23.4 C
Santa Fe
lunes 20 de septiembre de 2021

Milei, huérfano de padre Estado

Te puede interesar

 

Pablo Benito

“Estás llamando a un gato con silbidos 
El futuro ya llegó! 
Llegó como vos no lo esperabas 
Todo un palo, ya lo ves” Redonditos de Ricota

Por análisis -no por vidente- aseguro que “Peluca” hará su debut, en las urnas de CABA, con resultados asombrosos que ocasionaran más enojos que replanteos y autocríticas.
Por su apariencia y sus formas a Javier Milei puede bajársele el precio como “personaje” o “producto de marketing” o, simplemente, reducirlo a la condición de “fenómeno” – jugarreta que utilizan los politólogos ante el desconcierto.  
El fenómeno, en verdad, es el momento de la sociedad – post-pandemia – que el Poder de la Negación, cómo entidad que desconoce los efectos “laterales” del shock, no asume ni reconoce y sigue como si nada o “como si todo“.

Huérfano de “padre” Estado

Milei, declaró, sin consternarse, que “mis padres no existen para mí, ellos me hicieron mi vida miserable” refiriendo a que “mi éxito en el estudio y mis logros era, para ellos, algo inaceptable y hacían lo posible para que me fuese mal. Mi madre es cómplice, son personas muy tóxicas y es mejor tenerlas lejos. Por eso no tengo relación con ninguno de ellos”.
Un consultor, un coaching político, definiría semejantes declaraciones como el fin de una carrera política a quien se refiera, de esta manera, a sus padres.  
Javier Milei, sin embargo, hizo de su turbia historia una fortaleza. Prescinde de sus padres y niega su existencia, además del mandato de soportarlos y tributarles respeto.  
Es su vida personal llevada a la relación con el propio Estado que “tendría que desaparecer”. Su descarnado sufrimiento, por lo impuesto, pega fuerte en los jóvenes que, por fatalidad etaria, están en crisis entre la comodidad que da el “pater” y la adrenalina de independizarse de ellos.
No es el discurso de las ideas. Es el sentido de las emociones lo que se impone ante un vacío de razones. Milei, se nutre de ese odio al padre, a la autoridad, al Estado.  
Es la falta de legitimidad y honestidad de la actual política la que actúa para que, más allá de sus pelos y ojos desorbitados, el discurso no aparezca como irracional.  
El feminismo bien podría adherir, también, al único discurso electoral antipatriarcal, pero este movimiento social, horizontal, jamás tomó en serio el slogan “rebelde” de “el patriarcado se tiene que caer”.

¿Libertad de qué?

El aislamiento social, el encierro, taparse la boca, limitar movimientos y expresiones, son medidas de higiene sanitaria. Pero son, también, intervenciones sociológicas tan violentas como inéditas sobre una cotidianidad, tan asfixiante como totalitaria. Esa re-presión, sobre los cuerpos y el pensamiento, no es gratuita.  
Cual si fuese un resorte la sociedad fue contraída en la tensión del miedo, con variantes de terror, justificadas por el “bien común”. No importa la razón, así sucedió. Así continúa.  
En ese contexto aparece “libertad” y la idea del capitalismo “libertario” -lo más antiguo en un museo de novedades- y la sola palabra como estandarte que opera sobre las emociones, no sobre el intelecto.  
Quiero liberarme, no importa de quien, ni como, ni porqué, pero al sometimiento de papá Estado quiero “cantarle las 40” aunque después le obedezca o le haga trampa. No se trata de cambiar nada. Se trata de expresarlo, de nombrarlo, no de coherencia.
El manual electoral fue probado en las elecciones autonómicas de Madrid. Diaz Ayuso (Partido Popular) arrasó en las urnas con una sola palabra: “libertad”. ¿Qué más podría querer escuchar una sociedad confinada que “libertad”? Salvando las distancias ¿Se le puede ofrecer a un preso algo más deseado que la libertad? La candidata madrileña, de derechas, tuvo una aceptación avasallante en los jóvenes y de un 75 % entre quienes votaban por primera vez. No importa, la idea, el proyecto, el mensaje – de todos modos, nadie lo tiene- vale la emoción que transmite. Está vendiendo, no persuadiendo. Es marketing, no política.  
Toda la campaña lo es.

