La muerte de un hijo y de sus dos amores, rumores sobre su sexualidad y una carrera muerta y resucitada. El actor, sex symbol, bailarín, piloto, cienciólogo, e indiscutible ídolo de Hollywood, nació el 18 de febrero de 1954. Su vida es un tentempié donde el dolor se mezcla constantemente con el éxito.


“Lo que yo aprendí de todo esto es a vivir y a amar cada día como si fuera el último. Arriesgate y viví la vida. Decile a los tuyos que los querés. No des todo por garantizado. La vida merece la pena ser vivida”, estas palabras parecen sacadas de un manual de autoayuda, pero no. La persona que las escribió atravesó la muerte de un hijo y la de dos mujeres que amó y lo amaron. Las compartió un actor que conoció la gloria, el olvido y resurgió cuando ya nadie creía en él. Alguien que filmó más de setenta películas, fue considerado un sex simbol, pero vivió entre constantes rumores acerca de su sexualidad. Un hombre que hoy pasará su primer cumpleaños sin la mujer que fue su compañera incondicional durante casi 29 años. Un hombre que a pesar de los pesares sostiene que “La vida merece la pena ser vivida”. Es John Travolta, el artista que hoy cumple 67 años.

Aunque todavía ningún productor la anunció, seguramente más de uno debe estar pensando que John Travolta es digno de una serie biográfica. La vida del protagonista de Pulp Fiction cuenta con todos los ingredientes para atrapar no solo a sus seguidores sino al público en general. Hay amor, dolor, éxito, fracaso y un héroe que nunca se da por vencido.

John fue el menor de los seis hijos de Salvatore y Helen Travolta. Su padre era un ex jugador de fútbol americano propietario de un local de venta de neumáticos. Su mamá había sido actriz y daba clases de actuación. La familia se completaba con Margaret, Ellen, Annie, Joey y Sammy. Desde pequeños, los hermanos solían representar obras de teatro en su casa. En el patio, Salvatore construyó un miniescenario con telón donde los hijos se divertían actuando bajo la dirección de la mamá. Para el menor, lo que parecía ser un pasatiempo familiar se transformó en vocación. De actuar en las obras en el patio de su casa pasó a roles principales en las obras escolares.

Su casa cuenta con una pista de aterrizaje lo que demuestra su pasión por los aviones
Su casa cuenta con una pista de aterrizaje lo que demuestra su pasión por los aviones
Lejos de desalentar su gusto por la actuación, su madre lo incentivó e incluso hizo algo que no aconsejaría casi ningún “manual de madre”: le sugirió que abandonara los estudios. “Me ayudó a liberarme. Me aconsejó que dejase la escuela a los 16 años para dedicarme a la interpretación”, contó en una entrevista en The Sun, y agregó: “Me enseñó a afrontar el cambio, a ser un eterno optimista, e inspiró mi amor por la interpretación”. Helen no solo fue clave en su amor por la interpretación, también en la pasión que desarrollaría por los aviones. A los 16 años le pagaron sus primeras horas de vuelo.

El joven Travolta tomó clases de baile con Gene Kelly, hermano de Fred. En 1971 decidió abandonar Nueva Jersey y radicarse en Manhattan para intentar trabajar en Broadway. Lo consiguió, al año siguiente debutó con Rain.

Sus ojos azules, su característico hoyuelo en el mentón y su porte de metro ochenta y ocho hicieron que Brian de Palma le diera un papel en Carrie. El rol era menor pero llamó la atención. Al año siguiente, le llegó el que lo convertiría en estrella: Tony Manero en Fiebre de sábado por la noche. Para muchos ese momento sería casi casi como tocar el cielo con las manos, pero no para Travolta. Porque mientras alcanzaba la fama, también conocía ese abismo infinito llamado dolor.

Unos años antes, mientras filmaba ese dramón televisivo que fue El chico de la burbuja de plástico, conoció y se enamoró de Diana Hyland, una actriz maravillosa de una belleza cautivante. Él tenía 22 y ella 40 pero la diferencia de edad no importó. Travolta recordó esa relación. “Nunca estuve más enamorado de nadie en mi vida. Pensé que había estado enamorado antes, pero no. Desde el momento en que la conocí me sentí atraído. Éramos como dos maníacos hablando todo el tiempo en el set de Bubble. Después de un mes se volvió romántico”.

