Editorial. “Vamos a tener que sufrir todos un poquito”, dijo el experiodista que hace las veces de ministro y enviado especial del FMI.


¿Cómo amanecimos hoy de la prostatitis que no lo deja fruncir el tujes? ¿Eh? Se anuncia el médico de guardia que hace la recorrida a las 3 AM por el sanatorio en el que hace tres meses estamos sin tener la más canina idea de por qué un resfriado terminó con una internación “por las dudas” que nos tiene detenidos junto con la viejita ciega que escucha todas las novelas turcas, brasileñas y eslovacas que dan en la tele y llama a la enfermera cada vez que se la amenaza de muerte si no deja un ratito de TyC Sport.

“Ahora vamos a ponernos boca abajo y vamos a sentir un leve ardor desde el recto a la garganta”, advierte la enfermera que, evidentemente, disfruta de manera perversa el sometimiento de sus rehenes.

Sí, esa es la pluralización del dolor que jamás sentirán que formulan los verdugos, generalmente, con la tramposa intención -aparente- de hacernos más llevadera la tortura.

Es muy de matasanos esa maldita costumbre. Al menos hasta ahora creíamos que era una exclusividad de quienes reclaman al físico ajeno la tolerancia a todo tipo de vejaciones que los tienen como victimarios, aunque no escatiman creatividad para colocarse en la solidaria tarea de compartir el padecimiento. Algo parecido puede pasar con los kinesiólogos que pueden pedirnos que “ahora vamos a partir la espaldita en tres que estoy viendo como un hueso esta salido de lugar”.

Todo venía soportable hasta ahora que han tomado ese vicio siniestro los políticos y funcionarios que aseguran que “vamos a tener que acostumbrarnos a privarnos de algunas cositas”. Pero lo de Dujovne ha sido el récord absoluto en crueldad que se le ha visto a verdugo alguno. “Vamos a tener que sufrir todos un poquito”, dijo el ex periodista que hace las veces de ministro y enviado especial del FMI, además de hombre sano que no le escatima a las galletas de arroz ni a facturarle hasta el aire que respira al Estado que lo tiene como empleado.

El señor de referencia, que maneja el dinero de todos nosotros y los otros, es el mismo que no confía en la economía nacional y tiene todos sus ahorritos en un chanchito de yeso, pero blindado, en los paraísos fiscales. En esto nunca usó el plural: “vamos a tener que llevarnos toda la plata todos afuerita”. En realidad, debe ser duro para quien tiene que procurar que a los argentinos les vaya bien, tener que hacer el esfuerzo de tomar las medidas para hacerles mal. Su terapeuta, cada vez que el amigo Dujovne anuncia una medida económica, sabe que tendrá que atender a su paciente con un enorme grado de angustia y culpa que le va a durar como dos minutos de la consulta. Una vez rieron juntos, y con gran fuerza, cuando el psicoanalistas -entre distraído y divertido- le sugirió que traiga su plata al país y la invierta en alguna empresa industrial que dé trabajo. Se miraron un corto tiempo y estallaron en risotadas que no pudieron contener hasta que, dando por finalizada la cesión, el psicoanalista trajo el mejor y más añejo de sus whiskies, dos vasos, hielo y continuaron riendo con ganas imaginando como sería eso de “predicar con el ejemplo”. Lo repetían y reían. Qué gran momento que vivieron los dos riendo juntos y abrazados en el diván.

Pacientes

Y así somos los argentinos como pacientes… ¡muy pacientes! Pasan los galenos y cuando se van, luego de haberse dedicado a intentar curarnos, nos duele más “ahí” y hasta empieza a dolernos en nuevos sitios que estaban sanos hasta la llegada del profesional de la enfermedad.

Quizás estaría bueno que los médicos y los enfermos compartan dolencias como para encontrar alguna cura o paliativo al dolor. Dice la tele que esa es mala idea porque alguien debe estar bien como para darle salud al país.

Por eso, también en la radio se escucha, es conveniente que los que manejan la educación pública manden sus críos a la privada y mejor, aún, si provienen de ella. Los ministros de salud y todos los que deben garantizar el funcionamiento de los hospitales es mejor que se atiendan en las mejores clínicas y sanatorios -si es del exterior mejor- no sea que se involucren con el tema, lo cual no sería, para nada, profesional. Quienes manejan la seguridad ciudadana es mejor que vivan en barrios privados o bases militares, no sea que queden expuestos a quienes tratan de combatir. Con la mafia no se juega… y si se juega, mejor hacerlo de local.

Finalmente Cristina tenía razón con eso de “la patria es el Otro” y si es “otro” que se arregle. Hay que respetar la intimidad. En eso coinciden todos, peronistas, radicales, socialistas y prosistas, es mejor administrar la desgracia del resto que terminar haciéndose “amigo de lo ajeno”. En verdad la carencia, la inseguridad, la mala educación, no llegar a fin de mes, no tener para medicamentos y ser viejos sin “derecho al pataleo” es propiedad de la gente y la propiedad es privada. Mal sería hurtar los problemas de esa cosa amorfa y débil que se dice llamar pueblo.

Por eso hay que creer en el país. Si eso que tiene bandera, himno y una selección de fútbol que tiene una camiseta que nos enamora, porque eso si nos une y construye un plural tan efímero y absurdo como el “nosotros” del médico y el político. “Vamos a ganar el mundial”, dicen muchos. “Somos una banda, nos jugamos a nada”, se enfurecen otros. No vale aplicar el “ganamos” y el “perdieron” según viene la comba del resultado. Por eso no deberíamos enojarnos con el niño Dujovne.

A “todos nos va a doler un poco” si “nos” volvemos de Rusia sin la copa. No entramos a la cancha ni pateamos ni una piedra. Lo mismo pasa con el país. No la jugamos ni bien ni mal, pero nos sentimos parte y hasta culpables de la crisis por haber “derrochado” tanto en todos estos años y patinarnos nuestros pesitos de ahorro en boludeces y no llevarnos la plata afuera… Como Dujovne, que es el que sale a la cancha por “nosotros”.