A pesar del reclamo contra la violencia machista de cada 3 de junio los asesinatos de mujeres se mantienen. El femicidio es el único delito que no bajó en la cuarentena.

El 3 de junio 2019 cayó lunes. Temprano, a la mañana, después de pensarlo bien todo el fin de semana, Rocío Serrano fue a denunciar a su ex, Alberto Vilella, a la comisaría de la Mujer del barrio La Loma, en la ciudad de Santa Fe. Estaba harta de su violencia constante y sus amenazas de muerte. Por eso lo había echado unos días antes.

Ese lunes por la tarde, como en los últimos 3 de junio desde 2015, una multitud llenó la plaza frente al Congreso para gritar “¡Ni una menos!” “¡Paren de matarnos!”. Las movilizaciones se replicaron en todo el país, con carteles, banderas y la lectura de documentos pidiendo el fin de la violencia de género y el fin de los femicidios.

Unas horas después, ya de noche, Vilella (34) entró a la fuerza a la casa de Rocío (29) y la mató con una escopeta. Le pegó un tiro en la nuca frente a sus dos hijos de 2 y 9 años. Luego él se suicidó con un disparo en la cabeza. El nene mayor pudo salir corriendo, llegó hasta lo de su tío y gritó: “¡El mató a mi mamá!”.

Rocío fue la primera “menos” después de las movilizaciones contra la violencia machista en todo el país de aquel lunes de junio. La primera de una lista de 303. Fueron 303 menos en los últimos doce meses. Rocío tenía dos hijos, que desde aquel día forman parte de otra lista, la de los 366 hijos e hijas que se quedaron sin madre este último año a causa de los femicidios.

El informe muestra que siete de cada diez mujeres fueron asesinadas por su pareja o su ex, en sus propias casas o en las de sus asesinos: 40 de estas mujeres ya los habían denunciado, 19 de los femicidas tenían exclusión de hogar o prohibición de acercamiento, y 19 de ellos pertenecían o eran ex agentes de fuerzas de seguridad.

Otros datos muestran que 38 eran niñas o adolescentes, 6 estaban embarazadas y 25 fueron abusadas sexualmente antes de ser asesinadas.

La mayoría de estas mujeres y niñas murieron a causa de balas, puños y golpes. Pero también fueron estranguladas, asfixiadas, incineradas, degolladas, ahorcadas, ahogada y descuartizadas.

Y si bien Buenos Aires es la que cuenta mayor cantidad de víctimas (112), ocho de las provincias con mayor tasa de femicidio por habitante son del Norte: Salta, Jujuy, Tucumán, Formosa, Catamarca, Santiago del Estero, San Luis y Misiones. Son las mismas provincias que suelen resistirse a adherir a leyes como la Educación Sexual Integral, Ley Micaela o el derecho a la Interrupción Legal del Embarazo. Son las que tienen las mayores tasas de mortalidad materna y embarazo adolescente.

Informe de investigación de femicidios en Argentina

Se registran 297 femicidios de mujeres y niñas y 6 transfemicidios. 17 femicidios Vinculados de hombres y niños. 366 hijas/hijos quedaron sin madre. 242 (66 %) son menores de edad.
Chiara Paez tenía 14 años y un embarazo de dos meses cuando el 10 de mayo de 2015 su novio la mató a golpes y la enterró en el patio de su casa. Al día siguiente la periodista Marcela Ojeda tuiteó: “¿No vamos a levantar la voz? Nos están matando”. Así surgió #NiUnaMenos.

Fue un antes y un después. El femicidio se volvió un grito de repudio a la violencia de género e impulsó una movilización que se volvió masiva. Pero a pesar del grito radical y desesperado que se traduce en “no queremos que asesinen a ninguna mujer”, los femicidios siguieron. Desde el primer NiUnaMenos a hoy hubo 1.443 femicidios, uno cada 30 horas.

En estos cinco años 1.856 hijas e hijos perdieron a sus madres. En la mayoría de los casos, asesinadas por sus padres, que luego se suicidaron, se profugaron o fueron condenados por homicidio. Para estos hijos e hijas se sancionó la Ley Brisa, para que quienes cuiden de ellos -en general sus tías, abuelas- tengan un sustento económico.

