzo, se convirtió en una pieza imperdible de la cartelera porteña: su entrega en escena, en la piel de una seguidilla de personajes que lo obligan a disociarse con y sin máscara, es enorme. Son 80 minutos de intensidad, tanto para quien está arriba como quien está abajo del escenario. En la obra de Doug Wright, Chávez representa a Charlotte von Mahlsdorf, una extravagante y valiente travesti que ofrece resistencia en una Alemania atravesada por el nazismo y el comunismo. Están avisados.

 

 

 

 

Fuente: Clarín

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