Don Diego padre había nacido en Esquina, Corrientes, y le transmitió a su hijo la pasión por la pesca. Así fue como “el 10” disfrutó durante mucho tiempo de sus salidas al Paraná en busca de dorados.

Los caminos de la vida, como los del periodismo, son insondables, a veces mágicos, inesperados. Como una gambeta de Diego. De repente un periodista de espectáculos, compañero de trabajo del diario donde me gano la vida, de tanto hablar con su abogado por temas de juicios, líos con sus mujeres (pareja, ex, hijas, etc), contratos del Diez y demás cosas resonantes que siempre fueron parte del “mundo Diego”, se ve con un ticket de vuelo en la mano con destino Dubai, para pasar una semana junto al Diez, acompañando a Maradona a entrenamientos, eventos, compartiendo la cotidianeidad de su casa, traslados, etc.

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Es que Maradona, rodeado de su entorno habitual pero al fin solo en un desierto, extrañaba la argentinidad al palo. El solo hecho de tener otros interlocutores lo entusiasmaba. Y hacía este tipo de invitaciones.

El papá de Diego era de Esquina, Corrientes, y le transmitió a su hijo la pasión por la pesca. El papá de Diego era de Esquina, Corrientes, y le transmitió a su hijo la pasión por la pesca.

Como “representante de todos”, nuestro compañero Sebastián recibió varios encargos. Los de Deportes tenían sus inquietudes. En Espectáculos estaban ávidos de chimentos. Y yo… yo le pedí que en algún momento tranquilo, le preguntara por la pesca, una pasión que no pudo despuntar tanto como le hubiera gustado, pero que había heredado de su viejo. Don Diego. Correntino de ley y, como tal, pescador.

 

Y el momento esperado llegó, en un traslado desde el entrenamiento al hotel. “Diego… ¿te puedo preguntar algo que me encargó un amigo? Tiene que ver con la pesca…”. Maradona no lo dejó seguir y le contestó: “La pesca, la pesca es mi viejo. Es Corrientes. Me gusta ir a pescar con mi viejo. A Esquina. O Paso de la patria. Pescar me recuerda a mi viejo. Don Diego”.

Mi amigo cumplió. Me basta recordar solo eso. Que la pesca era el puente de Diego y su papá. Que en el recuerdo de su viejo que partió primero había una lancha, una caña. Y algún dorado a la parrilla. O frito en la isla.

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Porque sí, Diego amaba los dorados, que eran como él, un tigre: no lo paraban ni las corrientes en contra, ni las redes de las trampas que le tendieron, ni las heridas que perforaron su carne. Diego siempre gambeteó para adelante. Y llegó lejos. Tan lejos, que hoy, como ayer, ya nadie puede alcanzarlo.

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