¿Por qué no bajan los femicidios?
“Adriana Marisel Zambrano fue una joven a la que su pareja le dio muerte a golpes, pero el delito fue caratulado como homicidio preterintencional, es decir, sin intención de matar, y el responsable condenado a una pena de 5 años de prisión. Su caso no salió en los medios y no se incorporó a ningún registro de femicidios, y la Casa del Encuentro bautizó con su nombre el Observatorio de Femicidios para rememorarla y visibilizar a las víctimas que eran invisibilizadas”, explica a Clarín Raquel Asensio, coordinadora de la Comisión de Género de la Defensoría General de la Nación .

“Luego del primer Ni Una Menos, en 2015, es difícil que esos crímenes no sean advertidos e identificados como un femicidio. A partir de entonces, estamos más cerca de conocer el número real de femicidios en el país. Además, a raíz de la masividad del reclamo por el Ni Una Menos, pienso en el patriarcado como una bestia furiosa herida, que se defiende y ataca a la presa que lo desafió”, opina Asensio.

“Desde los feminismos siempre sostuvimos que los femicidios y travesticidios son la forma más extrema de la violencia, pero que no es una violencia aislada. Muy por contrario, encuentra sus raíces y su sostén en las formas estructurales de la desigualdad de la vida cotidiana, en el ámbito social, político y económico. Cerca del 70 % de los femicidios ocurridos en los últimos 5 años fueron cometidos por personas conocidas, en su mayoría parejas actuales o pasadas. Claramente, en los vínculos cercanos radica el principal peligro para muchas mujeres a quienes la promesa de protección de la ley no alcanza”, dice Natalia Gherardi, al frente del Equipo Latinoamericano de Justicia y Género.

Mariela Labozzetta está al frente de la Unidad Fiscal Especializada de Violencia contra las Mujeres (UFEM) y tiene una mirada más optimista: “Se hizo muchísimo y los vemos en los espacios de nuestros trabajos. El NiUnaMenos marcó un antes y un después. Pasaron cinco años y se resquebrajaron todas las estructuras. Hay un ida y vuelta en las relaciones de poder, y a veces la violencia se recrudece ante las demandas feministas y el avance de los movimientos de mujeres. Es cierto que los femicidios no bajan en el tiempo, pero creo que los resultados se verán con el tiempo. Seguimos viendo cosas que nos indignan y nos parecen horrorosas, pero se ha avanzado mucho en términos legislativos, como la Ley Micaela. Todavía hay que mover estructuras muy anquilosadas en el esquema cultural y el sistema de justicia, que es conservador y el más quieto e inmóvil de todo pero aún así hay avances, se ve en las sentencias, en las causas, en las calificaciones e investigaciones de femicidios. Todavía no se tradujo en números”.

“Los femicidios no disminuyeron porque las pautas culturales no se cambian tan fácilmente. El modelo de sociedad es un modelo patriarcal en el que los hombres están jerarquizados en relación a las mujeres, son los que siempre toman las decisiones y su masculinidad se siente afectada cuando no se cumplen esos patrones de comportamiento y las mujeres se rebelan y no aceptan sus mandatos. Esto les afecta y usan la violencia para someterlas y mostrar qué les va a pasar a ellas cuando no obedecen. Se requiere de visión política y muchas acciones confluyentes para que cambien estas actitudes y conductas”, opina Mabel Bianco, de la Fundación Estudio e Investigación de la Mujer.

“Los servicios de atención a las mujeres a su vez son incapaces de dar un adecuado seguimiento después de la denuncia y las mujeres quedan más desprotegidas y pueden experimentar violencia más grave. Tampoco los servicios de salud logran tener un modelo de atención que incluya la consideración de la violencia como una causal de enfermedad o malestar en las mujeres. Las fuerzas de seguridad mejoraron en cuanto a la recepción de las denuncias pero no todos dan un seguimiento a esas denuncias o a las mujeres que las hacen. Tenemos muchos sectores involucrados sin articulación ni coordinación y eso implica que se gastan recursos y el rendimiento es muy poco efectivo. Las mujeres siguen muriendo asesinadas igual o más que antes porque ahora se llama a estas muertes por su nombre: Femicidio”, agrega Bianco.

La cuarentena violenta
La Casa del Encuentro lleva un registro específico de la cuarentena: sus datos indican que 57 mujeres fueron asesinadas desde el 20 de marzo. Siete de cada diez femicidios fueron en sus hogares, y 77 hijas e hijos quedaron sin madre. El 65% de los femicidas eran parejas o ex parejas de estas mujeres, y una de cada seis ya lo había denunciado por violencia.