Si le preguntaban por la diferencia de edad la respuesta era simple: “Me divierto más con Diana que con nadie en mi vida”. Apostaron a la convivencia con Diane y su hijo, Zachery. El actor les contagió su pasión por volar y todos los fines de semanas, realizaban travesías en la pequeña avioneta que había logrado comprar.

El presente y el futuro parecían propios. Y entonces, la zancadilla de la vida, esa que por lo imprevisible te deja sin aire y boqueando al lado del camino.

Unas horas antes de la cena navideña de 1976, Diana se empezó a sentir mal. El diagnóstico fue durísimo: cáncer de mama. El tratamiento, una mastectomía urgente. John abandonó sin dudar la filmación de Fiebre para cuidarla, pero la enfermedad estaba muy avanzada. Diana falleció el 27 de marzo de 1977. Travolta quedó acribillado de pena. “Estaba devastado no solo por la pérdida. Siempre sintió que tenía el control de su vida, pero la muerte de Diana le demostró que a veces no podemos hacer nada para cambiar el destino”, recordó una de sus hermanas.

Travolta aprendió a convivir con esa daga que te revuelve llamada dolor. Si en su vida personal era un habitante de la oscuridad, en su vida pública todo era luminoso. Al éxito de Fiebre de sábado por la noche le siguió el de Grease e Impacto de Brian de Palma. Pero entonces se pusieron de moda el estilo de actor malo pero musculoso como Stallone o Schwarzenegger y Travolta no tuvo mayores papeles. Participó en Mirá quién habla, una comedia exitosa pero el que se robó el protagonismo fue el bebé. Intentaron repetir el éxito de la dupla con Olivia Newton John en Tal para cual pero fracasaron con ganas. Lo mismo sucedió con Perfect junto a Jamie Lee Curtis.

Los productores olvidaron el teléfono de Travolta, pero a él pareció no importarle. Se dedicó a su otra gran pasión: los aviones. Amplió sus licencias de piloto y compró varias aeronaves. Otra vez su vida se convirtió en un tentempié, “un vaivén entre pasión y sacrificio” como canta Ana Prada. Su carrera parecía estancada pero en lo personal, la vida le daba otra oportunidad.

“De repente, lo vi aparecer al otro lado de la habitación, caminando hacia mí con aquella actitud, con sus dos perros… y pensé: ‘Ya está’”. Así contó Kelly Preston cómo se enamoró a primera vista de Travolta cuando lo conoció, en 1987, en una prueba para una película, pero en ese momento ella estaba casada y el amor no prosperó.

Tres años después se reencontraron y el actor que luego de Diana no se había visto en ninguna otra relación, se volvió a mostrar enamorado. Se casaron en el Hotel Crillon, de París, el 5 de septiembre de 1991. A la boda llegaron en el otro gran amor del actor, un Concorde. Fue meses después de que él le ofreciera un anillo de compromiso en una fiesta de Año Nuevo de 1991 en Gstaad, Suiza. Repitieron boda en Florida, pero bajo el rito de la Cienciología.

Enamorado, parecía que a Travolta lo único que le interesaba era que despegaran sus aviones y no su carrera. Hasta que recibió el llamado de Quentin Tarantino, uno de los directores más interesantes del cine independiente, que le propuso ser Vincent Vega en Pulp Fiction. Su baile con Uma Thurman se convirtió en una de las escenas más icónicas del cine. No hay trucos, Travolta baila en “patas” y ni siquiera sonríe, pero es imposible verlo sin intentar imitar sus movimientos y disfrutar de bailar. ¿No me cree? Desafío al lector a ver la escena. Si logra que sus pies no se muevan, me rindo.

La película le trajo a Travolta una nominación al Oscar. Los productores volvieron a convocarlo. Protagonizó Código: flecha rota, Cara a cara, Swordfish, Colores primarios, La delgada línea roja y otros éxitos. En Hairspray se animó a encarnar a una mujer que ayuda a su hija a participar en un concurso de baile. Lograba ser ese tipo de actor que todos los actores quieren ser.

Mientras, el tentempié de la vida seguía jugando con él. Por años, soportó los continuos rumores acerca de su sexualidad. El más duradero aseguraba que desde mediados de los 80 mantenía un romance oculto nada más ni nada menos que con Tom Cruise. El rumor fue tan fuerte que incluso se convirtió en portada de la revista National Enquirer en una edición que agotó ejemplares, y que ambos protagonistas respondieron con silencio.

