El voto en contra aboca al Reino Unido a decidir el 12 de abril entre una salida abrupta o una prórroga larga.


Theresa May ha sufrido su tercera derrota en el Parlamento británico. Un total de 344 diputados, frente a 286, han rechazado este viernes el Acuerdo de Retirada que la primera ministra acordó con la UE. El Gobierno había desgajado el texto para que Westminster ratificara solo “el acuerdo de divorcio” con Bruselas. El Ejecutivo confiaba en convencer de este modo al Parlamento de que aún tendría la oportunidad de controlar el proceso. Lo único que pedía, ha insistido la propia May antes de la votación, es que los diputados apretaran el botón de arranque para conseguir la seguridad jurídica y la certidumbre futura que un acuerdo ratificado supondría. Bruselas había exigido que se aprobara el pacto para que la prórroga de la salida se extendiera al 22 de mayo.

“Creo que debería ser un motivo de profundo pesar para todos los miembros de esta Cámara que, una vez más, no hayamos podido apoyar el abandono de la Unión Europea de forma ordenada”, ha afirmado May tras la tercera derrota, por 58 votos, de su plan. “Las implicaciones de la decisión de la Cámara son graves. La consecuencia legal ahora es que el Reino Unido tiene que abandonar la Unión Europea el 12 de abril. En solo 14 días. Eso no es suficiente para acordar, legislar y ratificar un acuerdo, y sin embargo, la Cámara de Representantes ha dejado claro que no permitirá una salida sin acuerdo. Tendremos que acordar un camino alternativo hacia adelante”, ha añadido la primera ministra.

El líder laborista, Jeremy Corbyn, ha replicado que si la primera ministra “no puede aceptar que necesitamos un nuevo acuerdo, debe irse”, y ha sugerido celebrar elecciones generales.

Al rechazar de nuevo el texto, el Brexit se producirá de un modo desordenado y salvaje el próximo 12 de abril, a no ser que May negocie una prórroga más larga (de hasta un año) que situará al Reino Unido en un limbo jurídico.

Este viernes, 29 de marzo, era el gran día histórico en el que el Reino Unido se liberaría de las cadenas y saldría de la UE. Pero la crisis en la que lleva hundido el país desde el referéndum de 2016 ha convertido la jornada parlamentaria en otro “día de la marmota” —en afortunada expresión del líder laborista, Jeremy Corbyn— en la que Theresa May se lo jugaba todo a una sola carta.

Ha sido el último y desesperado intento de May por evitar un Brexit salvaje y desordenado o, en el mejor de los casos, una prórroga larga e incierta que debería ser negociada y aceptada por los 27 Estados miembros de la Unión Europea.

Downing Street consiguió este jueves convencer al speaker (presidente) de la Cámara, John Bercow, para que levantara su prohibición de volver a votar por tercera vez un texto ya rechazado por los diputados. Para ello, el equipo de May ideó la argucia parlamentaria de partir en dos el acuerdo alcanzado con Bruselas. Westminster ha votado este viernes solamente la primera parte, el Acuerdo de Retirada. Es lo que los medios británicos llaman informalmente el “acuerdo de divorcio”, el tratado de salida de la UE, contemplado en el artículo 50 del Tratado de Lisboa, que activa el abandono de un miembro de las instituciones comunitarias. Los 27 impusieron la condición de que fuera aprobado antes de que concluyera esta semana para conceder una prórroga del Brexit hasta el 22 de mayo. Al ser rechazado nuevamente, la fecha de salida se adelantará al 12 de abril. A no ser —siempre hay una excepción a la norma en este endiablado proceso— que la primera ministra acabe negociando con Bruselas una prórroga más larga, de hasta un año, que necesariamente obligaría al Reino Unido a participar en las elecciones al Parlamento Europeo de mayo.

“Cualquier salida negociada de la UE requiere que sea aprobado antes este Acuerdo de Retirada”, había explicado este viernes el abogado general del Estado, Geoffrey Cox, a la Cámara al presentar en nombre del Gobierno la moción que se iba a debatir.

Cox ha pedido perdón a los diputados por forzar una sesión extraordinaria en el día en que el Reino Unido debería haber abandonado oficialmente la UE. Echando mano de su brillante oratoria legal les ha intentado convencer de que, solo aprobando el texto presentado, Westminster garantizaría la seguridad jurídica y la certidumbre necesaria para que el Brexit no acabe siendo un caos o un espejismo. Y por eso mismo ha acusado a los laboristas de “cinismo” por votar en contra de un texto cuya activación ellos mismos habían respaldado anteriormente. Hacía referencia Cox al apoyo que el Partido Laborista dio a May, cuando en respuesta al resultado del referéndum de 2016, invocó el artículo 50 del Tratado de Lisboa para activar el proceso de salida de la UE.