“Las estadísticas elaboradas por nuestro Observatorio de Femicidios a lo largo de estos años demuestran que la vivienda es el lugar más inseguro para ellas. En esta etapa de aislamiento obligatorio la vivienda compartida representa un verdadero peligro y esas mujeres que están en un vínculo de violencia tienen un grado extremo de vulnerabilidad. En el confinamiento se agudiza la sensación de desprotección y soledad y el agresor se fortalece descargando su furia en ellas -dice a Clarín Ada Rico, al frente de La Casa del Encuentro-. Sabemos que la violencia sexista no se detiene por la cuarentena, por eso solicitamos al Estado que se profundicen las medidas de protección para acompañarlas. Sabemos que es un momento difícil para la sociedad, pero es imprescindible comprender que para ellas lo es aún más”.

“La intensificación de la violencia de género durante el aislamiento viene a confirmar algo que se viene denunciando desde hace largo tiempo, y es que el hogar no es un espacio de resguardo y seguridad para todas las personas, para muchas mujeres y niños es un lugar de riesgo. Es un error creer que quienes se quedan en sus hogares en esas condiciones se están cuidando –opina Asensio-. Preocupa que las respuestas estatales minimicen o naturalicen la violencia de género al contrastarla con la preocupación legítima que genera atravesar una pandemia mundial de severas consecuencias”.

“Con el pasar de las semanas se tomaron medidas para multiplicar los accesos de justicia y los canales de denuncias y empezó a normalizarse la cantidad de denuncias que se recibían. Es lógico que siga habiendo violencia, lo que sí disminuyó es lo que pasa en espacios públicos. Todos esos delitos sí bajaron mucho. Los femicidios se mantienen”, explica Labozzetta.

“En las casas que había violencia ahora hay más violencia porque aumenta el malestar de la convivencia forzada, los problemas económicos, la falta de ingresos, las deudas. Y también la falta de contacto con amigos ya sea en actividades sociales o deportivas. Todo favorece la violencia hacia las mujeres. Por eso lo que es bueno para la pandemia del COVID es malo para la otra epidemia de la violencia”, asegura Bianco.

¿Cómo terminar con la violencia?
“Para terminar con la violencia hay que acabar con las estructuras de desigualdad y discriminación por razones de género en todas las esferas de la vida social, política y económica. Es un cambio profundo, estructural y de largo plazo pero que hay que empezar ya”, asegura Gherardi.

“Para disminuir la violencia de género y los femicidios hace falta un cambio cultural, que involucre a las autoridades públicas de todos los niveles y jurisdicciones, pero que alcance también a la sociedad en su conjunto; hace falta una cultura de equidad y respeto, sin tolerancia ni complicidad con ninguna forma de maltrato”, agrega Asensio.

“Estamos en buen camino: hay que destruir el esquema patriarcal y refundar un sistema en el que las mujeres estemos incluidas como sujetas de derecho. La violencia y el femicidio como su expresión máxima tienen un correlato del esquema desigual de poder en el que somos objetos o sujetas secundarias. Esto los feminismos lo pusieron en crisis y el camino es este, no hay que aflojar en la tensión de la disputa, frente a los retrocesos o los pocos avances no hay que desmoronarse en la voluntad ni dejar de seguir este camino que ya tienen avances de la lucha colectiva”, opina Labozzetta.

“La violencia de género es una cuestión cultural y va a llevar muchos años deconstruir esta estructura de pensamiento que forma el accionar de los agresores, que consideran a las mujeres como un objeto más de su propiedad. Para que descienda el índice de femicidios y transfemicidios las políticas públicas del Estado se tienen que sostener a lo largo de los años. Deben ser medidas integrales, transversales e interdisciplinarias y que, fundamentalmente, pongan en contexto las realidades diversas que conviven en nuestro país”, agrega Rico.

“Para terminar con la violencia necesitamos protocolos uniformes en todo el país que guíen las acciones de todos los que intervienen: las fuerzas de seguridad, Justicia, Salud, grupos atención de las mujeres y otros para que en todos los ámbitos se sigan las mismas pautas”, concluye Bianco.

Este año, por aislamiento social, no habrá movilizaciones en las calles, si en veredas, patios y balcones. Y en las redes sociales: #NiUnaMenos.