Todo divorcio conduce a su respectivo duelo. Todo final de un vínculo amoroso de casi toda una vida abre a una puerta a lo desconocido a lo incierto. Plantarse ante la vida sin la otra mitad a disposición genera ese miedo, esa incertidumbre, esa presión ante la inminente soledad. Y el misterio resulta aún mayor cuando la protagonista supo crear toda una carrera, una vida profesional y personal en base a esa relación.

Luciana Aymar todavía atraviesa el “día después” de su adiós al hockey, aun cuando ya pasaron casi dos años de su último partido oficial con la selección argentina y mientras se prepara para encaminarse hacia la segunda mitad de su vida: siempre cerca de la bocha y el stick, pero ya lejos del césped, de la cancha.

En el medio tuvieron que pasar cuatro medallas olímpicas, dos títulos en Copas del Mundo, seis títulos del Champions Trophy, y ocho galardones como la mejor jugadora del planeta. Sin entrar en ningún tipo de osadía, es posible afirmar que, en el transcurso de su idilio, logró erigirse como la mejor jugadora de la historia de su deporte. Pero para lograr tal condición y hoy todavía poder disfrutar de esa “resaca” de gloria, la nacida en Rosario debió atravesar un camino lleno de sacrificios, entrenamientos interminables, vómitos en las prácticas y enormes dificultades para poder sobrellevar una vida social “normal” junto a una pareja o seres queridos cercanos.

“Una vez que me retiré, tuve que dedicarle mucho tiempo a la terapia, porque realmente lo padecí”, dijo la deportista en una entrevista íntima y exclusiva con Infobae. “Para mí, el deporte fue todo en mi vida, me trajo cosas muy buenas, como todos los triunfos, muchas amistades, pero también me dejó muchos vacíos lógicos en lo personal”, agregó.

Ya se transitaron casi dos años de aquel Champions Trophy de 2014, cuando la eterna jugadora número 8 de Las Leonas derrotó a Australia en la final y decidió decirle adiós al juego que más amó en su vida, a su elemento simbiótico, a su verdadero amor. Después de una pequeña incursión en el modelaje y de varios pasajes como comentarista de televisión, Aymar se prepara en la actualidad para desembarcar en Estados Unidos. Allí, la unión con el hockey permanecerá pero con la formación de valores jóvenes como idioma.

“Lucha” viajará a Miami para convertirse en uno de los emblemas del proyecto de USA Field Hockey, la Federación de Hockey de EEUU, para formar y convocar a niños a un deporte que aún no encontró un público tan variado. La argentina comandará diversas clínicas: Miami representa el primer paso y luego aparecerán nuevas regiones norteamericanas como California, Carolina del Norte, Virginia y Nueva York. La idea principal es poder forjar en EEUU una fiebre similar a la que se produjo en los inicios del Siglo XXI con Las Leonas en Argentina, después de la medalla de plata en los Juegos de Sidney 2000.

“Es un proyecto súper interesante. La idea es que los chicos convivan, que se hagan amigos, que se respeten, ser solidarios, esos valores tratamos de inculcar. Es el primero que hacemos fuera del país y me tiene muy entusiasmada”, celebró.

– Mirando un poco hacia atrás, ¿Cómo fue esa transición entre la ilusión de niña y la consagración como la mejor de todas?

Arranqué de muy chiquita. En ese momento no hubiese imaginado todo lo que me iba a suceder. Si siempre fui muy soñadora. Arranqué a los 8 años, siguiendo a mi hermana más grande, Cintia, que jugaba. Yo hacía otros deportes, pero en el hockey tenía mi grupo de amigas y disfrutaba mucho del juego en sí. Apenas agarré el palo y la bocha dije: “Esto es lo mío, esto es para mí!” . Miraba mucho fútbol, mucho tenis y ahí pensaba que quería que el hockey estuviera en otro lugar, que sea popular, quería ganar mundiales, quería ser la mejor pero nunca imagine que se podían dar tantas cosas…hoy soy una agradecida de todo lo que viví.

– ¿Cómo es ser la mejor jugadora de hockey del mundo?

Es muy loco. Una se entrena, es perseverante. Yo, la verdad, cada día buscaba ser la mejor. De hecho, siempre fui muy exigente conmigo misma, tuve muchas frustraciones pero me levantaba porque la pasión me movía.

– ¿Qué tipo de frustraciones?

El hockey es un deporte muy sufrido. Teníamos quizás muchos triunfos en nuestros haberes, ya se había ganado un subcampeonato mundial reciente (en 1994) y todavía no era un deporte mediático o conocido… popular. Yo viajaba y me preguntaban qué deporte hacía, pensaban que era golf. No teníamos el lugar que merecíamos tener. Todas Las Leonas peleamos para poder cambiar eso.

– ¿Y cómo se maneja la presión de ser elegida ocho veces la mejor del mundo?

La primera vez porque fue la más especial porque tenía apenas 21 años. Yo miraba el premio y decía “No puede ser”, no me sentía la mejor. Creo que a partir de ahí, hice un trabajo muy importante junto a una psicóloga. Porque vos podes ser la mejor pero después hay que saber llevarlo en una cancha… Eso conlleva sus responsabilidades y obligaciones. Sos el ejemplo. Yo, de todos modos, tenía algo innato de un liderazgo, lo marcaba mucho en el juego y quizás no tanto en la comunicación.

– ¿Cuál fue el camino que tuviste que transitar hasta tomar la decisión definitiva del retiro?

Desde el 2010, me preguntaban todo el tiempo en qué momento me iba a retirar. Siempre decía “el año que viene”. Después entendí que el deportista muchas veces no sabe cuándo va a llegar ese día, no puede poner una fecha porque de acá a un año uno puede variar para cualquier lado, para mejor o peor. En el mundial 2010 dije “me voy a retirar y termine jugando hasta el 2014. Ya en ese año, después de una lesión que tuve sentí que fue una señal. Llegó un momento que le quería dar prioridad a mi vida personal. Para ser la mejor tuve que dejar de lado muchas cosas. Así que en el 2014 vi esa señal. Terminé de jugar el Mundial, me fui de vacaciones, lo hablé con mis amigas, la familia y les dije que en 3 meses me quería retirar, en la Champions Trophy. Hubo mucha angustia de parte de todos. La gente me decía que jugara un torneo más, pero tenía la decisión tomada. Jugué mi último torneo muy bien pero sufriendo mucho.

De a poco, Luciana Aymar empezó a andar el camino de su nueva vida. Después de haber relegado prácticamente su vida personal entera por alcanzar la perfección en un deporte, llegó el momento de hacer la introspección y empezar a amarse a sí misma desde otro lugar. Ya quedaron lejos esos viajes a dedo desde Rosario hasta Buenos Aires para entrenar, esos vómitos en plena cancha después de permanecer horas después del final de una práctica. Hoy llegó el momento de ejercer como referente, de poder pasar el testigo a las nuevas generaciones, de poder enseñar su perfección. El hockey argentino cambió su identidad después de Luciana Aymar y el deporte, en diferentes partes del mundo, todavía tiene mucho por agradecerle.