Desde hace unas semanas reabrieron los hoteles en la costa norte. Desde julio, podrán recibir turistas de otros países.

Nada más bajar del ómnibus a la entrada del hotel Carols en Marsa Matruh, una ciudad balneario en la costa norte de Egipto​, el turista es abordado por un hombre que parece salido de una película de astronautas y que rocía sus valijas con una suerte de sulfatadora cargada de desinfectante.

Junto al hombre ataviado como uno de los pasajeros del Apolo 13 con un traje que le cubre de pies a cabeza, hay un pequeño ejército de individuos con las caras cubiertas por una gran pantalla de plástico, batas blancas, gorras, mascarillas y guantes desechables.

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A la derecha, uno de ellos gesticula hacia una superficie cubierta por una tela blanca impregnada en lavandina, en la que el visitante debe limpiarse las suelas de los zapatos para después ser disparado en la frente con un termómetro en forma de pistola.

“Pase”. El huésped no tiene fiebre. El hombre entra y se topa con una mesa llena de folletos que desgranan en diversos idiomas los secretos de Marsa Matruh, uno de los enclaves turísticos que las autoridades han reabierto en medio de la pandemia del coronavirus​.

Dos recepcionistas reparten barbijos y ofrecen un chorrito de desinfectante tras el mostrador, las sonrisas escondidas bajo telas azules de usar y tirar.

“No, tome el bolígrafo de ese lugar”, dice uno de ellos alarmado, explicando que los bolígrafos también son de usar y tirar.

Tras firmar, comienzan las vacaciones entre astronautas y desinfectantes.

Sin buffet, pero con optimismo

El desinfectante es omnipresente. Al llamar el ascensor, hay un dispensador. Al entrar en la habitación, le reciben sobrecitos. Y al sentarse en el vestíbulo, le esperan frascos en cada mesa.

En la zona de la piscina, los empleados limpian cuidadosamente cada reposera cada 15 minutos.

A la hora de la cena se echan en falta los habituales bufés del turismo de playa, las sillas están más separadas de lo normal y un código QR informa al visitante del menú que se servirá esta noche.

De este modo, “no hay necesidad de hablar, ya sabes cuál es el menú y se empieza a servir”, explica Safwat Gerges, director gerente de este complejo con playa privada, piscina y un gran número de jardines, restaurantes y bares.

Afirma que en el Carols rocían las habitaciones con desinfectante y las mantienen vacías durante al menos 24 horas a la salida de cada huésped.

Las autoridades de Egipto, país que aún se encuentra en el pico de contagios con unos 1.300 casos diarios para un total de 64.000 casos y 2.700 muertos, comenzaron a permitir la reapertura de hoteles hace unas semanas y desde julio estarán abiertos al público internacional.

Eso sí hay una amplia relación de límites y protocolos, entre ellos que solo tienen permitido ocupar el 50% de su capacidad, por lo que Gerges explica que sobra “un montón de espacio” y se alternan las habitaciones vacías con las ocupadas para un toque extra de distanciamiento social.

Reconoce que la pandemia ha tenido un “efecto malo enorme, enorme” en el negocio, cuya temporada alta comienza generalmente en mayo. Este año se ha retrasado, pero ya tienen reservas para finales de mes de grupos de turistas italianos.

“Por el momento, crucemos los dedos, tenemos demanda porque no sólo nosotros, la mayoría de la gente está atrapada en sus habitaciones y quiere salir afuera y disfrutar del verano. Resorts como estos son más seguros que cualquier ciudad, tienen aire libre, sol y espacio, creo que es más seguro incluso que nuestras casas”, concluyó.

Las pistolas para tomar la fiebre y los astronautas con fumigadoras se han convertido en la nueva tónica poscoronavirus, no sólo en los hoteles egipcios, sino también en ciudadelas, museos y otros puntos de interés turístico.

Para poder descubrir las intricadas coronas y collares cubiertos en piedras preciosas, las medallas y los prismáticos de oro de la realeza egipcia en el Museo Real de Joyería de la septentrional Alejandría es obligatorio ponerse barbijo.

Una señora corpulenta entrega a cada visitante un par de cubrezapatos de plástico azul, como los del quirófano, y no le va a dejar poner un pie en el palacio de la princesa Fatma El Zahraa hasta que tenga los zapatos bien cubiertos con ellos.

Unas pegatinas redondas colocadas por el suelo en pasillos y a los pies de las vitrinas recuerdan al visitante que debe mantener una distancia de al menos dos metros con el resto de personas de la sala, cuyo número será, por supuesto, reducido.

Según explica Engy Hamdy, comisaria del museo, las instalaciones reabrieron el 28 de junio tras tres meses de parate por la pandemia y están tomando estrictas medidas como tomar la fiebre a todo el mundo y exponer listas con los hospitales especializados en coronavirus en Alejandría.

“Cualquiera que entra al museo tiene que llevar guantes y barbijo y (echarse) alcohol, y taparse los zapatos”, enumeró la comisaria.

Y es entonces cuando el visitante mismo empieza a parecerse a los astronautas.