El hermano menor del Mago dio el golpe en Río de Janeiro y, a los 27 años, se acerca a cumplir el sueño que lo desvela.


Se suele decir que las comparaciones son odiosas. Imaginen si alguien ama el tenis y su hermano resulta ser ni más ni menos que Guillermo Coria, uno de los tenistas más técnicos, elegantes y ganadores de la historia de nuestro país.

Algo de eso le pasó a Federico Coria, 11 años menor que el Mago, quien debió cargar ese peso sobre su espalda y, a los 27 años, está pasando el momento con el que soñó desde que agarró por primera vez una raqueta. Ganó su tercer partido en el circuito profesional y pisa el top 100, ese límite que suele separar a los que pueden, y los que no, vivir del tenis.

“La gente esperaba que yo jugara más o menos como mi hermano. Y fue muy difícil. Son un poco malos a veces, entonces había comentarios de chicos que decían que yo era muy malo. A mí me afectaba en mi personalidad, miraba todo el tiempo para abajo”, comentó en un entrevista reciente con el sitió de la ATP.

“Adonde iba a jugar, mi hermano había ganado ese torneo siendo dos años más chico. Hasta pensé en cambiarme al apellido, no quería ser más hermano de Guillermo”, agregó. Con ese escenario y sin poder despegar, de adolescente llegó a estar tan frustrado que pasó casi un año sin jugar. Pero ahí fue decisivo el apoyo psicológico, la contención familiar y el apoyo del Mago, quien lo apuntaló para seguir adelante.

Sin embargo su carrera fue siempre cuesta arriba y le costó mucho salir del circuito de torneos Futures, el primer escalón del tenis profesional. Por ganarlos, incluso, muchas veces no se llegan a cubrir los gastos que demandan los viajes para llegar a jugarlos.

Y a su camino hasta este presente le faltaba otro escollo, uno del que no todos vuelven. En 2015 fue contactado por la mafia de las apuestas para manipular el resultado en un torneo, él rechazó de cuajo el ofrecimiento, pero no lo denunció y la Unidad de Integridad del Tenis (UIT) lo sancionó por seis meses, que luego se redujeron a menos de la mitad.

La vuelta lo encontró más fuerte, y desde cerca del puesto 300 del mundo -era 266 en mayo pasado-, siguió peleando y tuvo recompensa. Ganó el Challenger de Savannah, en Estados Unidos, al derrotar por 6-3, 4-6 y 6-2 al italiano Lorenzi en el juego decisivo, y saltó varios escalones. El sueño del top 100, que él mismo marcaba ante cada micrófono que le ponían delante, estaba más vivo que nunca.

Ese impulso le permitió tener una buena segunda parte de temporada, fue finalista en Lima y Santo Domingo, y encaró el 2020 confiando en que sea definitivamente su año. No pudo pasar de primera ronda en el ATP 250 de Córdoba, se despidió rápido en la qualy de Buenos Aires, pero tuvo revancha en Río de Janeiro, que tiene el plus de ser categoría 500. Llegó con un solo triunfo en el circuito mayor de la ATP, sorteó dos rondas de clasificación para llegar al cuadro principal y ahí metió, en fila, las dos mejores victorias de su carrera.

“Por favor, que nadie me despierte. Es un sueño en mi vida llegar a meterme al Top 100 y entrar directo a Roland Garros. No sé si ahora, pero más adelante voy a estar cerca y si las cumplo será más de lo que imaginé”, dijo anoche, casi entre lágrimas, después de pasar al prometedor español Carlos Alcaraz por 6-4, 4-6 y 6-4. Haciendo números, Federico, que llegó al torneo en el puesto 116, avanzará de mínima 13 posiciones, ahí nomás.

Este viernes será el turno de ir por el paso a semifinales contra el chileno Cristian Garín (25). Será un partido complicadísimo para el santafesino, pero él sabe de lucha, persigue un objetivo claro y es, ni más ni menos, que un Coria con una raqueta en la mano.