Por mística, situación general en que se encuentra la sociedad y por la épica que carece de componentes heróicos como fue en el 86 y hasta por edad de ambos. Messi está mostrando, en esta Copa América, Brasil 2021, la versión más parecida a ese sacrificio de Maradona en 1990.


Uno con su tobillo destrozado y pasando de fases, con un equipo en formación. El otro con la sangre aflorando entre el vendaje luego de la quirúrgica patada de Frank Fabbra – que luego le pediría la camiseta- casi como un “Lio, lo tenía que hacer”.
Muchos lo dicen y eso que está sacando Messi de adentro no puede atribuirse a la “argentinidad al palo” sino, más bien, al hambre de gloria de un Lio que sabe que las luces del escenario se apagan para su últimas escenas.

El sábado, contra Brasil, puede que se coroné el hito con un triunfo o puede que se alimente el mito con una nueva final perdida por el astro.


Lo interesante es que el fútbol argentina, como su historia, demuestra que no es una sucesión de fotos. Es una película sin final que, jamás, se agota en sí misma.