La Estación Sorrento fue inaugurada en 1888 y está en una plaza de barrio Sarmiento, en el noroeste de Rosario. Los proyectos para restaurarla quedaron tan en el olvido como ella.

Esta es la historia de dos difuntos unidos por tejas francesas. En enero de 2010, un temporal azotó la costa mediterránea de la ciudad española de Dénia y arrancó del lecho del mar los restos del un barco hundido en 1899. Entre esos despojos que llegaron a la playa había fragmentos de arcilla colorada con la inscripción de la fábrica gala “Sacoman”. Curiosamente hoy, en el piso de la abandonada Estación Sorrento, en Darragueira y República de Siria, barrio Sarmiento al noroeste de la ciudad, se esparcen piezas también de arcilla colorada con esa misma palabra: “Pierre Sacoman. St.Henry Marseille”.

¿La diferencia entre aquellos restos y estos? Además de la distancia geográfica, el sentido de conservación y los fondos para preservarlos.

Mientras los fragmentos de ese barco comercial se analizaron y protegieron en el Museo Arqueológico de Dénia, los de la estación de Rosario_ rotos, sucios y olvidados_, se mezclan actualmente y desde hace décadas con pedazos de tirantes, yuyos, excrementos, restos de un colchón y una frazada y basura, casi a la espera de la extremaunción.

La Estación Sorrento fue inaugurada en 1888 de la mano del Ferrocarril de Santa Fe de capitales franceses (luego Ferrocarril Provincial de Santa Fe y tras la nacionalización de 1947, Ferrocarril General Belgrano).

La traza conectaba a Rosario y Santa Fe con una red de trocha angosta. El ramal tenía su estación en lo que hoy es la Terminal de Omnibus Mariano Moreno, de arquitectura francesa, y desde allí extendía la red ferroviaria hacia el norte pasando por Empalme Graneros y la estación Sorrento.

Por esa época quienes llegaban del campo y no querían alejarse del centro ferroviario de Cafferata y Santa Fe, más el personal de la compañía Five Lille, se alojaban en hoteles de la zona que impulsó la creación de un centro comercial importante donde se destacaba la tienda Buena Vista, de construcción emblemática. Se llegó a hablar de la “Belle epoque santafesina”.

Sorrento prestó servicio de carga hasta 1930 y es patrimonio histórico de la ciudad desde 1995 (decreto 10.435). Pero hace tiempo está en ruinas.

“Sorrento”, el nombre de la estación está grabado en el frontis del edificio desde 1988.

Años atrás el concejal Alberto Cortés del Socialismo Auténtico se había hecho eco de las quejas de los vecinos del barrio, luego y hasta hoy tomó la posta su par del peronismo Eduardo Toniolli.

También desde Preservación del Patrimonio del municipio y los Amigos del Riel proyectaron ideas para revivir la casona: desde una sede vecinal a un centro cultural, un centro sanitario, un espacio para los pueblos originarios o un centro histórico con biblioteca. Nada de eso pasó.

Los vecinos además de repetir sus quejas de siempre, denuncian. Dicen que el techo de la Estación Sorrento, que todavía luce algunas joyas rojas de la arquitectura de 28 x 46 centímetros y 3.76 kilos de peso, está “a punto de derrumbarse por completo” y aseguran que “corren serio peligro” quienes moran entre los desechos.

“Ahí vivió una familia mucho tiempo, ahora se usa como aguantadero o se refugia gente que vive en la calle”, apunta Mauro Sánchez, quien vive a media cuadra del lugar.

El corazón de la plaza

La casona está en el corazón de una plaza y frente al club de fútbol barrial Sarmiento. Está rodeada de una gigantesca y añeja arboleda y juegos para chicos. En el espacio verde hay un solo cesto que no puede contener toda la basura que se tira en el lugar. También hay mesas y bancos de hormigón.

Bajo una araucaria se ve un pedestal solo con la marca de una la placa de bronce que supo tener alguna vez, más un mural dedicado a un joven muerto en Malvinas y vecino del barrio: “Cabo Oscar Manuel Alvarez”. Con su nombre se bautizó la plaza.

Lo que queda en pie de la Estación Sorrento son una entrada y cuatro habitaciones de muros gruesos, descascarados y grafiteados. Hacia lo alto, el cielo abierto, aunque aún se ven pedazos de techo con sus tirantes y tejas francesas, pero la mayoría están hechas añicos en el piso, entre pinotea podrida y baldosas rojas.

Las tejas marsellanas se fabricaron a molde desde el siglo XVIII hasta principios del XX en varias fábricas Sacoman. Eran planas y tenían carteles y sellos impresos de la factoría de origen y llegaron a toda América por barco.

La construcción de la estación de ferrocarril tiene aún en pie los marcos de roble pero sin puerta ni ventana alguna: todas tapiadas hace tiempo, aunque la entrada al sur, fue violentada.

Tras atravesar cada habitación repleta de escombros y basura, en el fondo norte de la casona, hay un rincón con unos pocos azulejos de colores: rojos, bordó y amarilla. Y en el lateral este, aunque oxidado, aún se lucen un alero de hierro y chapa más una frase en aerosol rojo que contrarresta al deterioro: “Construyo mis sueños para no despertar” .

Una de las tantas ventanas tapiadas y unos pocos azulejos de colores en un rincón.
Una de las tantas ventanas tapiadas y unos pocos azulejos de colores en un rincón.

