La pandemia y las medidas que agravaron el embargo provocaron una crisis que hace acordar a muchos el período que siguió al colapso de la URSS. Cuáles son las diferencias.

Pasaron casi 27 años desde las últimas protestas populares que jaquearon a la Revolución cubana. Entre aquel distante 1994 y este presente las semejanzas son varias. Entonces la isla estaba hundida en un “período especial”, el eufemismo con el que fue bautizada la crisis económica y social derivada del colapso de la URSS y que dio paso a años de escasez de todo tipo, con apagones de hasta 20 horas diarias y un racionamiento estricto.

Hoy, los problemas son similares. Falta de productos de primera necesidad, largas filas para conseguir comida y una pandemia de coronavirus que no se aplaca a pesar del inicio de una campaña de inmunización con dos proyectos vacunales propios -algo único en América Latina- pero que aún no han sido aprobados en forma oficial: Abdala y Soberana 02.

La pandemia y las medidas del gobierno de Donald Trump, que agravaron el embargo estadounidense (bloqueo según La Habana), tuvieron un enorme efecto que hizo recordar a muchos cubanos las duras consecuencias que generó el derrumbe de la Unión Soviética. Hoy los ingresos por el turismo, principal fuente de divisas de la isla, cayeron virtualmente a su mínima expresión.

Pero entre ambos períodos hay una diferencia fundamental: ya no está Fidel, el histórico líder de la Revolución fallecido el 25 de noviembre de 2016.

Cómo fueron las protestas de 1994

La Revolución cubana había literalmente tocado fondo tras el colapso soviético. Fidel Castro había analizado incluso la opción de retirar todo el dinero circulante y sobrevivir bajo una economía de guerra sin moneda de cambio.

Los cubanos vivían pedaleando por todos los rincones de la isla con sus bicicletas chinas a falta de combustible que hiciera andar sus viejos autos rusos. La comida y los productos de primera necesidad escaseaban. El embargo arreciaba. Los apagones llegaron a durar hasta 20 horas al día. El gobierno comenzaba un tímido proceso de reformas económicas cuya apertura principal estaba dirigida a la actividad privada y al turismo con la mirada puesta en la llegada de inversiones extranjeras.

El descontento en una parte de la población era evidente. El fenómeno de los “balseros” estaba en auge. Eran simples cubanos que se lanzaban al mar en precarias balsas rumbo a Estados Unidos. Los que lograban sortear a las lanchas navales cubanas se adentraban en un peligroso viaje en el estrecho de la Florida. La ebullición social llegó a un punto tal que un grupo de cubanos secuestró una lanchita de transporte que cruzaba la bahía habanera desde La Habana Vieja al municipio de Regla con los pasajeros a bordo.

Entonces cientos de cubanos empezaron a merodear por la zona del puerto, en la misma zona donde partían esas mismas lanchas. El estallido era cuestión de tiempo.

El 5 de agosto de 1994 cientos de cubanos salieron a las calles de La Habana para reclamar “libertad” en las primeras protestas populares contra la Revolución desde 1959. Los manifestantes rompieron a su paso los vidrios del tradicional hotel Deauville, a 100 metros del Malecón habanero y amenazaban con desatar una crisis sin precedentes en el gobierno cubano.

Pero de pronto apareció Fidel. Montado en un jeep militar, la figura de Castro se divisó por una de las calles internas del barrio de Centro Habana y la manifestación terminó.

Primero fue un rumor, murmullos. La gente se miraba entre sí y preguntaba si era verdad. Hasta que alguien gritó:

– ¡Ahí viene Fidel!

Y pasó lo que nadie pensó que podía suceder. La enorme mayoría de los manifestantes salió corriendo a la vista de un grupo de corresponsales extranjeros testigos del hecho. Los que se animaron a quedarse permanecieron quietos y cuando el jeep apareció con el líder cubano en el asiento del acompañante se mimetizaron con los grupos de revolucionarios que venían detrás del vehículo militar.

Entonces, quienes un momento antes clamaban por libertad empezaron a gritar por Fidel. La manifestación fue disipada por la figura del mayor de los hermanos Castro, que bajó del jeep y encaró a las cámaras.

“Escuché que estaba lanzando piedras o balas y vine aquí a poner el cuerpo para llevarme mi cuota de piedras y balas”, dijo, palabras más palabras menos el entonces presidente cubano. Después, Castro le pasó el problema al gobierno del entonces presidente estadounidense Bill Clinton: abrió las fronteras para todos aquellos que quisieran marcharse de la isla. Lo que siguió fue un éxodo de unos 40 mil “balseros” cubanos rumbo a Estados Unidos.

Pero hoy no está Fidel. Y el presidente Miguel Díaz-Canel, sucesor de Raúl Castro, no tiene ni el carisma, ni la popularidad, ni tampoco el poder del viejo líder.

Las protestas hoy

Cuba vive un estado de ebullición social. Las nuevas tecnologías reemplazaron a “Radio Bemba”, la voz en voz que corría por todos los rincones de la isla en tiempos en que el Whatsapp era ciencia ficción. Hoy la enorme mayoría de los cubanos tiene teléfono celular, maneja internet y se conecta con el exterior a través de las redes sociales más allá de la precariedad y las trabas del sistema.

“Esto está en candela (incendiado)”, suelen repetir los cubanos en la isla cuando pasan el parte de la situación a sus familias y amigos en el exterior. La falta de comida, las filas interminables, la caída del turismo y la pandemia, con hospitales al borde del colapso en la ciudad de Matanza, a 100 kilómetros de La Habana, desembocaron en las protestas más numerosas de la historia de la Revolución.

Para el analista y abogado cubano Eloy Viera Cañive, colaborador de medios dedicados a noticias de Cuba como el portal El Toque, “es muy temprano para pensar cuál será el desenlace” de esta nueva crisis.

Sin embargo, dijo a TN.com.ar que “esta ha sido sin discusión la manifestación popular más importante de la Revolución cubana en dimensiones y en diversificación ya que no ha habido una sola provincia donde no se hayan producido protestas”.

Viera Cañive dijo que “internet ha sido un catalizador para esta situación” que a su juicio ha estallado por la pandemia, que “había tenido un buen manejo en 2020 pero que hoy derivó en una situación muy compleja”.

Y añadió: “Nadie pudo haber previsto que esto ocurriera de esta manera pero ha ocurrido. Ahora hay que esperar. El Gobierno ha dado muestras muy claras de que no tolerará la ocupación de los espacios públicos. Esto se va a saldar con mucha violencia”.

Para el analista y abogado cubano, el Gobierno “ha puesto el aparato de propaganda en función de etiquetar a todos los manifestantes como mercenarios, gente confundida y a la que hay que combatir”.

“Hay videos de enfrentamientos y se han vandalizado tiendas estatales. Una de las protestas fundamentales era por estas tiendas creadas por el gobierno con moneda convertible donde había productos de primera necesidad pero el pueblo no tenía esa moneda para comprar. Era como un espacio vedado y el pueblo la ha emprendido contra esas tiendas”, alertó.

Y concluyó: “No tengo en claro qué puede pasar, pero mañana Cuba será diferente, para bien o para mal. La sociedad entendió que tiene poder y fuerza. Cuando se reúne así mayoritariamente no hay represión que valga”.