¿Quién desmiente a Milei?


Eliminando el juicio de valor sobre la persona y su condición pública, Milei habla de un “Estado inmoral” y los gobiernos se encargan de que no falte a la verdad.  
Milei se refiere a “casta política” y los funcionarios asienten con la cabeza – y sus actos.  
Milei habla de un Estado parasitario y clientelar ¿Alguien podría acusarlo de mentiroso? ¿Quizás algún profesional de la política con décadas en la función pública?  
Milei identifica a la inflación como el impuesto, no legal, más perverso que tiene la macroeconomía y la historia argentina no tiene con que responderle.  
Milei, como ser político, se para desde una ideología, para nada moderna y encuentra en ese convencimiento, fortalezas. Milita una idea, no una circunstancia. A su alrededor la idea marxista (la de Groucho) se impone con su “yo tengo mis principios, pero si no les gusta, tengo otros”. Es ahí donde hace la diferencia del parecer, más allá del ser.
 
¿Qué nos trae? 
Hablar de Milei, sus imprecisiones y violencias, nos pone en una obligación de defender lo indefendible. Del otro lado de su puño está la cara de una clase dirigencial que no merece ser defendida y hace aún más méritos para enaltecer, como valentía, las acusaciones del “libertario”.
Aprovechar el desparpajo del economista es interpelar la relación de la sociedad con la política y con el Estado. ¿Cuál podría ser el temor de redefinir el rol del Estado?  
Es el aparato burocrático el que, consuetudinariamente, viene fracasando y siendo herramienta de la injusticia social y la inequidad, cada vez, más pronunciada. No protege a los vulnerados, los crea.

Sigan jugando 
Las calles infectadas de carteles y caras dan cuenta de una cultura que entiende que “ser parte” de la clase política y asegurarse un cargo, siquiera por el sueldo, es la herramienta para comercializar privilegios. Ese sí que es un atentado a la institución democrática que la cultura, mundana, propicia a la cosa pública.  
La situación mundial y de nuestro país en particular, transformó en privilegiados – y envidiados- a quienes poseen un empleo público con dinero depositado mes a mes. Quizás esa, y no otra, es la razón por la que podemos entender la masiva participación -e inversión- en una campaña electoral que ostenta el derroche y embadurna de grasa la calle, las redes, los medios. Sabemos, claramente, que no hay vocación de servicio a la sociedad, ni altruismo. Son ególatras emprendimientos personales que cuentan, como testigos, a la ciudadanía que elegirá para que uno u otro dirija al Estado. Así de liviana es la forma en la que se determina el destino de una sociedad fragmentada que ve, en lo colectivo, el problema de los individuos y no la solución.
 

El contexto lo hizo producto

Finalmente, Javier Milei, no es un producto. Viene con sus pelos y furia haciendo carrera de influencer en redes y medios tradicionales desde hace casi una década.  
Es la mediocridad dirigencial quien lo eyecta hacia cierta centralidad – incluso a pesar de él mismo. Es posible que sea una herramienta de la ingeniería electoral oficialista.  
Intelectuales, pensadores y analistas lo toman en sorna. No perciben el caldo que se gesta en esta situación social y cultural. El mundo cambió en un proceso, fugaz, que la pandemia selló con violencia.  Subestimar al candidato, al referente, es chacotear con una realidad que se cocina en olla a presión. Podrán decir que es “peligroso” el discurso del economista. Lo cierto es que el peligro se hizo realidad y se consumó en este presente que hace años se veía en construcción.  

Son “noticias de ayer” que se escribirán, mañana, como primicia. No será sorpresa.

[comentarios]

Últimas noticias