Las acusaciones siguieron. En el año 2000, un masajista lo acusó por acoso sexual, pero aunque presentó la denuncia, la causa fue archivada porque “ninguno de los actos o declaraciones podían corroborarse”. En 2012, otro masajista lo denunció por “agresión y daños emocionales”.

Ninguno de estos rumores dinamitó el amor de Travolta y Preston. Hasta que otra vez la vida decidió pegarles donde más duele. El matrimonio tuvo tres hijos: Ella, Benjamin y Jett. Cuando Jett cumplió dos años descubrieron que padecía la enfermedad de Kawasaki, un síndrome que causa la inflamación de los vasos sanguíneos de todo el cuerpo.

En 2009, Jett, que había cumplido 16 años, sufrió un ataque de epilepsia y falleció“. Creo que los dos intentamos llevar el dolor lo mejor que pudimos. Fue un momento en el que era muy difícil mirarnos el uno al otro, pero la fuerza de nuestra relación nos ayudó”, reconoció Kelly en ese momento.

“Mi familia y yo nos esforzamos mucho cada día por superarlo y cicatrizar la herida”, admitió durante una entrevista tan solo un año después del fallecimiento de Jett.
“Mi familia y yo nos esforzamos mucho cada día por superarlo y cicatrizar la herida”, admitió durante una entrevista tan solo un año después del fallecimiento de Jett.
La vida siguió, distinta pero siguió. “Feliz aniversario para mi maravillosa esposa”, escribió Travolta en Instagram cuando cumplieron 28 años de casados. “Para mi querido Johnny, el hombre más maravilloso que conozco. Me has dado esperanza cuando me he sentido perdida, me has amado pacientemente e incondicionalmente… me has hecho reír más que cualquier otro ser humano… has compartido las más hermosas subidas y los tiempos bajos”, le respondió ella.

Pero ese tentempié que suele ser la vida “sin caer y sin poder cambiar de sitio” volvió a golpear a Travolta. Ahora era Kelly, como en su momento fue Diana, la que se debía enfrentar a un cáncer de mama. Durante dos años le hicieron frente a la enfermedad. Y así como enfrentaron rumores en silencio, le presentaron batalla al cáncer sin cámaras ni luces. El 12 de julio del año pasado, Kelly falleció. Tenía 57 años.

Fue el actor quien comunicó la noticia. “Es con el corazón muy pesado que les informo que mi bella esposa Kelly ha perdido su batalla de dos años contra el cáncer de mama. Peleó una lucha valiente con el amor y el apoyo de tantos”, expresó. El desgarro que vivía lo dejó entrever con estas palabras. “El amor y la vida de Kelly siempre serán recordados. Me tomaré un tiempo para estar con mis hijos, que han perdido a su madre, así que perdón por adelantado si no tienen noticias nuestras por un tiempo. Pero tengan en cuenta que sentiré su derramamiento de amor en las próximas semanas y meses a medida que nos curamos. Todo mi amor, JT”.

Desde entonces no se lo vio en eventos, no dio entrevista ni se embarcó en nuevos proyectos. Hace unos meses en las redes subió un video casero donde se lo ve bailando con su hija, “en memoria de mamá”.

En los últimos tiempos trascendió que el actor desea abandonar la cienciología, el polémico culto al que pertenece. Aparentemente el fundador de la iglesia, L. Ron Hubbard, no estaba de acuerdo con los tratamientos médicos que enfrentó Kelly intentando curar su enfermedad. El matrimonio no dudó en acudir a los mejores médicos y hospitales, algo que no fue bien visto los líderes de la cienciología. Travolta estaría dispuesto a abandonar el culto, pero los trascendidos dicen que temería las represalias que puedan tomar en su contra. Sin embargo, nos permitimos dudar de esta teoría. Porque para alguien como Travolta qué represalia podría ser más dolorosa que atravesar la muerte de un hijo, la de dos grandes amores y ver morir y resucitar su carrera. Hoy Travolta cumple 67 años y quizá no se repita “La vida merece la pena ser vivida” pero seguramente si la conociera tararearía la canción de Ana Prada “Suelo andar, ya me ves, jugando entre pasión y sacrificio. Balancearse, dudar. Sin caer y sin poder cambiar de sitio”. Como un tentempié, como la vida misma.