La Estación Sorrento es una estructura que nació en Rosario diez años antes que encallara el bergantín goleta “Rosa-Madre” en España. Navegaban en el barco comercial diez tripulantes con mejor suerte que la importante carga de tejas francesas que pervivió bajo el mar.

Tanto las cubiertas del techo de esta estación rosarina como la carga de aquel barco se habían fabricado en el mismo lugar de Marsella, la “capital de la teja para exportar”. Las piezas entraron a la Argentina por barco a partir de 1870 y se supone que la Estación Sorrento fue de las primeras construcciones que las lució. Hoy se venden algunos lotes de estas tejas, a los más diversos precios, en los sitios de compra venta por Internet.

Historias, mitos y proyectos

La casona abandonada en barrio Sarmiento cosecha historia y también mitos urbanos. “Acá raptan a niños”, le dijo a La Capital un chiquito de nombre Isaías, que jugaba con su tío a la pelota junto a la estación.

“¿Sí, cómo sabés eso?”, le preguntó este diario. Y él, con la seguridad de quien tiene la prueba en la manga, contestó: “Porque una vez entré con mi hermano y estaba todo oscuro y vimos juguetes y ropa de niños y salimos corriendo”.

Pero hay otras versiones. La de Pablo Muñoz, un vecino de 31 años, que vivió frente a la plaza y a la estación durante toda su infancia y hoy reside a tres cuadras.

“Tenía 7 años y ya era un lugar usurpado por gente que se metía a comer o dormir. Habría que convertir el lugar en un centro cultural, para los chicos. Es una pena que esté así, todos tiran basura y los perros la desparraman, hay escombros y ramas en este lugar, nosotros los propios vecinos limpiamos cuando podemos para que no sea un basurero”, aseguró.

El encargado de la biblioteca de los Amigos del Riel, Carlos Fernández, también dijo que habría que hacer algo con este lugar de valor histórico. “Hay que imitar lo que se hizo con las estaciones de Funes, Roldán, Oliveros y Cañada de Gómez, tal vez un centro con actividades culturales y comunitarias para el barrio, un museo o un refugio que en esta pandemia es tan necesario para la gente que vive en la calle”.

Desde Preservación de Patrimonio del municipio, Mariel Santos, comentó que en 2005 habían empezado a trabajar cuando el lugar que estaba usurpado por una familia. “Desde el programa nos ocupamos de relocalizar a la gente e hicimos el proyecto para una vecinal, primero, y luego el de un espacio para pueblos originarios, pero se cruzaron otras necesidades y problemas ligados con lo policial que trabaron las cosas. Cuando quisimos retomar nos encontramos que se había vandalizado el edificio y no hemos vuelto a tomar el tema”.

En 2005 el Presupuesto Participativo del municipio había asignado 42 mil pesos para parquización de los alrededores de la Estación, pero no se activaron las obras de la casona. Y la vecinal Barrio Sarmiento nunca se mudó allí. Está a pocas cuadras de la estación, en Damas Mendocinas y esquina Atahualpa Yupanqui, pero por estos días se encuentra cerrada a cal y canto por motivo de la pandemia.

Un vecino más, que vive frente a la plaza y a la estación y sólo pidió que se escriba su nombre, ”Guillermo”, dijo que días antes de la pandemia hizo los últimos reclamos a la Municipalidad. “Hubo familias preguntando si nos molestaba que se refugien allí, les dijimos que ‘no’ pero les advertimos que era un peligro por el estado de los techos”.

El concejal Toniolli también proyectó la posibilidad de restaurar el lugar en búsqueda de un espacio sociocomunitario para el barrio: de salud o histórico, y contó algunos detalles del pasado de la Estación.

“Hasta 1930 fue la estación de una traza que unió a Rosario con Santa Fe, luego se usó por dos décadas para la carga de la Usina Sorrento hasta que quedó definitivamente sin uso. Hace tiempo pedimos al municipio información dominial pero no tuvimos respuesta y los vecinos tampoco: sostiene que hay peligro de derrumbe, habría que recuperar la casona para el barrio”, dijo el edil peronista antes de agregar que su idea es crear un a dependencia que preserve la infraestructura ferroviaria con uso o no de las trazas, como la Estación Sorrento, para cuando se empiecen a recuperar los ferrocarriles de carga y pasajeros que el menemismo liquidó.

Como señala Toniolli, Sorrento no es la única estación olvidada. En el punto opuesto de la ciudad, al sudoeste, Estación Hume (más tarde Estación El Gaucho, ubicada en avenida del Rosario al 6000) hay otra que agoniza lentamente si bien está activa. Es un ramal de carga del ferrocarril General Belgrano.

Estuvo conectada a una mansión a través de un túnel que tejió miles de fábulas. De la casona sólo quedan ruinas entre los yuyales. La hizo construir el poeta Vicente Medina y luego la ocupó por medio siglo el ex vicegobernador radical Ricardo Caballero.

“El castillo del Monte Caballero” aún llaman los vecinos hasta hoy cuando se refieren a la casona que fue recreación de un palacio moro. Estaba custodiada en lo alto por un dragón, ornamentada con mayólicas, azulejos, vitrales fuentes y cántaros traídos también en barco desde Europa. El Gaucho es otra historia de un viejo esplendor arquitectónico, del país y el ferrocarril, que fenece en la ciudad.