La pandemia obligó a las empresas a reconducir investigaciones, al Conicet para sentarse con los privados, a los investigadores con los empresarios. Y a la Anmat a aprobar productos y procedimientos sin perder calidad… ni tiempo.

“Un virus responsable de una pandemia, con un impacto sanitario y económico mundial sin precedentes, lo ha logrado. Es un antes y un después en la percepción de la sociedad sobre el valor de la ciencia, la tecnología y la innovación”.

Graciela Ciccia es directora de Innovación y Desarrollo Tecnológico del Grupo Insud. Doctora en Farmacia y Bioquímica de la UBA y miembro fundador de la Cámara Argentina de Biotecnología, ocupa además un lugar en el directorio del Conicet.

“El día dela mujer, el 8 de marzo, recibo un mensaje del ministro Roberto Salvarezza (Ciencia, Tecnología e Innovación) que pregunta si estábamos pensando en hacer algún anticuerpo monoclonal contra el virus; se hizo una mesa del sector público” que “al día siguiente” ya estaba trabajando.

Relató durante la conferencia virtual del CEPE-UTDT, que de los “investigadores y empresas de biotecnología de base científico tecnológica, incluyendo start up, ninguno trabajaba en Covid y nos pusimos a pensar qué podíamos hacer para detección, tratamiento o prevención, de una manera competitiva”.

De allí surgieron, por ejemplo, los kits de diagnóstico. “La mejor manera de cerrar la brecha entre el mundo productivo y el de la investigación es conocerse. Ver el valor del otro. Porque el científico que tiene una idea disruptiva, cuando la tiene que llevar a la práctica en volúmenes del sector industrial, si no hay un socio fabril y una capacidad, no lo puede hacer.

“Lo más importante son los recursos humanos. Sin esa gente capacitada, formada, no podríamos hacerlo. Y tampoco podríamos hacerlo sin infraestructura industrial ni start up que han resultado ser más flexibles que las empresas consolidadas”, resaltó.

La científica es parte de la empresa que en 2017 fue distinguida por el Banco Mundial por producir anticuerpos monoclonales -moléculas biológicas- para el tratamiento de diversos tipos de cáncer; en la actualidad estaban trabajando para enfrentar el síndrome urémico hemolítico, objetivo que pospusieron para disponer la plataforma plataforma tecnológica ante la pandemia.

“Se hacen monoclonales en la argentina, en una empresa con 170 personas, el 50 % son mujeres, la edad promedio es 34 y el 75 % son universitarios y el 20 % terciario. Son las verdaderas empresas de la economía basada en el conocimiento.

“Ocurre en la Argentina, pero ocurre poquísimo. La política pública tiene que fomentarlo, incentivarlo, generar más empresas de éstas, no poner barreras ni pensar solamente en la Argentina. Ya demostramos que la localización geográfica no es importante. El mundo es muy grande, la Argentina como mercado muy chica, y si queremos pensar en el desarrollo tenemos que pensar en pactos globales”.

Los tiempos bíblicos de la gestión pública

“Cuando volvamos a la normalidad no pensemos que hay que volver a los tiempos bíblicos que tiene la administración pública”.

Ciccia resaltó que el desarrollo científico y empresario “fue acompañado por una convocatoria para subsidios, para grupos de investigación y empresas de base tecnológica. Lo convocó Fernando Peirano -presidente de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica- y normalmente eso hubiera tardado un año, y en un mes se presentaron casi mil proyectos, se evaluaron y salieron seleccionados 64. En un mes sin reuniones presenciales.

“¿Eran necesarias las reuniones presenciales de las comisiones asesoras de evaluación, o se puede hacer el trabajo de manera virtual?”, se preguntó la científica. “Esto pasó. El Conicet, el directorio, sigue trabajando cada 15 días. Los martes y miércoles con asistencia completa, cada uno en su provincia. Todo sigue funcionando: las evaluaciones, los ingresos a carreras, las becas, también se evaluaron sin presenciales y con tiempos exprés”.

Explicó que “la Anmat, sin bajar la calidad, trabajó en una ventanita exprés para aprobar test de diagnósticos o ensayos clínicos, respiradores, barbijos con nanotecnología. Eso en la época normal hubiera sido un año de trámite. Los requisitos regulatorios son los mismos. Lo que pasa es que se pone foco, mística, la necesidad de aprobar las cosas más rápido”.

Y concluyó: “como política pública esto nos deja un aprendizaje: se puede ser más eficiente, entender que detrás de un expediente quizás hay una empresa que está esperando esa respuesta para contribuir al desarrollo, para generar y dar empleo, que es lo que la Argentina necesita”.

Cuando los nerds se excitan

“El sexo gana por lejos”, reconoció Andrea Goldin, licenciada en Ciencias Biológicas y Doctora en Ciencias Fisiológicas por la Universidad de Buenos Aires. Pero eso no amedrentó su entusiasmo: en el conteo de Google, palabras como “experimento”, “vacuna” o “ciencia” ganaron lugar en las búsquedas de los argentinos. La investigadora del Conicet, celebró que el virus pusiera a los científicos y a su trabajo en la consideración social.
Claro que en su conferencia no tuvo la misma audiencia que el grotesco diputado salteño, su novia operada en pandemia (las estéticas están prohibidas) y las puritanas reacciones institucionales. La investigadora aún no conocía el caso cuando celebraba que las placas de Crónica o TN pusieran, en “prime time”, “terminologías que usualmente no están en la tele”.
No es común ver excitarse a una investigadora de neurociencias. Su entusiasmo, careció del morbo de las audiencias masivas ordinarias. Recordó haber visto “zócalos” en TV, mostrando palabras como “plasma”; dijo que “se revaloriza el valor humano científico y médico”, que se comprende mejor la necesidad de “un ministerio” y el requerimiento de “apoyo eficaz y eficiente” a la investigación avanzada.
Eso aunque las explicaciones al público genérico sean “más o menos enciclopédicas”. Lo que no impide que “plasma” pueda subirse al podio de palabras que representan a la Argentina, tales como “birome”, “dulce de leche” o “colectivo”.
Goldin celebró “lo que fomenta las vocaciones científicas, que muestren a varones y mujeres de carne y hueso, que es tangible y posible para personas normales”. Es la batalla cultural para “el despertar de vocaciones científicas en adolescentes, y niños y niñas”.
Subrayó la importancia de que a las cuatro de la tarde -y no en plena madrugada- se discuta en televisión “si la vacuna no existe, si es un experimento”: Resaltó el valor de “lo posible, lo provisorio y lo infalible”, así como “la necesidad del no sé”.
Planteó “encontrar las formas para que la sociedad se interese, que hay otra cara de la moneda, que es bueno entender cómo funciona la ciencia y cómo son los tiempos, que para saber si algo funciona o no, hay que hacer experimentos”.